Arquitectura que se hila: Moda y espacios que respiran

Por Marta Montoya

A veces pienso que mi manera de mirar la arquitectura no nació en una escuela, sino en el salón de mi casa, cuando era niña y observaba a mi madre coser ropa para mi hermana y para mí. El sonido repetitivo de la máquina, el olor de las telas recién cortadas, la expectación de ver cómo un trozo de tejido se convertía, casi mágicamente, en una prenda que arroparía nuestro cuerpo: esos momentos fueron mi primer contacto con la idea de crear espacio. No un espacio habitable, sino uno íntimo, táctil, que nos contenía y nos transformaba.

Quizá por eso, cuando pienso en la relación entre arte, moda y arquitectura, no la concibo como una mezcla profesional, sino como una continuidad emocional. La arquitectura siempre ha tenido algo de confección: cortar, ensamblar, tensar; intentar que lo que se construye dialogue con quien lo habita, tal como lo hacía aquella ropa hecha por mi madre, que conocía nuestros cuerpos mejor que cualquier patrón comercial.

Con el tiempo, he conocido a artistas que realizan “performances” donde utilizan telas como extensiones corporales, como pieles adicionales que respiran, ocultan, revelan y conmueven. Recuerdo una acción en particular en la que la intérprete envolvía su cuerpo con capas de telas teñidas a mano, como si cada una representara un recuerdo o una emoción. Aquella imagen —el cuerpo transitando entre densidades, transparencias y texturas— la llevé a mi mundo, donde creo que la arquitectura, a veces tan rígida y normativa, puede aprender de esa flexibilidad poética.

En esa misma línea, se creó para la Bienal de Venecia de 2019, el Blurry Pavilion. Lo conocí a través de fotografías y descripciones técnicas, pero lo que me cautivó no fue su forma, sino su concepto: un espacio textil, reactivo, que se transforma con el movimiento y la luz. Para mí, el valor de ese pabellón no reside en su estética, sino en lo que simboliza: la posibilidad de pensar la arquitectura como algo que se activa con el cuerpo, como una prenda o una segunda piel capaz de responder, vibrar y acompañar.

Al observar esa obra, inevitablemente vuelvo a la imagen de mi madre cosiendo. Ella no diseñaba para lucirse, no pretendía construir una pieza icónica; simplemente creaba algo que nos protegiera, que nos diera confianza, que se adaptara a nosotras. Creo que, en el fondo, esa es la aspiración más honesta de cualquier disciplina creativa: generar un sentido de pertenencia. Los proyectos que realizamos los arquitectos deben ser espacios para sentir, no solo recorrer. Que se lean con la piel tanto como con los ojos.

La moda actual, con su creciente interés por la sostenibilidad, por los tejidos experimentales y por las narrativas corporales, inspira a arquitecturas más sensibles, menos monumentales, más cercanas a lo cotidiano. Propuestas que juegan con la transparencia, que dejan ver lo que normalmente se oculta; aquellas colecciones que utilizan materiales reciclados como un acto de memoria, como si cada fibra guardara una historia previa la vulnerabilidad material, el reconocimiento del desgaste, la celebración del pliegue.

Quizá por eso las “performances” textiles me resultan tan reveladoras. En ellas, el espacio no es un escenario fijo, sino un cuerpo que se mueve con el artista. Un cuerpo que contiene y es contenido simultáneamente. Los edificios que creamos deben ser sólidos y con una estructura que soporte las diferentes cargas por necesidad, pero pueden generar un espacio que cambie según quién lo habita, la arquitectura es una conversación y no un dictado. La arquitectura, cuando es honesta, también debería provocar algo así: permitir que quien la habita se reconozca, se descubra o se transforme.

Me atraen los proyectos que incorporan tejidos, membranas o pieles reactivas. No porque busquen la espectacularidad tecnológica, sino porque recuperan algo profundamente humano: el deseo de tocar y ser tocados. De habitar un espacio que nos responde, aunque sea de manera mínima, silenciosa, casi imperceptible.

Construir, en cualquier disciplina, es un acto de cuidado.

“La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz.” Le Corbusier

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2 comentarios en “Arquitectura que se hila: Moda y espacios que respiran”

  1. Dentro de mi propia decadencia como ser vivo, y con ese malestar espiritual que no acompaña a esta sociedad moderna, salta a la vista la pérdida de significado social de esa sociedad burguesa que me ha ignorado totalmente en estos últimos años. Esto conduce a mi aislamiento entre estas cuatro paredes, este mundo ya no tiene conexión con lo sagrado, con esa decadencia espiritual, uno se vuelve contra sí mismo y pierde esos valores del alma humana.
    Yo me conformo con este reducido espacio, sin participar en esa lucha llena de laberintos y de una burocracia ajena a mí mismo.
    Él Perro.

  2. Me gusta cuando dices:

    «La relación entre arte, moda y arquitectura: una continuidad emocional»
    «Que lo que se construye dialogue con quien lo habita»

    Y si el espacio viene impuesto y no favorezca de primeras ese diálogo, siempre puedes redecorarlo y matizarlo a tu antojo, aunque la «arquitectura», esos «volúmenes bajo la luz» ya estén sellados a fuego, por la inspiración que el ingeniero artista tuvo en su día… Aunque llegado el caso solo quede la fachada… como tantas veces ¿no?

    Gracias

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