domingo, septiembre 19, 2021

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AGUSTÍN JIMÉNEZ CRESPO: “Me propuse que Noblejas tenía que ser como un pueblo de Suecia, pero con más sol”

Texto y fotos: M.O.

Agustín Jiménez Crespo es uno de los alcaldes más veteranos de La Mancha, me atrevería a decir que de toda España. Lleva regentando el ayuntamiento de Noblejas (Toledo) 38 años años y antes fue concejal durante otros cuatro. Siempre ha militado en las izquierdas, aunque empezó siendo independiente, pero por su forma de hacer y pensar ha conseguido empatizar con todo tipo de votantes independientemente de su ideología. Hoy paseamos por las calles de su pueblo mientras hablamos de su vida, que no es otra que su trabajo, según dice él.

“A los 14 años ya sabía que me quería dedicar a esto, a la política”, empieza a contar. Hacerle una pregunta a Agustín es saber que a partir de ese momento va a ser muy difícil hacerle callar. Le gusta hablar, está acostumbrado a hablar, sabe que es la palabra su mejor arma para convencer y hacerse escuchar.  “Antes de que en Portugal existiese una democracia, existía la dictadura de Antonio Oliveira Salazar, eran los años 60. Pues bien, el trasatlántico Santa María, que llevaba a bordo más de 600 pasajeros, 200 de ellos españoles, fue asaltado por el pirata Henrique Galvao, un excapitán portugués. No fue vandalismo, sino un acto político contra el dictador. Fue un acto que atrajo la atención mundial contra un régimen totalitario. Yo era un mocoso, estudiaba en las monjas, pero al escuchar esa historia de piratas y justicia, apoyé al pirata Galvao”.

Su bufanda roja ya es todo un símbolo en el pueblo.

─¿Un pirata fue su héroe y por eso quiso ser político? No sé yo si eso se va a entender muy bien, señor alcalde.

─Puede que no (risas). Tampoco entonces, me cayó una reprimenda tremenda porque para las monjas, yo iba a un colegio de monjas, Galvao era como el diablo. Ahora en serio, escuchar aquella historia, me hizo plantearme la vida de otra manera. Empecé a soñar con hacer cosas que cambiasen el mundo, a saber que había que luchar por unos ideales. Pensé que la vida en política podía tener mucho interés, vamos, que tenía su morbo.

─Hombre, que un niño sueñe con ser pirata no es tan raro, pero que un niño sueñe con ser político…

─Puede que fuera un niño raro, pero yo no me daba cuenta. Desde muy joven hablaba ya de cosas que eran de mayores, no de chicos de mi edad. Por ejemplo, les contaba a mis amigos que en Madrid había señoras que las llamaban putas.

De la taberna a la universidad

Según transcurre la entrevista, me doy cuenta que estoy ante un alcalde atípico. Muchos dirían que, paradójicamente, Agustín Jiménez Crespo es un político políticamente incorrecto. Él lo sabe. Está claro que lo suyo es provocar para captar la atención. 

─¿Y eso usted lo aprendió…?

─Yo provengo de la Universidad Tabernaria, que es donde uno podía vivir, observar y escuchar la realidad de aquel momento. Mi padre tenía una taberna en el pueblo, donde acudían todos después de venir del campo de segar o de vendimiar. Era el centro de reunión y allí los hombres soltaban la lengua y hablaban de todo. Yo sólo escuchaba y aprendía. Fue donde más aprendí lo que era la vida.

Una de las cosas que no puede olvidar Agustín de aquellos años, además de su aprendizaje tabernario, es el sonido que se producía al machacar el esparto. “Noblejas era un pueblo muy pobre por entonces, estamos hablando de los años 50. Aquí las familias se ganaban la vida o bien con el vino, o bien con el esparto. Los pueblos vecinos nos llamaban despectivamente ‘los esparteros’, pero gracias a eso  salimos hacia delante. A las cinco o seis de la mañana, todos  los días, escuchaba el sonido de las masas. Es el que producían las mujeres al machacar el esparto mojado sobre una base de madera con unas piedras. Después hacían sogas, serones o esteras… O el sonido de los carros y camiones al partir hacia Madrid para transportar el vino”.

De aquella Universidad Tabernaria se fue a la capital para estudiar en la Universidad de verdad. Allí cursó los estudios de Magisterio, que luego reforzó con los de Pedagogía y Filosofía. Pero en realidad, este veterano alcalde asistió más a las asambleas estudiantiles que a clases. “Estamos hablando de 1969, qué te puedo decir. Viví intensamente todo el movimiento estudiantil de la época, fue cuando forjé mi pensamiento político. Estuve en contacto directo con gente del PCE. Hasta que mi padre dio un golpe en la mesa, me llamó y me dijo aquello de no te he enviado allí para que tomes ese camino. Me obligó a dejar la Universidad y me mandó a la mili”, rememora con media sonrisa en su cara.

El alcalde siempre tiene un minuto para saludar a los vecinos del pueblo.

Batallitas de la mili

─¿Y allí se hizo un hombre como Dios manda? Era lo que se decía entonces, ¿no?, si quieres ser un auténtico hombre tienes que hacer la mili.

─(Risas) Me tocó ir a Ceuta, pero a aquella Ceuta. Mi padre era de derechas y con sus influencias me destinaron al Servicio de Inteligencia Militar, que pasaba información directamente a Madrid. Imagínate un rojo allí. Yo tenía una visión del ejército muy distinta a la que me encontré. De verdad, yo pensaba que era un ejército profesional el que me iba a encontrar, pero lo que encontré fue muy distinto. Aquello era un ejército colonial, anticuado, donde todos los gerifaltes tenían machacas que les hicieran la comida, la colada… Esclavismo puro y duro.

─¿Lo pasó mal?

─Ni bien ni mal, lo pasé. Fueron años muy curiosos, un sin sentido. Me acuerdo un día en que se me acercó un capitán, no sé, uno de los mandamases. Me preguntó: Agustín, ¿no huele mucho a marihuana y hachís en las dependencias del cuartel? Se refería a los barracones donde estábamos los machacas. A lo que le contesté: Oler, oler, huele mucho más en las estancias de los oficiales y los suboficiales, mi capitán. No volvió a preguntar.

Batallitas de la mili aparte, de las que tampoco cuenta gran cosa, Agustín regresa a su pueblo, Noblejas, no se sabe si hecho un hombre, pero sí con más conciencia política si cabe. Se pone a vender vino en la bodega de la familia, pero enseguida vuelve a las andadas. “¿Qué te digo? Pertenezco a una generación rebelde y contestataria. Ingresé rápidamente en las filas del Partido Comunista y de los movimientos obreros de los dos últimos años del franquismo. Inicié la Democracia militando ya en serio, mi mundo era la política cien por cien, aunque yo empecé como independiente”.

 ─Cuando usted llega al ayuntamiento, allá por el año 78, ¿qué Noblejas se encuentra?

─Me encuentro a un pueblo dedicado al vino, en el que sólo había dos calles asfaltadas y otras en fase de alcantarillado. Un pueblo que había sufrido mucho durante la guerra y la postguerra. Que había vivido la hambruna muy duramente, hubo una carestía de los productos de primera necesidad. Desde 1918, Noblejas que había llegado a tener en 1905 unos 7 millones de cepas, no había vuelto a levantar cabeza. Todo empezó con la filoxera, después la guerra, la huelga general…  Total, que cuando llegó al ayuntamiento, para el visitante Noblejas podía ser la típica estampa de un pueblo de La Mancha que se había quedado estancado en el siglo XIX.

Asignatura pendiente: un instituto

─¿Cuál fue su primer objetivo al llegar al ayuntamiento? Supongo que con lo que había sufrido el pueblo, no lo tendría fácil. Estarían reacios a confiar en ningún político.

─No, no lo fue. Mi primer objetivo fue cambiar las relaciones entre los vecinos del pueblo. Quería poner fin a las palabras ‘rojo’ y ‘facha’. Demostrar que se puede ser rojo y no por ello matar a los fachas. Tenía y debía conseguir una mayor igualdad entre los vecinos. Segundo, restaurar una buena relación con la Iglesia. Hay un cantar que dice: “Colmenar para cantar. Villarrubia para beber. Noblejas para rezar y Ocaña pa mal trabajar”. En este pueblo la iglesia tenía mucha importancia. Mi misión era demostrar, una vez más, que ser de izquierdas tampoco significa matar curas. Que había que trabajar juntos por el bien social. Claro, yo apostaba por la Teología de la Liberación (risas). Todo el mundo tiene que tener pan y un duro. La Libertad no existe, es mentira, si la gente no tiene un duro en el bolsillo. Me propuse entonces que Noblejas tenía que ser como un pueblo de Suecia, pero con más sol. Tenía que estar a la altura del resto de pueblos de Europa.

─Sea sincero, ¿ha conseguido estar a la altura de Europa? Tiempo ha tenido, lleva casi cuarenta años como alcalde.

─Hemos fallado, lo confieso. En cuestión de Educación no estamos a la altura de Europa. Hemos mejorado muchísimo, industrialmente por ejemplo, pero en Educación… Las leyes de Educación no nos permiten intervenir como quisiéramos. Por ejemplo, queremos hacer un instituto, pero no nos dejan hacerlo. El modelo de Noblejas molesta mucho. Podríamos tener los recursos económicos, tenemos la posibilidad de hacer lo que los ciudadanos quieran, pero ser un pueblo independiente, estar por encima de cualquier partido… Eso es otra cosa.

Jiménez Crespo prefiere las críticas a los halagos.

Es la primera vez durante la entrevista que veo al alcalde con el rostro circunspecto. Por la esquina de la plaza aparece una joven. Él se para y escucho que le dice “no te preocupes por nada. Siento mucho lo de tus padres. Ellos no están, pero me tienes a mí. Cualquier cosa que necesites, me llamas”. Me cuenta que la chica ha perdido recientemente a sus padres por el Covid. Enseguida recupera su tono jovial, “¿por dónde íbamos?”.

Un matrimonio de más de 40 años con el Ayuntamiento

─Agustín, ¿un alcalde de un pueblo tiene vida más allá de la alcaldía?

─Si te lo tomas en serio, es tu vida. Ser alcalde de no es un puesto de trabajo es una forma de vida. Le dedicas tu vida, tus ideas, tus sueños las 24 horas, día a día.

─Sin embargo, no se puede ser inmune a las críticas. Usted las tiene, incluso se llegan a burlar de esa bufanda roja que nunca se quita, dicen que ni en verano.

─Estoy expuesto, mi vida está expuesta a los ciudadanos, como debe de ser. No me importan las críticas, se aprende y te enseñan a mejorar. Al final me llevo mejor con los que me critican que con los que me hacen la pelota. Siempre les digo a los míos, no me digáis en qué he acertado, decidme en qué me he equivocado. En cuanto a la bufanda, sí es un símbolo. Es mi forma de visualizar lo que soy. Sé de las burlas, no me molestan.

─¿Cuándo terminará su lucha? ─La lucha no termina nunca, no puede terminar. Hay muchas cosas que hacer todavía. Lograr crear más puestos de trabajo para que los jóvenes no se tengan que marchar, seguir ampliando la actividad industrial del pueblo, ya se ha convertido en el centro industrial de La Mancha, volver a sentarme con mis vecinos a comer unas chuletas asadas con sarmiento después de esta pandemia… Me casé con el ayuntamiento hace 40 años y sigo casado con él. No tengo intención de divorciarme.

Diario Digital.

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