A mi querido vecino artista Loreba, por Malu Zamora

Por Malu Zamora

En este mundo existen personas a las que quiero, a las que he querido siempre y no podría ser de otra manera. Una de ellas es Loreba, o como yo le he llamado desde mi infancia, mi vecino Lorenzo. Cuando contaba con tan sólo ocho años, mis padres decidieron cambiar de barrio y nos fuimos a vivir a Santa Ana, a la casa de los maestros, como se la conocía por aquel entonces. Yo vivía con mi familia en el tercero y justo enfrente, había un chalet en el que siempre estaban las puertas abiertas, se veían entrar y salir niños de todas las edades y se escuchaba música a cualquier hora, la mayoría de las veces era flamenco, todavía recuerdo aquel : «Y tu mirá, se me clava en los ojos como una espá…» de Lole y Manuel. ¡Cómo me gustaba observar desde mi terraza aquella casa tan llena de vida!.

Muchos días, en el patio, se veía trabajando a un atractivo hombre de mediana edad. Unas veces tallaba piedra, otras modelaba con sus grandes y fuertes manos el barro y, a veces, le daba forma al metal hasta que conseguía crear diferentes figuras abstractas de formas imposibles que yo, veía y no entendía, pero que me gustaban

Al poco tiempo, mis padres se hicieron amigos de aquel artista, y nuestras familias compartimos unos años muy bonitos. Cada fin de semana, el chalet de Lorenzo se convertía en una fiesta: comidas y cenas alrededor de una mesa y al terminar, todos al sofá del salón a ver aquella tele en blanco y negro en la que un jovencísimo Miguel Bosé cantaba: » Don Diablo se ha escapado tú no veas la que ha armado…«con aquella falda pantalón, diseñada, casualmente, por el que hoy en día es mi gran amigo Francis Montesinos.

Cuando llegué a la adolescencia, Lorenzo y su cuatro latas granate, se volvieron imprescindibles. Llegaba el viernes por la tarde y desde mi balcón , a gritos, le preguntaba a mi vecino: «¿Lorenzo, vas a la plaza, me llevas?» Y él, orgulloso de ir acompañado de una jovencita guapa a su lado de copiloto, me contestaba: » Baja que te subo.» Y yo, echa un pincel, me subía a aquel coche, que en más de una ocasión nos dejó tirados por no llevar gasolina, y feliz, sintiéndome muy mayor, presumía de coche y de amigo artista delante de mis colegas. Al llegar a mi destino, me despedía de mi vecino, pero él, siempre desde la distancia, me echaba un ojo y cuidaba de mí. Los chavales conquenses en aquellos años nos íbamos de «chusma a beber litronas» y cuando caía la tarde y llegaba el momento de bajar, ahí estábamos nosotras, mis amigas y yo, que ya desinhibidas, después de unas cuantas, muchas, cervezas, haciendo dedo en los arcos de la Plaza Mayor, esperábamos impacientes a que alguien nos bajara para no llegar tarde a casa. Y en ese momento, casi siempre, aparecía Lorenzo, que a veces, con una paciencia infinita, había esperado para recogernos y bajarnos generosamente. Y así pasaron los años, y así se fraguó una amistad de esas que son más que familia.

Y como todo en la vida, aquella época tan bonita se quedó atrás, y yo me fui a estudiar a Madrid, y mi familia volvió a cambiar de casa y de barrio. Pero hay personas a las que quiero, a las que he querido siempre y no podría ser de otra manera… y hoy Loreba ha presentado una maravillosa exposición. Y yo, he estado ahí porque quería verlo feliz entre sus cuadros, sus esculturas y esos hierros que nunca he entendido, pero que tanto me gustaban.

Feliz vida amigo Lorenzo.

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