El mundo de nuestros abuelos (II)

Por Hipólito Pecci (reflejosdelpasado)

El siglo XIX avanza con luces y sombras.

Una etapa convulsa en la que Europa, repleta de conflictos, sufrirá una reorganización.

Tras las Guerras Napoleónicas, el Congreso de Viena (1814-1815) avalará la restauración absolutista en los diferentes países, políticas que no comportarían la pacificación, ya que, entre 1820 y 1850, tendrían que hacer frente a numerosas revoluciones de tinte liberal, y que, en última instancia, darían nacimiento a los Estados Nacionales, convertidos en monarquías constitucionales o repúblicas, además de visualizarse la aparición de otros, como Italia en 1861 o Alemania diez años después.

Si en Europa se estaban sucediendo estos acontecimientos, el resto de los continentes no eran ajenos a ellos.

De esta forma, tras los movimientos de independencia llevados a cabo en el primer cuarto de siglo, en América iba a sobrevenir un período tremendamente agitado, al tener que lidiar las jóvenes repúblicas con políticas caudillistas, derivadas de la misma fragilidad del sistema que se intentaba edificar, dirigiéndose, de forma inevitable al enfrentamiento constante, golpes de estado, guerras civiles, etc.

Peor suerte correrían otros territorios, puesto que los países europeos se embarcaban en una nueva expansión colonial.

Y el ejemplo más evidente sería el Congreso de Berlín (1884-1885), durante el cual, las potencias se repartirían África, sin tener en cuenta los diferentes grupos, pueblos o culturas que allí se encontraban asentados.

Estos procesos de colonización tuvieron una relación directa con los avances que se producirían en la centuria, fundamentalmente en su segunda mitad, dado que la industrialización que se estaba llevando a cabo en los territorios de Europa devoraba ingentes cantidades de materias primas, por lo que se hacía necesario buscar nuevas fuentes vírgenes.

Pero, esta situación era como “la pescadilla que se muerde la cola”, pues al aumentar la producción, se hacían necesarios nuevos lugares donde vender los productos, y, en este sentido, las colonias constituirían los nuevos mercados.

A su vez, se convertía en imprescindible la posesión de medios de transportes y comunicaciones muchos más rápidos, con los que trasladar las manufacturas en el menor tiempo posible, aparte de conseguir un mayor control territorial.

En este contexto, verían la luz artefactos como el telégrafo óptico, sistema de comunicación a distancia por medio de mensajes visuales, muy usado durante la primera parte del siglo XIX, para ser sustituido, tiempo después por el telégrafo eléctrico diseñado por Samuel Morse (1791-1872), y cuyas primeras pruebas se llevaban a cabo en 1838.

Su uso se extendería hasta conseguir conectar los continentes por medio de cables submarinos, facilitando que veinte años después de haberse realizado las primeras experimentaciones, uno de estos conductores enlazara Europa y Estados Unidos.

El momento culminante se produciría alrededor de 1885, cuando Guglielmo Marconi (1874-1937) conseguía proyectar señales a distancia, es decir, la telegrafía sin hilos.

Si estos inventos eran realmente importantes para una faceta vital, como la de las comunicaciones, otro de los pasos decisivos para el ser humano sería aquél que, tras siglos de oscuridad, le permitiría ver la luz, es decir, la creación de ciertos artilugios que posibilitarían el aprovechamiento y control de un fenómeno físico: la electricidad.

Desde el siglo XVIII se había teorizado sobre los fenómenos eléctricos, y encontramos a Benjamin Franklin (1706-1790) realizando el conocido experimento de la cometa, o  Alessandro Volta (1745-1827) inventando la pila eléctrica.

Pero en el colegio siempre nos hablaron de Thomas Alva Edison (1847-1931), el cual, tras hacer funcionar una bombilla durante varios días, patentaba la primera en 1879.

No obstante, deberíamos profundizar un poco más, porque otros científicos ya habían trabajado en este campo, como Humphry Davy (1778-1829) a principios de 1800, Heinrich Daniel Ruhmkorff (1803-1877) o Nikola Tesla (1856-1943), entre otros.

La electricidad iba a pasar a formar parte de la fisonomía de calles, plazas y edificios públicos como alumbrado urbano, hasta introducirse, paulatinamente, en la década de los ochenta y noventa, en las casas particulares, fundamentalmente de familias adineradas, debido a que el coste era muy alto.

La electricidad, en sus primeras fases, arribaría a España en 1852, de forma más bien simbólica, haciendo acto de presencia en la botica del farmacéutico Domenech en Barcelona, y en el Congreso de los Diputados en Madrid, para, posteriormente, comenzar a expandirse por todo el país.

De esta forma, podemos encontrar el primer servicio de iluminación público en Comillas en el año 1881, al igual que en Barcelona se asentaría la Sociedad Española de electricidad en el mismo año.

No tenemos que dejar atrás a uno de los ingenios que acapara toda nuestra atención actualmente, el teléfono.

Su invención no estuvo exenta de polémica, pues, aunque se piensa que ya había sido confeccionado hacia 1857, Antonio Meucci había creado el Teletrófono, la autoría se atribuyó, tradicionalmente, a Alexander Graham Bell, que, diecinueve años después, presentaba la primera patente, creando posteriormente una compañía, Electric Telephone, con el fin de gestionar su uso.

¡Y qué decir de la fotografía o del cine!

Aquellos estudios en los que se buscaba llevar a numerosas personas imágenes de otros lugares y de otros momentos, visiones que podrían ser denominadas como “indirectas”, es decir, aquellas en las que emisor y receptor no necesitan estar físicamente en el mismo tiempo o momento.

Es así como surgiría la reproducción fotográfica, concebida por Nicéphore Niepce (1765-1833), que conseguiría capturar la primera imagen en 1826, utilizando placas metálicas.

A la fotografía se le uniría una de las grandes invenciones del siglo XIX, el cinematógrafo, sistema de reproducción de imágenes conseguido por los hermanos Auguste y Louis Lumière, que fue presentado en sociedad el 28 de diciembre de 1895, cuando se proyectó la primera película de la historia del cine, titulada “La salida de los obreros de la fábrica Lumière”.

Asimismo surgían nuevas formas de locomoción, desconocidas hasta el momento, y que unos años antes eran totalmente impensables de imaginar.

Efectivamente, en el año 1884, se lograba construir un motor de gasolina, hecho que dio un nuevo impulso al transporte, cuando, al año siguiente, Daimler y Benz fabricaran en Alemania el primer automóvil que se pudiera ver en el mundo.

¡Y aún hay más! En 1903, los hermanos Wright eran capaces de abrirse paso entre las nubes con su aeroplano; eso sí, en su primer intento recorrieron ¡tan solo 37 metros!

En fin, seguiríamos enumerando, una a una, las innovaciones que surgieron durante el siglo XIX, especialmente en su segunda mitad.

Pero, no podemos más que sorprendernos de cómo algunos de estos dispositivos y máquinas, que supusieron un gigantesco avance para la Humanidad, hoy se han convertido en una verdadera obsesión; véase por ejemplo, el móvil.

Compartir

Artículos relacionados

NASSAU, LA CAPITAL DE LAS BAHAMAS

De la pantalla a tus manos: Las Kpop Demon Hunters cobran vida con la colección exclusiva de HUNTR/X DE MATTEL CREATIONS 

HBO anuncia la renovación de dos series de la franquicia JUEGO DE TRONOS con nuevas temporadas cada año hasta 2028

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

LO + LEIDO

EVA PEDRAZA: “Sobre todo y ante todo siempre he sido madre”

Zurra, el cóctel manchego más fresquito para el verano

MARÍA LUISA SAN JOSÉ: “HABRÉ SIDO LA CHICA ESTUPENDA DEL CINE, PERO TAMBIÉN FUI LA MONTADORA DE LA PELÍCULA ‘VIRIDIANA’, DE BUÑUEL”

Bruno Squarcia: «Estar en mi restaurante es como trabajar en mi propio escenario»