Por Inés López Navarro
Cleopatra VII es, sin duda, una de las figuras más fascinantes de la historia. Su nombre evoca imágenes de belleza, romance y lujo, pero la realidad detrás de la historia es mucho más compleja. Nacida en el 69 a.C., Cleopatra no solo heredó un trono, sino también un reino lleno de desafíos políticos, amenazas externas y tensiones familiares que requerían de inteligencia y mano firme.
Cleopatra subió al trono en el 51 a.C., compartiéndolo al principio con su hermano Ptolomeo XIII, como era costumbre en la dinastía Ptolemaica. Su familia, que mantenía el poder mediante alianzas y matrimonios internos, le enseñó desde joven a moverse en un entorno lleno de intrigas. Egipto, aunque aún poderoso, estaba bajo la mirada atenta de Roma, una potencia que podía decidir el destino del reino con un simple movimiento.
Lo interesante es que Cleopatra no solo sobrevivió a este entorno, sino que lo manejó con gran habilidad. Hablaba al menos seis idiomas y sabía cómo negociar y usar la política a su favor. Sus relaciones con personajes como Julio César y Marco Antonio, muchas veces exageradas como romances pasionales, en realidad fueron movimientos estratégicos para proteger los intereses de Egipto y mantener su independencia.
La historia de Cleopatra ha sido contada principalmente por autores romanos como Plutarco y luego por dramaturgos como Shakespeare. Estos relatos la presentan como una mujer cuya principal arma era la seducción. Sin embargo, esta visión simplista ignora su verdadero talento: fue una líder capaz de gobernar en una sociedad dominada por hombres, implementar reformas económicas y mantener a Egipto como un actor importante en el Mediterráneo.
En otras palabras, Cleopatra no solo conquistaba corazones, sino que también manejaba ejércitos de diplomacia, comercio y política. Su habilidad para proyectar una imagen poderosa y, al mismo tiempo, acercarse a aliados estratégicos, muestra que su inteligencia política era su verdadera fortaleza.
Cleopatra entendía que un reino fuerte necesitaba una economía sólida. Durante su reinado impulsó la agricultura, mejoró sistemas de riego y fortaleció el comercio. Incluso implementó su propia moneda, asegurando el control sobre la economía y facilitando el intercambio con otras naciones.
En cuanto a la política exterior, no se limitó a Roma. Mantuvo relaciones con reinos vecinos, como los nabateos y Judea, asegurando la estabilidad regional y demostrando que su visión iba más allá de su palacio en Alejandría. Cada decisión estaba pensada para proteger a Egipto y mantener su relevancia en un mundo dominado por hombres y poderosos ejércitos extranjeros.

Además de los mitos sobre su belleza, Cleopatra también ha sido objeto de debates sobre su etnia. La dinastía Ptolemaica era de origen griego macedonio, pero algunos estudios sugieren que podría haber tenido ancestros africanos, lo que abre nuevas perspectivas sobre su identidad y el impacto cultural de su figura hoy en día.
Su legado en la cultura popular es enorme: desde obras literarias hasta películas icónicas como la de Elizabeth Taylor en 1963, Cleopatra sigue siendo símbolo de poder, astucia y belleza. Pero estos retratos a menudo priorizan el romance sobre su capacidad de liderazgo, algo que la historia moderna y la investigación académica buscan corregir.
Cleopatra murió en el 30 a.C. tras la derrota en la batalla de Actium, pero su legado sigue vivo. Su historia nos recuerda que el poder no siempre se mide por la fuerza bruta: inteligencia, estrategia y visión son igual de importantes. Como mujer en un mundo patriarcal, su vida desafía los estereotipos y nos invita a reconsiderar cómo juzgamos a las figuras históricas.
Hoy, los historiadores intentan mostrar a Cleopatra como realmente fue: una gobernante capaz, con sentido político, habilidades económicas y una enorme capacidad para adaptarse y sobrevivir en tiempos difíciles. Su historia no es solo la de una seductora o una figura trágica, sino la de una reina que sabía manejar el juego del poder como pocos en la historia.

