jueves, diciembre 2, 2021

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Virginia del Río: “Yo tenía una necesidad brutal de que la gente supiera que había tenido un hijo y que se llamaba Uriel. Por eso también creé Tengo una Estrella”

Texto: Sandra Cuenca/ Fotos: V. d. R.

Virginia es periodista y a raíz de perder a su hijo Uriel, a las 39 semanas de embarazo, decidió crear el blog “Tengo una estrella”, donde poder contar, en primera persona, la traumática experiencia de perder a su bebé cuando estaba a punto de nacer, así como poder dar visibilidad a la “muerte perinatal”.

Supe lo que era la “muerte perinatal” cuando Virginia contó lo que le había pasado, nunca antes había oído o leído sobre ello. Este término se aplica al fallecimiento de un feto a partir de las 22 semanas de gestación o de un recién nacido en sus primeras semanas de vida. Soy madre, tengo amigas que también lo son y nunca, hasta ahora, había conocido a alguien que lo hubiera sufrido. Llamé a Virginia hace un par de semanas, quería hacerle una entrevista, pero no sabía si iba a querer o poder hacerla. Tenía claro que no iba a ser fácil, me iba a contar una parte de su vida que había sido, y sigue siendo, muy dura, pero es algo que había que contar, creo que hay que hablar de lo que pasa cuando una madre pierde a su hijo en la semana 39 del embarazo. Al otro lado del teléfono escucho su voz y recuerdo su sonrisa, pienso que a pesar de lo que le ha pasado sigue siendo Virginia, la periodista gaditana a la que conocí hace ya unos cuantos años y con la que he compartido mucha calle, muchos saraos y muchas horas de trabajo. Pero se me encoge el estómago cuando me dice: “Sandra, yo ya no soy la misma persona que conociste”. Duele escucharla, porque sé que ninguna mujer sale ilesa de la pérdida de un hijo, ninguna.

Virginia nació en Cádiz, pero lleva veinte años viviendo en Madrid, donde trabaja como periodista. Llegó un momento en el que decidió no esperar a que apareciera una pareja con la que formar un proyecto de vida, por lo que se embarcó en la aventura de ser madre en solitario. Ahí comenzó una etapa de ilusión, muy segura de su decisión. Ella para eso siempre ha tenido la mente muy abierta.

Decides ser madre tu sola y te quedas embarazada…

Fue un punto de inflexión en mi vida, el 25 de mayo de 2017, que es el día en el que me entero que estoy embarazada, el día con el que tanto había soñado. Cuando me enteré que esperaba un niño me costó mucho elegir su nombre porque me parecía mucha responsabilidad. Me gustaba cómo sonaba Uriel, pero lo elegí por su significado: Él es la luz. A mí mi hijo me trajo mucha luz, la que viví con él fue una época muy luminosa. Tuve un embarazo completamente normal y saludable. El 22 de enero de 2018 acudí a una de las últimas revisiones con mi ginecólogo, estaba embarazada de 38 semanas y 6 días, en esa revisión vimos que todo estaba perfecto. Esa mañana había tenido monitores y la matrona me dijo que el bebé tenía el corazón de un caballo. Me fui a mi casa a las siete de la tarde sin saber que sería la última noche que pasaría con Uriel. A la mañana siguiente, al levantarme, no notaba a mi hijo y se me hacía rarísimo porque él se movía muchísimo y cambiaba de postura constantemente. En las clases de preparación al parto te dicen que si no notas al bebé tienes que colocarte sobre el lado izquierdo y tomar algo dulce, si sigues sin notarlo debes irte a urgencias, no te dicen nada más. Con lo cual, tener en mi cabeza eso de “si no, te vas a urgencias” sonaba a algo preocupante, pero nunca llegué a imaginar la dimensión de lo que estaba pasando.

¿Qué pasa esa mañana? Te vas a urgencias sola, ¿no?

Llamé a mi ginecólogo y me dijo que me fuera a urgencias para que me hicieran un monitor. Y me fui sola porque pensé que igual era cosa mía, aunque sentía mucho miedo. Ahora creo que decidí irme sola porque quería convencerme de que no pasaba nada malo. Una vez en urgencias recibí el primer golpe de realidad cuando el señor del mostrador me pregunta qué me pasa y le contesto “estoy embarazada de 39 semanas y no noto a mi hijo”. La cara que puso esa persona solo me hizo pensar que lo que estaba pasando era grave. Pasaron muy pocos minutos hasta que me llevaron a triaje, y de ahí a la planta de ginecología- Virginia hace una pausa, por un momento dudo si va a poder seguir, pero lo hace– soy incapaz de recordarlo sin que me dé un vuelco el corazón. Me ponen un monitor y solamente escuchan el latido de mi corazón. Enseguida me hacen una ecografía, que dura dos segundos. Es cuando me confirman que “no hay latido”. Esas tres palabras son las que me destrozaron y cambiaron la vida para siempre. A partir de ahí comienza otro nuevo capítulo, que me ha llevado hasta lo que soy hoy en día, porque nadie sale ilesa de la muerte de un hijo, sea el momento que sea. Esto es algo que te cambia la vida. Ya no soy la persona que tú conociste, soy muy diferente, con un camino de duelo muy difícil y con mucho sufrimiento, pero también con mucho aprendizaje y crecimiento.

No interrumpo a Virginia, no sé qué decir, no puedo imaginarme por lo que ha pasado, así que la dejo continuar. 

Yo me negaba a que esto pasara en vano, no puedo hacer que mi hijo vuelva, eso no va a pasar nunca, pero puedo recordarle y puedo hablar de él. Puedo tumbar el tabú que significa la muerte gestacional y perinatal, puedo normalizar esos términos y puedo decir a gritos que mi hijo me dejó mucho más amor que el dolor que me produjo su partida. Todo eso sí lo puedo hacer. Ese día que me dan la mala noticia, me ingresaron en la Fundación Jiménez Díaz, donde fueron muy empáticos y cariñosos conmigo y con mi familia en todo momento. Agradecí que me pusieron en una habitación alejada de todo el trasiego de maternidad. Pero no sabía que cuando tu bebé muere en tu vientre lo tienes que parir. En ese momento, me sonaba muy cruel. Avisaron a mi ginecólogo y cuando llegó tenía la cara desencajada. Hacía menos de 24 horas que nos habíamos visto y estaba todo perfecto. Nos abrazamos. Coincidió que la matrona que me acompañó fue la misma que me había visto el día antes y fue ella la que me dio la clave para que yo dijese “adelante, voy a parir”. Me dijo: “Nunca vas a olvidar lo que ha pasado, pero no necesitas una cicatriz que te lo recuerde cada vez que te mires al espejo”. Esas palabras fueron reveladoras para mí. A partir de ese momento me concentré en lo que tenía por delante, una larga noche y un día de inducción al parto. Hay momentos de esa noche que no recuerdo con nitidez. Pero hubo un instante que no olvidaré nunca. Ya con el camisón puesto y mientras me cogían la vía yo tenia la mirada perdida y pensaba “¿cómo es posible que yo no conozca a nadie que le haya pasado esto? ¿Solo me ha pasado a mí?” Pensé que eso era una señal, que yo no tenía que haber sido madre. Me volví muy supersticiosa durante un tiempo. Uriel nació el 24 de enero de 2018, y gracias al equipo sanitario tuve un parto fisiológicamente bueno, aunque emocionalmente fuese devastador. Fue tan solitario, tan silencioso, tan vacío…   Cuando mi duelo estaba ya un poco avanzado y fui capaz de ponerme en pie, de volver a caminar, decidí que tenía que aprovechar la circunstancia de que soy periodista: sé escribir, me gusta hablar y sé contar las cosas. Había que darle visibilidad, estaba segura que tenía que haber más mujeres a las que les había pasado lo mismo y otras a las que les podía pasar. Pensé que quizás se sentirían menos solas y habría valido la pena el esfuerzo de revivir la historia cada vez que lo contaba, y lo hacía por ellas, por esas madres, por esas familias. Ahora ya no sufro cuando lo cuento, aunque haya partes con las que se me encoge el estómago. Uriel es parte de mi vida y me gusta hablar de él.

Es cuando creas el blog “Tengo una Estrella”

Sí, en el mes de octubre aprovechando que el 15 es el día de la muerte perinatal, lancé el blog, un blog muy sencillito, porque yo no soy especialista en crear páginas web. A mí lo que se me da bien es contar cosas. Empecé a contar mi vida en primera persona, siempre desde mi punto de vista, porque yo no soy psicóloga ni médico. Soy una persona que perdió a su bebé cuando estaba a punto de nacer, y hablo de eso y de todas las emociones que genera este duelo. Sentí que tenía que abrir esa puerta. Tendemos a tapar el dolor, a enterrarlo, no solo el nuestro sino el de los demás, porque nos duele también. El dolor propio y ajeno duelen, y como duele lo tapamos, creyendo que si no hablamos de esto igual me recupero antes, se olvida y la gente no pregunta. Yo tenía una necesidad brutal de que la gente supiera que había tenido un hijo, y que se llamaba Uriel. Porque yo decía: a un niño que nace vivo todo el mundo lo ve, lo abraza y felicita, todo es alegría, pero mi hijo no tiene esa posibilidad y si yo no hablo de él, ¿cómo voy a mantener viva su memoria? Yo tenía esa necesidad y por eso también creé “Tengo una Estrella”. Al principio, pasé un tiempo sin publicar nada en redes, no era capaz de contar ni verbalizar lo que me había pasado, pero cuando pude hacerlo conté mi historia. Cogí mi cuenta personal de Instagram y le cambié el nombre. Además coincidió que me llamaron para hacerme una entrevista en “Viva la Vida” y hablé del blog. Las visitas se dispararon, no daba abasto con los mensajes que recibía. Cientos y cientos de mujeres dándome las gracias por visibilizar a nuestros hijos, contándome sus casos, y eso me reafirmó en que, efectivamente, era un tabú como tantas cosas que rodean a la muerte, y todavía más si el que muere es un niño o un bebé.

Virginia no tiene libro de familia y es algo que reclama. Su hijo tiene nombre y apellidos, pero con la ley vigente a día de hoy, es imposible. “Solo me permiten registrarlo en un apartado que se llama “Legajo de Abortos”, que ya de por sí suena irrespetuoso, pero no puedo tener mi libro de familia con su nombre y el mío«. Y eso que Uriel pesó al nacer 3 kilos y 190 gramos. Socialmente, todos tenemos muy interiorizado que en el transcurso de los tres primeros meses de embarazo podemos tener un aborto, de eso se habla un poco más. Virginia nunca se atrevería a comparar dolores, “dolor es dolor, amor es amor, y a cada uno le duele lo que le duele. Y hay pequeños gestos que ayudan mucho con el duelo, como poder tener el libro de familia. Solo hablamos de sentimientos”, cuenta Virginia. A través de la iniciativa “Tengo una Estrella” encontró la manera de homenajear a todos esos hijos. Hacen reuniones virtuales de madres y padres donde se apoyan entre todos y cuentan lo que les pasó. Me cuenta que un rato antes de que la llamara yo, había estado hablando con una madre, una chica joven que está en el momento álgido del duelo. “Está empezando a afrontarlo, está en esa fase terrorífica de negación e ira, pero hay que atravesarlas para poder sanar. Yo lo que hago es compartir con ella lo que he vivido, decirle que hay esperanza a pesar de que el camino es muy oscuro y duro, y ahí te ves sola con tu dolor. No me refiero físicamente, porque puedes estar muy acompañada, pero tu dolor es tuyo. Porque tus padres tienen su duelo, pero es otro duelo, cada uno en la familia tiene el suyo, y el mío lo tengo yo”. Por eso Virginia dice que es un camino en solitario, pero que cuando lo completas y lo elaboras de una manera saludable, te das cuenta que ese trabajo personal da su fruto. Ella reconoce que necesitó ayuda psicológica, que fue a terapia desde la semana siguiente a salir del hospital y puede decir que vuelve a ser feliz, feliz de otra manera. “Soy feliz de una manera más consciente, valorando los pequeños momentos porque he aprendido a valorar la vida de otra manera”, explica. No le gusta la frase: “las cosas pasan por algo”, no cree en ello. “Las cosas pasan porque te tocan, porque la vida es así y, una vez que te toca, tú decides qué hacer con eso. Es decir, o me meto debajo del edredón y no salgo nunca más, que es una opción, o paso esto como puedo y saco algo útil”, añade. Virginia sacó algo útil de ese dolor desgarrador, porque si no lo hacía la vida era un sinsentido. Para ella es bonito que en su familia se mencione a Uriel con una naturalidad que jamás llegó a imaginar. Es verdad que ella les ha ido guiando durante el camino, esto era nuevo para todos, tanto para su familia como para ella. “Yo les dije a mis padres que necesitaba que hablaran de él, que por favor no le dejasen de nombrar y que no le silenciasen pensando que me hacían daño, porque me hacían más daño si no le nombraban, ya que pensaría que le habían olvidado”. Virginia tiene historias muy bonitas, tiene cinco sobrinos, de entre cuatro y dos años. Al final han ido integrando a su hijo de una manera maravillosa y que a ella le hace muy feliz. Saben que Uriel es su primo, que estuvo en la tripa de la “tata” y que ahora está en el cielo. “Yo no me siento en la mesa y pongo un cubierto para mi hijo, no estoy hablando de eso, no se me ha ido la cabeza. Pero Uriel vivió nueve meses dentro de mi vientre, esa fue su vida y es una vida completa, igual de completa que la de la persona que vive 90 años, nadie dice que la vida tenga que durar un número de años”, reconoce Virginia. Tiene claro que no le saldría silenciar algo así, si le preguntan si tiene hijos ella contesta que no tiene hijos que criar, pero que tuvo uno que murió. A ese nivel está integrado en su vida y en la de su familia, pienso que es algo maravilloso. “Mis padres tienen su foto en un marquito en el salón, al lado de otra mía embarazada. Si tú no sabes la historia solo ves a un bebé dormido, es una foto muy dulce, muy amable y muy bonita”.

¿Qué encontraremos en el blog de “Tengo una Estrella”?

Al principio escribía con más asiduidad en el blog, pero al final me manejo más con Instagram porque la comunicación es más fluida. El blog me exige sentarme al ordenador, por lo que escribir en Instagram y Facebook me permite hacerlo desde el móvil, interactuando más con la gente. Comparto cosas en las que no encontraras rastro de drama, es decir, perder un hijo a punto de nacer es un drama, pero lo que yo quiero transmitir es esperanza. Esa esperanza que yo no encontré cuando sucedió todo, me encontraba muy sola y no conocía a nadie que le hubiera pasado algo así.  Luego sí que me fui encontrando gente, pero al principio me metía en internet, yo no sabía ni que se llamaba “muerte perinatal”, no había oído esa palabra en mi vida. Yo soy periodista y leo un montón, pensé que si no lo había escuchado antes es que de ese tema no se hablaba. Si yo no lo he oído nunca, ¿qué va a saber una persona que no tenga acceso a internet? Las cosas no podían ser así, había que encontrar un hueco para que nuestros hijos tengan su espacio en la sociedad, no podemos hacer como que no existieron. He convertido mi historia en mi caballo de batalla y me hace mucho bien compartirlo, siempre digo que ayudar, ayuda. Hago esto de manera altruista porque no soy psicóloga, soy periodista y escribo, lo hago lo mejor que puedo e intento transmitir que si no damos visibilidad a una realidad es como si no existiese.

Pero, ¿Por qué crees que somos capaces de hablar de los abortos en el primer trimestre y no de la muerte perinatal?

Aquí la maternidad solo se ve de una manera: tu foto en la cama del hospital con tu hijo recién nacido. Hay otra cara de la maternidad y es horrible. Yo salí del hospital con los brazos vacíos, con una pena que no me cabía en el cuerpo, dolorida por todos lados y dándome cuenta de que mi hijo no iba a estar en mis brazos nunca más. Me costó creer que eso estaba pasando de verdad. Es una parte delduelo muy sombría y de la que no se habla porque así creemos que no existe. Pero sucede, aunque sea minoritario.

Por más que lo pienso no entiendo nada, de la muerte súbita se habla, al igual que de los abortos… ¿Por qué no cuentan a las embarazadas que puede pasar algo así? En las clases de preparto, por ejemplo…

Yo imagino que porque es muy duro pensarlo. Creo que todo es cultural, tenemos un miedo a la muerte que hace que queramos olvidar que existe. Si en clase de preparto te dicen: “si no te notas al bebé, vete de urgencias, porque puede ser que su corazón se haya parado”, en ese momento te mueres de miedo. ¿Por qué?, porque no tenemos esa cultura de “es que puede pasar”, igual que hay una de cada cuatro mujeres que sufre un aborto en el primer trimestre y tampoco se habla demasiado de ello. La información es poder, siempre. Te da la oportunidad de elegir y prepararte.

¿Te dieron alguna explicación de lo que pasó?

Desde el principio me informaronque en un 60 o 70 por ciento de los casos no hay una causa clara. A mí me hicieron pruebas durante dos años y pico, de todo tipo, y no apareció nada relevante, ni virus ni bacterias. Determinan que es una especie de muerte súbita dentro del útero. Yo me he machacado durante años pensando en que podía haber sido, me volví loca echándome la culpa por si había hecho algo mal o comido algo durante el embarazo. Necesitaba saber que había pasado, no me conformaba con la versión de “mala suerte”. Mala suerte es que te roben el bolso por la calle, esto es una tragedia y tiene que tener una explicación. Convivir con la incertidumbre es otra de las cosas que aprendí en terapia, yo siempre he tenido la necesidad de saber las respuestas de todo y después te das cuenta de que la mayoría de las cosas en esta vida no tienen respuesta, o al menos tú no las vas a conocer. Sigo creyendo que un bebé no se muere dentro del útero porque sí, tiene que haber una causa aunque no se sepa.  

Cuando has empezado a tener contacto con otras madres, que han pasado por lo mismo que tú, ¿qué es lo más difícil para ellas? ¿Algo común que destacarías?

Lo más difícil es el hecho de afrontar volver a la calle, a la vida o el trabajo. Es cuando la gente que te rodea, porque no sabe que decirte, sueltan frases que hacen mucho daño, eso es algo común en todas. Porque luego el duelo cada una lo lleva de una manera, es algo desgarrador para todas, unas necesitan terapia y otras no. Hay frases muy duras del tipo: “pero eres muy joven, ya tendrás otro” o “las cosas pasan porque tiene que pasar”. A mí cuando me dijeron “eres joven todavía”, te juro que pensé que aquellas personas no estaban entendiendo nada. Yo no quiero tener otro, que yo al que quiero es al que se ha muerto. Si luego tengo otro hijo, será otro, pero mi pena por Uriel seguirá ahí, porque mi niño no está y no va a volver. De eso nos quejamos todas. Hay que educar en emociones, y yo sé que esas cosas se dicen por animar porque no sabes que decir, pero si tuviéramos una educación emocional un poquito más extensa, que en esta generación no la tenemos y en las anteriores menos, sería diferente. He aprendido mucho en estos años, creo que es mejor escuchar, entender y apoyar, es mejor dar un abrazo sin decir nada. Cuando hablo con otras madres (y padres) me preguntan si se puede volver a ser feliz. Cuando está todo muy reciente poder darles esperanza me parece algo muy valioso, porque yo en su momento no lo tuve. Pensé que mi vida se había acabado ahí, que no iba a ser capaz de seguir adelante y que me iba a morir en vida con mi hijo. Gracias a la terapia y a todo lo que he leído y trabajado, me he dado cuenta que la vida sigue, que se puede seguir viviendo echándole de menos, eso va a ser siempre así. Y que yo tengo el privilegio de vivir que mi hijo no tuvo, eso lo tengo muy presente y disfruto de todos los pequeños momentos que me da la vida. La vida y la muerte están separadas por una milésima de segundo. Hay que seguir viviendo de la manera más feliz posible, ya te digo que no soy la misma que conociste hace años porque es imposible. Esto es una estocada para siempre, pero al final, la vida tiene momentos bonitos y momentos duros. Trae nacimientos, trae despedidas… Y todo eso es la vida.

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