¿CÓMO SE MIDE LO QUE NO SE PUEDE MEDIR?

Texto: Julio García Mera

Aquella sonrisa. Al ver cómo alguien saltaba el mundo. Siempre me ha intrigado lo que debió pensar aquel responsable de la exactitud. Fue hace mucho. Pero todos tenemos las imágenes aquí y ahora. Porque revolucionaron el atletismo para siempre.
Aquella sonrisa fue hija del asombro. No se había visto jamás a un ser humano insultar a la lógica de la gravedad de esa manera. Pero aquella sonrisa también tenía algo de nerviosismo, ya que el oficial que debía medir aquel grandioso salto se dio cuenta de que no tenía los medios necesarios para medir aquello.
El salto duró siete segundos de principio a fin. Fue en 1968, en los Juegos Olímpicos de México. Pero ese salto comenzó tras la Segunda Guerra Mundial en una familia pobre de Queens. En ella nació Robert Beamon. La noche anterior al salto rompió su estricta rutina con dos tragos de tequila. Los tres atletas que saltaron antes que Beamon en la final hicieron saltos nulos y se quedó sin referencia a la que aferrarse. Se sintió tranquilo, en paz. Y se lanzó a romper la barrera conocida hasta entonces. El salto fue tan largo que el sistema electrónico de medición no fue capaz de calcular su longitud. 
El oficial se mueve para intentar medirlo y, de repente, sonríe al darse cuenta de que el salto no se puede medir. Se reúnen varios oficiales y concluyen que no tienen una cinta capaz de cuantificar aquella barbaridad. Se tarda 45 minutos en dar con una cinta que usan una y otra vez. Incrédulos, miden y vuelven a medir. Al final dicen que aquello es igual a ocho metros y noventa centímetros. Récord mundial que duró casi veintitrés años.
Hay gestas, deportistas o resultados que no se pueden medir.
No me den cifras, números, estadísticas, ecuaciones o fórmulas, por favor. No me lo estropeen. Quiero ser aquel oficial que sonreía mientras veía volar a un hombre humilde de Queens, que se olvidó de la cinta métrica para poder disfrutar de lo que estaba contemplando.
Y, por favor, dejen las tecnologías a un lado. No graben, no hagan fotos. Siéntense, observen cada detalle y disfruten. Sólo así se les dibujará en la cara esa línea curva que lo endereza todo: la sonrisa. Aquella sonrisa.

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