ALMA VIAJERA, LA HISTORIA DE SHUSILA

Texto: Malu Zamora/ Fotos: Javier Jorge

El continente indio tiene 1350 millones de habitantes, pero la mitad de ellos, no alcanza  a ganar lo necesario para alimentarse, ni cuenta con servicios básicos tan elementales como un aseo en su casa. Muchos ni siquiera tienen casa, a pesar de ello las ciudades están siempre abarrotadas, el tráfico bulle con un caótico desorden al que cuesta acostumbrarse.

 La situación actual de la mujer en India no es nada fácil.  El 80 % de los matrimonios son acordados por los padres de los contrayentes, desde ese momento, la esposa pasa a ser dependiente, no solo del marido, sino también de la suegra y el resto de la familia de su esposo.  En los sectores más conservadores del hinduismo, una  mujer India solo es valorada y respetada mientras esté al lado de su marido, una vez que este fallece, su vida, ya no tendrá ningún sentido.

  Comienzo el día en Benarés, me estoy aproximando al centro, veo un templo, y un gran cartel me advierte que he llegado a la calle principal, y ahí están de nuevo, como todos los días a cada paso que doy, son los intocables, los que viven o malviven  dónde pueden. Veo una hilera de personas que dormitan o piden. Las pocas pertenencias que tienen les sirven de almohada.  Son muchos, tirados en mitad de la calle que es su casa.  Los veo de todas las edades: ancianos, jóvenes. En India, miles de Dalít, nombre con que se conoce en el país a está casta, mueren de hambre cada día. Las condiciones en que viven son inhumanas, muchos se dedican a recoger los excrementos del prójimo con las propias manos, son sobre todo mujeres.

 Ahí la encuentro a ella, una mujer rota y sin memoria, la ha perdido para no recordar. Shusila coqueta se peina, no sabe qué edad tiene. Estira su brazo y  con una sonrisa nos pide algo, lo que sea, comida.  Su cara está llena de heridas, en el alma tiene más. Un monzón acabó con todo, se llevó a sus cinco hijos: «Y el pequeñín, el pequeñín, su muerte… ese se llevó mi memoria«, balbucea bajito. Tiene la piel agrietada, dolorida, seca como su corazón de tanto llorar.  Las imágenes que contemplo son indignas y me viene a la cabeza que en Benarés los animales son más felices que las personas.

Marcho de allí con pena, tanta que duele el alma…hoy, en la distancia, pienso en las mujeres indias, en las intocables, en las invisibles, en las que están pero nadie quiere ver, ni oir, no existen.  Al enviudar pierden sus derechos, sus posesiones, su casa  y hasta su alma. Pasan a ser repudiadas por la sociedad y desde ese momento, quedaran condenadas a vagar por las calles hasta que  se las lleve la muerte.

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