Camino de Santiago: aprender a mirar España paso a paso

Por Antonio de Lorenzo

Un viajero hispanoamericano recorre la ruta milenaria para descubrir un país que se revela caminando, entre historia, paisajes, gastronomía y encuentros humanos

Entrar despacio en el Camino

Uno no llega al Camino de Santiago como llega a un aeropuerto. Se entra despacio. A veces sin saber muy bien por qué. Basta con un par de botas, una mochila ligera y la decisión de caminar sin prisa. El Camino no exige nada más, pero lo acaba dando todo.

Empieza antes del primer paso. En una pequeña iglesia de montaña, en una calle empedrada o en una aldea que despierta con olor a pan recién hecho. Desde ese momento, el viajero entiende que este no es un trayecto para “ver cosas”, sino para aprender a mirar.

Una red de caminos que une continentes

El Camino de Santiago no es una sola ruta, sino una red de caminos que durante más de mil años ha unido Europa con el extremo occidental del continente. Por aquí pasaron peregrinos medievales, comerciantes, reyes, monjes y aventureros.

Hoy caminan personas de todas las edades y procedencias. Muchos llegan desde América Latina, atraídos por una lengua común, una historia compartida y la intuición de que aquí se puede comprender España sin intermediarios.

Y no estamos solos: ojos rasgados orientales —coreanos, japoneses, chinos— escudriñan también estos paisajes, atentos a los gestos cotidianos, al silencio de las iglesias, al ritmo lento de los pueblos.

España a escala humana

Caminar por el Camino es recorrer España a escala humana. Los paisajes cambian sin estridencias: montañas verdes, viñedos ordenados, llanuras abiertas, bosques húmedos. Los pueblos aparecen a la distancia como si siempre hubieran estado ahí, esperando. No hay artificio. No hay decorado.

En Roncesvalles, puerta histórica del Camino Francés, el silencio de la montaña impone respeto. Navarra recibe al caminante con huertas y ríos; La Rioja ofrece viñas infinitas y la promesa del vino; Castilla y León abre el horizonte con una sobriedad que enseña a caminar hacia dentro.

Ciudades que se atraviesan, no se visitan

En Burgos, la catedral se eleva como un milagro de piedra. En León, la luz atraviesa las vidrieras góticas y transforma el cansancio en asombro, sin olvidar el rico mensaje románico de sus basílicas. En O Cebreiro, ya en Galicia, la niebla envuelve las casas de piedra y el tiempo parece detenerse.

Son lugares que no se visitan: se atraviesan, y eso cambia la forma de recordarlos.

El ritmo diario del caminante

El Camino no es solo paisaje y monumentos. Es, sobre todo, vida cotidiana. Cada mañana empieza temprano. Un café caliente, una tostada generosa, una conversación breve con quien camina al mismo ritmo. Nadie pregunta demasiado. No hace falta.

Las jornadas se miden en pasos, no en horas. El cuerpo aprende pronto. La mente tarda un poco más, pero acaba siguiendo el mismo ritmo.

Comer también es una forma de entender el país

La comida marca las etapas tanto como los kilómetros. En Navarra y La Rioja aparecen los pimientos, las verduras frescas y los vinos conocidos en todo el mundo. En Castilla, los guisos sencillos, el pan de miga densa, las sopas que reconfortan. En Galicia, el pulpo, las empanadas, los quesos suaves y la célebre Tarta de Santiago.

El pan merece mención aparte. Cambia de forma y sabor según la región, pero siempre acompaña. Como el vino local, servido sin ceremonia, pero con orgullo. Comer en el Camino no es un descanso: es parte del aprendizaje, como en un refertorio monacal por todos compartido.

Dormir, compartir, escucharse

Al caer la tarde llega uno de los momentos más especiales del Camino: el descanso y las confidencias con otros caminantes. Los alojamientos son variados, desde albergues sencillos hasta casas rurales y hoteles con encanto. Lo importante no es la categoría, sino el ambiente.

En una mesa común se cruzan acentos y miradas. Un mexicano habla de su primer viaje a Europa. Un argentino camina por la memoria familiar. Un coreano observa en silencio y toma notas. Nadie se siente extranjero. Todos se despojan de sus miserias y comparten sus remedios para aliviar las rozaduras de sus pies.

Muchas maneras de hacer el mismo viaje

El Camino se adapta a cada viajero. Hay quien lo recorre a pie, etapa a etapa, como se ha hecho siempre. Otros lo hacen en bicicleta. Algunos mantienen la tradición ecuestre. También es posible seguirlo en coche, deteniéndose en pueblos y monumentos.

No existe una única manera correcta de hacerlo. Existe la manera de cada uno.

Llegar a Santiago… y empezar de nuevo

A medida que se avanza hacia Galicia, el verde se intensifica y el Camino parece estrechar los vínculos entre quienes caminan. Cuando finalmente se entra en Santiago de Compostela, la emoción no es ruidosa. Es contenida.

En la plaza del Obradoiro hay abrazos, silencios y sonrisas largas. Cada uno llega con su propia historia.

El Camino como primera puerta de España

Para muchos viajeros hispanoamericanos, el Camino de Santiago es la primera puerta de entrada a España. A partir de ahí descubren otras regiones, otros paisajes, otras oportunidades. Algunos regresan como turistas. Otros, como emprendedores.

Todos conservan la misma certeza desde hace siglos: caminar fue la mejor manera de empezar. Porque el Camino no se mide solo en kilómetros. Se mide en lo que uno aprende mientras avanza.

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