Cruzar los Pirineos: donde el Camino empieza sin prometer nada

Por Antonio de Lorenzo

Viaje por el Camino de Santiago

Con pan y vino se anda el camino”, dice el refrán. Lo escuché antes de venir. Lo repetí casi como una fórmula sencilla: alimento básico, paso constante y destino claro. Pero hoy, al cruzar los Pirineos desde Saint-Jean-Pied-de-Port hasta Roncesvalles, he descubierto que el Camino de Santiago es mucho más que resistencia física sostenida por pan y vino. Es una manera distinta de estar en el mundo, aunque solo sea por unas horas.

El umbral: Saint-Jean-Pied-de-Port

Amanezco en esta localidad con una mezcla de serenidad y expectación. El pueblo aún duerme bajo la silueta contenida de las montañas. Las casas blancas con entramados rojos parecen sostener el equilibrio entre dos países, entre dos formas de entender la vida. Camino por la Rue de la Citadelle sabiendo que, aunque el trayecto está señalizado, lo que voy a descubrir no lo está.

Cruzo la Puerta de Santiago con una sensación difícil de explicar. No es solemnidad ni euforia; es conciencia. Durante siglos, otros cruzaron aquí con miedo, fe, promesas, duelos, gratitud. Yo no traigo grandes votos ni cargas heroicas. Traigo preguntas discretas y una mochila ajustada al cuerpo.

Antes de subir hacia la montaña, me detengo en lo visible: las murallas y la ciudadela, que recuerdan que esta fue frontera vigilada. La iglesia de Notre-Dame du Bout du Pont, donde el silencio pesa más que la arquitectura, dicen que, tras la imponente catedral de Bayona, es el templo gótico más importante del país Vasco-Francés. La tradición atribuye al rey de Pamplona Sancho el Fuerte su construcción, tras la victoria sobre los moros en las Navas de Tolosa, en 1212. Tiene un valioso portal gótico y en su interior unas bonitas vidrieras, un valioso órgano, y un interesante conjunto de pilares y columnas.

Los albergues son sencillos, donde los peregrinos de distintos idiomas comparten desayuno y nervios. Hay que dormir en uno de esos albergues. Literas, mochilas alineadas, conversaciones en susurro. Algunos han elegido un pequeño hotel cercano, para empezar con descanso pleno. Entiendo que el Camino no juzga; cada uno inicia como necesita. Yo prefiero la sobriedad. Presiento que me ayudará a escuchar mejor.

Desayuno pan crujiente y café fuerte con un poco de leche. Tal vez el refrán tenga razón: con pan se anda, aunque todavía no sé cuánto más hará falta.

La montaña: desprenderse sin darse cuenta

La subida hacia el Alto de Lepoeder no es solo un ascenso geográfico. Es un desprendimiento progresivo. A medida que gano altura, pierdo distracciones, mientras el viento borra las conversaciones superfluas. El paisaje abierto me obliga a reconocer mi pequeñez sin humillación. Sé que la etapa ronda los 24 kilómetros y que la altitud supera los 1.400 metros. Lo sé, pero las cifras pronto pierden importancia. Lo que cuenta es el ritmo interior. Hay momentos en que el cansancio aparece sin dramatismo; simplemente está. Y lo acepto.

El clima puede cambiar en cuestión de minutos. En verano el sol exige agua y prudencia; en invierno la nieve obliga a desvíos más seguros. La montaña enseña una primera lección: el Camino no se domina, se respeta.

Mientras avanzo, comprendo que el refrán se queda corto. No basta con pan y vino. Hace falta paciencia. Hace falta humildad. Hace falta aceptar que no todo se resuelve con voluntad. Y, sin embargo, sigo.

Un cruce invisible

En algún punto dejo Francia y entro en España. No hay estridencia, solo una señal discreta. Me sorprende lo poco que cambia el paisaje y lo mucho que cambia la sensación. Cruzo una frontera física, pero lo que siento es más sutil: estoy entrando en algo que ya no es preparación, sino experiencia.

El descenso hacia Roncesvalles trae alivio a las piernas y una calma inesperada. El cuerpo empieza a hablar con claridad: tengo hambre, tengo sed, necesito descanso. Las necesidades básicas reaparecen con fuerza. Y vuelvo al refrán: pan y vino. Pero ahora sé que no son metáfora de suficiencia, sino punto de partida.

Roncesvalles: acogida y continuidad

Este hito del Camino no impresiona por grandiosidad, sino por permanencia. La Real Colegiata de Santa María se alza con una sobriedad que no necesita artificios. Santa María de Roncesvalles, antiguo hospital de peregrinos y enclave de profundas resonancias épicas es, con toda seguridad, uno de los lugares más emblemáticos del Occidente europeo, en cuyas dilatadas fronteras se consideró siempre el hito más relevante y entrañable de la ruta compostelana. Aquí la historia respira sin exhibirse. La leyenda de Roldán y la derrota de las tropas de Carlomagno forma parte del relato europeo, pero lo que a mí me conmueve es otra cosa: la tradición de acoger al que llega cansado.

Entro en la colegiata y me siento. No pido nada concreto. Solo agradezco haber cruzado la montaña. Comprendo que este lugar ha sido, durante siglos, primer refugio para miles de peregrinos que venían de lejos. Hoy soy, simplemente, uno más.

Descubro también lo práctico, lo imprescindible: albergue de la Colegiata: amplio, organizado, heredero de la hospitalidad medieval. Pequeños alojamientos rurales: opción para quien necesite intimidad tras la dureza de la etapa. Servicios básicos cercanos: comida sencilla, tiendas discretas, silencio.

Dormir deja de ser comodidad y se convierte en necesidad elemental. Una ducha caliente, una cama limpia, el murmullo de otros peregrinos que comparten la misma fatiga. El lujo aquí es funcional.

Más que pan y vino

Al sentarme a cenar, pruebo un caldo caliente y un plato sencillo de cocina navarra. Tal vez haya cordero, tal vez pimientos del piquillo, tal vez queso local. La temporada manda. El Camino depende del tiempo en que se recorra. En otoño la tierra ofrece setas; en verano, platos más ligeros; en primavera, verdura fresca. Comer aquí es aceptar lo que hay, no exigir lo que falta.

Y mientras me recupero, despacio, sin prisas, entiendo que el refrán es verdad, pero incompleto. Con pan y vino se anda el camino, sí. Pero con atención se descubre. Con silencio se comprende. Con cansancio se aprende.

No pienso en Santiago. No me interesa todavía la meta. Hoy me basta esta jornada: salir de un pueblo francés al amanecer, cruzar montañas que no se dejan poseer y llegar a un enclave que ha visto pasar siglos de pasos anónimos.

Si el editor, que aún no conoce el Camino, siente al leer esto una leve inquietud, una pregunta interior —¿y si yo también?—, entonces estamos, efectivamente, en el camino de interesar a miles de peregrinos. Yo, por ahora, solo sé que he empezado. Y que empezar, cuando se hace de verdad, ya lo cambia todo.

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