domingo, septiembre 19, 2021

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PILAR VELÁZQUEZ: “No echo de menos nada de aquella época. La vida son etapas y hay que saber vivir cada una de ellas”

Texto: Mar Olmedilla / Fotos: Antonio Cuenca

En los años 70 muchos quisieron alfombrar con claveles la Gran Vía madrileña para ver pasar a Pilar Velázquez. Una morena de rompe y rasga, de cara angelical y envuelta en cierto misterio, que dejó ser una “Chica del cable” en Telefónica para cumplir su sueño: ser actriz. Cosechó éxitos y halagos hasta el punto de convertirse en una de las actrices más reclamadas y deseadas del momento. Un día decidió, por voluntad propia, abandonar la escena y nunca se arrepintió. Ahora a sus 75 años vive feliz rodeada de su familia y amigas, con la inseparable compañía de sus perros, Hesse y Bruce, y jugando con su nieta –acaba de ser abuela hace dos meses-, que se ha convertido en la niña de sus ojos. Para ella, aquella hermosa jovencita que cautivó a todos desde la pantalla, es un mero recuerdo que pertenece a una etapa pasada.

Descuelga el teléfono. Su voz es clara y nítida, pero guarda cierto recelo. En cuanto me presento y pronuncio el nombre de Antonio Cuenca (maestro de fotógrafos y, aunque pueda sonar raro en estos días, gran amigo de muchos famosos), baja la guardia y se muestra próxima, cercana. Enseguida me doy cuenta que estoy ante una mujer con los pies en la tierra, a la que la fama y el éxito no la han convertido en una diva. Todo lo contrario, estoy hablando con una antidiva. “Soy así, he sido muy feliz con lo que he hecho, pero ahora vivo otro momento y no, no echo de menos nada de aquella época. La vida son etapas y hay que saber vivir cada una de ellas”, me dice. Me sorprende que aquella mujer que levantó tantas pasiones no le dé importancia a los halagos ni a los recuerdos y siga siendo tan humilde como aquella niña que un día quiso ser actriz.

Pilar Velázquez era una niña muy formal, que nació en el corazón de Madrid, concretamente en la calle Malasaña, y que acudía religiosamente todos los días al colegio como una más. En ese momento nadie, ni sus padres ni sus amistades, se imaginaban que algún día pudiera ocupar las portadas de revistas. Eso sí, había algo en lo que ya todo el mundo se fijaba, su belleza. Era lo que se dice una niña guapa y muy formal. Estudió bachillerato e hizo el curso de taquimecanografía. Pronto encontró trabajo como telefonista Se convirtió en una “Chica del cable” con el permiso paterno, por aquel entonces la mujer necesitaba la autorización del marido o del padre para poder trabajar. Allí aprendió la disciplina férrea, las chicas del cable tenían que cumplir unas normas muy estrictas, y a estar siempre impecables ante los demás. “Apenas te podías levantar del asiento, debías pedir permiso, repetías una y otra vez las mismas frases… Yo pensaba ¡qué horror!, ¡qué pesadez!”, confiesa al recordar e imitando la voz que debía poner. Ella lo que en realidad deseaba era otra cosa: “A mí me gustaba mucho el cine, muchísimo, e iba siempre que podía. Se me abrían los ojos cuando veía a esos actores y actrices en la pantalla, y para mis adentros me decía ¡ay, cómo me gustaría ser actriz!”.

La belleza de Pilar Velázquez llamaba mucho la atención.

En aquella época yo era muy amiga de Conchita Rabal, muy amiga –me cuenta haciendo memoria-. Ella que sí sabía lo que yo tanto deseaba me dijo un día: mira, me ha dicho mi padre, Damián (representante de actores), que están buscando actores en el Teatro Español y allí que me presenté. Me cogieron y entré a formar parte de esa maravillosa familia como meritoria en el 64. Hablé con Damián y empezamos a trabajar. Recuerdo que la primera obra de teatro que hice fue ‘Don Juan Tenorio’, sólo hacía bulto, pero cada vez que escuchaba decir eso de ‘¡Oh, don Juan, don Juan!, yo lo imploro de tu hidalga compasión: o arráncame el corazón, o ámame porque te adoro’, pensaba yo también lo puedo decir”.

Me parece increíble cómo se acuerda todavía de diálogos enteros pasados tantos años. Pero al escuchar lo que me acaba de contar, me sorprendo ya que tenía otra versión que había visto publicada y era mucho más novelesca, y ante la duda prefiero preguntar.

Disculpe, Pilar. Me gustaría me corrigiera. Tengo entendido que usted andaba enamorada de un torero y que, por desgracia, este sufrió un accidente y salió en la noticias. Que fue el dramaturgo José López Rubio que al leer la noticia, la vio y supo su nombre. A raíz de eso se puso en contacto con usted y que así comenzó todo…

¿Eso lo has leído? No, no. Esos datos están equivocados. Es cierto que yo era amiga de unos niños que querían ser toreros y que los conocía, de hecho, mis amigas y yo íbamos a verlos entrenar a la Casa de Campo, pero nunca fuimos novios ni nada de eso. Y a José López Rubio sí que le conocí, claro, pero cuando empiezo en el Teatro Español. No, no, todo fue gracias a Conchita Rabal, mi amiga, como te he contado.

Al comunicar a sus padres, Mariano y Victoria, que dejaba Telefónica para dedicarse al teatro, no pusieron buena cara como era de esperar. “Menudo revuelo se montó. Hubo una reunión familiar claro está. Ellos intentaron convencerme de que desistiera, tenía un trabajo bueno, yo era una niña bien (risas), eso de ser actriz no estaba bien visto. Pero al final me salí con la mía. Eso sí mi padre me impuso algo sin lo cual no aceptaría mi decisión. Y claro, tuve que acceder. Todos los días al salir del teatro, mi padre estaba en la puerta de la salida de artistas esperándome, todos los días. Decía que no eran horas de que una chica formal anduviese por las calles solas y en esas compañías. Así que al terminar la función y salir, allí llegaba mi padre en el ‘Leandritos’, su amado coche. Era muy viejo y no veas el ruido que hacía, llamaba demasiado la atención como para que nadie se fijara en él. Yo me moría de vergüenza, pero no hubo manera de que dejase de venir a buscarme. Un día le propuse que no viniera porque podía ir en taxi con tres compañeras y amigas que vivíamos cerca ya que el ‘Leandrito’ no arrancaba, se negó. ¿Cómo vais a coger un taxi vosotras solas?, me dijo”.

Pilar se considera una mujer muy decidida.

Ser meritoria en aquella época en el Teatro Español no era cualquier cosa. Pilar Velázquez tuvo la suerte de aprender de los mejores: Vicente Parra, José María Rodero, Carlos Ballesteros, Manuel Galiana, Guillermo Marín, José Luis Pellicena… “Yo no estudié interpretación ni nada de eso, mi escuela fue El Español. Allí aprendí de los mejores, fue un privilegio la verdad. Estuve un año y medio o así e hice de todo, fui ganándome mi sitio poco a poco”, me explica con mucha humildad. Tanta que apenas se recrea en el momento que conoció a Dalí. “Estábamos ensayando una obra en el teatro, todos muy metidos en el papel y concentrados. De fondo no dejaban de escucharse ruidos y voces. Era Dalí que estaba pintando el decorado de la obra y apretaba una y otra vez los botes de espráis. Yo lo recuerdo como un hombre gruñón”, se limita a decir. 

¿Recuerda ese día en el que se sintió actriz por fin y no como una meritoria?

Me sentí actriz desde el primer día que tuve el privilegio de pisar un escenario con profesionales de esa talla. Lo que sí recuerdo es mi primera frase (risas). Era muy corta, pero me sentí muy orgullosa y le puse tanta pasión que yo pensaba, figúrate, que lo había hecho de Óscar (risas). Decía: “¡Ah, de la barca. Ayudadme!”. Mira que era corta, pero para una jovencita como yo entonces, lo fue todo.

Pilar Velázquez, la jovencita de cara virginal y tan discreta, pronto aprendió a comprender que con vergüenza no se llegaba a ningún lado y se transformó en una joven inquieta, curiosa y muy echada para adelante. “Más que valiente, era muy decidida. No decía que no a nada. Recuerdo que para el papel de una película me preguntaron que si sabía montar a caballo. No lo dudé, dije muy segura que sí. Era mentira (risas) y allí me tenías montando a caballo en la Casa de Campo, disimulando como pude durante cinco horas y con un dolor de nalgas y los muslos enrojecidos. Fue horroroso. Aprendía las cosas por el empeño que ponía en todo lo que hacía. Me pasó lo mismo cuando trabajé en coproducciones europeas y había que saber inglés. Como siempre dije que sí y la verdad es que lo hablaba fatal y poco. Llegado el momento de rodar al final tuvieron que darme el guión escrito, el inglés, como se pronunciaba para salir adelante”, reconoce después de tantos años.

La actriz hizo cine y televisión, pero lo que mas le gustaba era el teatro.

Aunque sus inicios fueron teatrales y destacó con obras como “Camino de Damasco”, su primera función con José Luis Pellicena; “El hijo rojo”, junto a Vicente Parra; “Adán 67”, que interpretó al lado de José María Rodero; o “Sólo Dios puede juzgarme”, “La muralla China”, “Anillos para una dama”, de Antonio Gala, donde compartió reparto con José Bódalo, Charo López, Carlos Ballesteros, María Asquerino, entre otros, muy pronto empezó a compaginar las tablas con el celuloide. En los años 70 su cara era reclamo en todas las carteleras y quioscos de la época. Se adaptó a todos los géneros dramas, comedias, westerns, thriller, películas eróticas… Títulos como “Las chicas con los chicos”, “Operación Mata-Hari”, “Las amigas”, “Juego sucio en Panamá”, “Adulterio a la española”, “Tatuaje”, “Una señora estupenda”, “Codo con codo”, “Sábado en la playa”, “Yo lo mato, tú cobras la recompensa”, “Tierra de gigantes”, entre las más de treinta películas que llegó a realizar, la elevaron a musa e icono sexual. Su sueño se había cumplido. Pilar Velázquez era una actriz de prestigio tanto en España como en Italia. Sin embargo, el éxito no la alejó demasiado de aquella chica sencilla, guapa y con carácter. Ella, asegura, no lo vivió de forma especial: “Para mí ser actriz era mi profesión, como cualquier otra. Yo intentaba hacer bien mi trabajo, como supongo que tú el tuyo. No pensaba en más. Aunque lo que más me gustaba era el teatro, también hice cine y televisión. Son métodos distintos, en el teatro cada día es algo nuevo y diferente, no hay función que salga igual a otra, se trata de ensayar y estudiar mucho. En el cine, bueno, es más de repetir y repetir, cortar y acción, acción y cortar, te ves obligada a entrar en situación en cuestión de segundos, sales y entras del personaje constantemente…”.

Llegó un momento en que ya no tenía que hacer por destacar como en sus inicios para que su familia se sintiera orgullosa de ella. “Cuando empecé mi madre y mi abuela venían a verme al Teatro Español donde yo era meritoria, vamos, ni tenía frase. Yo formaba parte del coro que representábamos las parcas, teníamos que llevar dos velos que nos cubrían la cara, no se nos podía ver. Sabía que ellas estaban en el patio de butacas y claro, con esa indumentaria no me iban a reconocer. Pues me las apañé para ponerme un sólo velo y en el momento que nos tenían que levantar uno de los velos, se me vio la cara (risas). El susto que se llevó Carlos Ballesteros, pero mi madre y mi abuela pudieron reconocerme. De esas he hecho más de una. Después, cuando ya hice papeles más importantes tenía casi que obligar a mis padres para que vinieran a un estreno, al estar rodeada de tanta gente y tener que atender a periodistas y demás, ellos me decían que no querían molestar. Por supuesto, para mí ellos eran lo primero y les hacía ir “, me cuenta con un sentimiento que se balancea entre la risa y la añoranza.

Pero si algo le dio la popularidad masiva y la permitió entrar en todos las casas fue la televisión. A mediados de los 70, aprovechando la racha de suerte que estaba viviendo, Pilar Velázquez debutó como presentadora, junto a María Salerno, en el programa “Señoras y señores”, dirigido por Valerio Lazarov, donde también sustituyó a otras dos divas de la época María José Cantudo y Ángela Carrasco. Allí demostró que podía bailar, cantar y que tenía una gran dosis de humor y picardía. Por ello, un año más tarde, 1976, reemplazó a Bárbara Rey en otro de los programas estrellas de la televisión pública, “Palmares”. Ese mismo año, Pilar enamoró, en la pequeña pantalla, al mismísimo Curro Jiménez, serie en la que también participó.

Era una época en la que yo no paraba de trabajar, incluso cantaba por las noches en la sala ‘Parnaso’ y Emilio Varela tocaba al piano. Me atrevía con todo: baladas, rancheras, tangos… Una noche una mujer francesa me pidió que cantara ‘Ne me quitte pas’, pues se la canté ni corta ni perezosa, no sabía francés, pero sí esa canción –cuenta como muestra de su arrojo-. Miguel me decía muchas veces: ‘Te voy a hacer un disco para que vea la gente que también sabes cantar bien’”. Se refiere a Miguel Gallardo, el amor de su vida, el padre de su hijo Alejandro y el único que consiguió llevar al altar a una de las mujeres más deseadas de España.

Pilar con Miguel Gallardo y el hijo de ambos.

En 1979, en una discreta ceremonia en la ermita madrileña de San Antón de la Florida, Pilar dio el “sí, quiero” al también popular cantante granadino, Miguel Gallardo. Sí, aquel por el que se desmayaban las jovencitas al escucharle cantar “Hoy tengo ganas de ti”, “Otro ocupa mi lugar” o “Desnúdate”. Formaron la pareja del momento. Los dos guapos, exitosos y con una sonrisa que seducía tanto a hombres como a mujeres. Eran la pareja perfecta y de moda. Por eso pronto pasaron al olvido los amores conocidos hasta entonces de la actriz como Manolo Otero, uno de los seductores más cotizados. “En realidad yo sólo he tenido dos novios en mi vida y algún que otro coqueteo. Bueno, ten en cuenta que entonces coquetear era otra cosa, te miraban dos veces y ya decían que te habían desnudado y sí, mi gran amor fue Miguel”, contesta cuando le planteo la cuestión del amor en su vida. Se muestra discreta y reservada. “He sido una mujer afortunada en el amor, eso es cierto”, se limita a decir.

A los dos años de casarse, Pilar Velázquez decide retirarse, iba a ser madre, el papel más importante de su vida. “Fui madre tardía y era otra época. Por entonces una mujer que estaba en la treintena ya llegaba tarde a la maternidad, ya sabes. Me retiré para dedicarme a mi familia y nunca me arrepentiré de eso. Ser madre es una experiencia única e increíble”, reconoce con orgullo.

Pilar Velázquez se retiró de la escena, nunca hubiera querido envejecer en un escenario.

¿Lo dejó todo por amor y en el momento más alto de su carrera?

Lo dejé porque así lo quise. Las cosas se hacen porque se hacen, porque estás convencida de que es lo que quieres hacer. No soy una persona a la que le guste arrepentirse de lo que hace o decide. Me gusta vivir el presente, siempre ha sido así. En ese momento lo que más quería era ser madre y disfrutar de mi familia, simplemente lo hice.

Es cierto, según va transcurriendo la conversación más me doy cuenta de que Pilar Velázquez es una mujer pragmática, que vive el día a día sin pensar en el futuro ni en el pasado. No le gusta recrearse en los que muchos llamarían “años dorados” de una estrella. Es una mujer cariñosa, pero reservada con esa parte que guarda para ella y sus seres queridos. Una mujer fuerte, que ha hecho siempre lo que ha querido hacer, sin dobleces. Esa mujer natural que ha afrontado a la vida con la cara lavada, que se ha dejado llevar simplemente por su vocación y su corazón, tan normal y sencilla, eso mismo la ha otorgado una aurea de misterio. Tal vez por eso tampoco dio más explicaciones cuando en los años 90 se separó de su marido y decidió regresar, a sus 50 años, de nuevo al mundo de la interpretación. Lo hizo con la película  “Pon un hombre en tu vida”, junto a Toni Cantó, Cristina Marcos, Pere Ponce, Anabel Alonso, Javier Cámara, entre otros. Aunque en realidad nunca dejó de ser actriz y de vez en cuando aceptaba papeles en teatro como lo hizo en 1987 con “Una hora sin televisión”, con Manuel Tejada.

El Caballero de las espuelas de oro”, “Las mujeres de Jack”, con Carlos Larrañaga, “Que usted lo mate bien”, de Juan José Alonso Millán y “La noche de la Iguana”, han sido sus últimos trabajos sobre un escenario. A los que hay que sumar sus esporádicas intervenciones en series de televisión como “Al salir de Clase”, “Farmacia de Guardia”, entre otras. Hasta que llegó el día que tomó otra vez la decisión de bajarse de los escenarios, esta vez para siempre: “A los 65 años me jubilé de la profesión. Ya no me apetecía hacer y deshacer maletas, ir de gira y estar siempre de un lado para otro. No soy de esas actrices a las que les gustaría morirse de viejecitas encima de un escenario, la verdad. Admiro mucho a mis compañeras que así lo desean, pero yo no”, afirma tajante.

¿No echa de menos los aplausos, los focos…?

No, para nada. No echo de menos nada de eso. Me gusta la vida que tengo ahora, disfruto mucho con mis amigas, mis perros y mi familia. Tengo muchas cosas que hacer y que me gustan. Ni si quiera volvería aunque fuera por un día por aquello de rememorar. Vivo mi presente, como ya te he dicho, la vida tiene muchas etapas, unas de muchas risas, otras con lágrimas cuando se pierden a los seres queridos, pero siempre hay que mirar hacia delante y disfrutar de lo que nos toca en cada momento. Reconozco que no soy de muchas lágrimas. Como seré que cuando murieron mis padres y les iba a visitar al cementerio no les iba a llorar sino a cantar. No me gusta la gente que se recrea en el pasado, ni que se queja permanentemente, mucho menos las que achacan sus males a la mala suerte, no.

A día de hoy vive feliz, además acaba de ser abuela.

Vive rodeada de pinceles y trementina, desde hace un tiempo la dio por pintar, a las afueras de la ciudad. Cocina lo justo y necesario, “mi hijo me dice que ya no cocino como antes, que no lo hacía nada mal. Verduras, lentejas y poco más, sí me tengo que comprar una lata de fabada, me la compro”. Y es que Pilar Velázquez ahora aprovecha todo su tiempo para ser simplemente feliz. Sobre todo ahora que no hay cosa que más le guste que embobarse al mirar a su nieta de dos meses: “Se pasa todo el día comiendo, ¡es tan mona!”.

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