Por Antonio de Lorenzo
Entre el legado integrador de la Monarquía Hispánica, los fracasos ideológicos del siglo XX y los nuevos imperialismos tecnológicos y geopolíticos, los pueblos hispanos deben afrontan el reto de repensarse como comunidad histórica con voz propia en el siglo XXI.
El mundo hispano no puede comprenderse únicamente como una expansión territorial iniciada a finales del siglo XV. Fue, ante todo, un proyecto de civilización, desarrollado a lo largo de más de tres siglos, que articuló pueblos, culturas y sistemas jurídicos en un marco común sin precedentes históricos.
Frente al universalismo abstracto de la Revolución francesa (1789), que proclamó derechos mientras instauraba el terror y excluía a amplias capas de la población, y frente al pragmatismo colonial británico, basado en la explotación económica y la separación racial y administrativa, la Monarquía Hispánica ensayó un modelo distinto. Tras la fase inicial de conquista —inevitablemente violenta, como toda expansión imperial de la época— se produjo un proceso progresivo de integración social, jurídica y cultural entre europeos, indígenas y, posteriormente, poblaciones africanas.
Ese proceso dio lugar a sociedades mestizas, con tensiones y conflictos, pero también con una clara voluntad de incorporación a un mismo orden político y espiritual. Las tierras americanas no fueron concebidas como colonias en sentido moderno, sino como reinos de ultramar, integrados en la Corona de Castilla primero y en la Monarquía Hispánica después.
Un hito fundamental de esta concepción fueron las Leyes de Indias, cuyo desarrollo se extiende desde las Leyes de Burgos (1512) hasta la Recopilación de 1680. Este amplio cuerpo normativo reconocía la condición humana y jurídica de los pueblos indígenas, regulaba el trabajo, protegía la propiedad comunal y establecía límites —al menos en el plano legal— al poder de encomenderos y autoridades locales. En un contexto histórico marcado por el caos y la distancia, se trató de un esfuerzo jurídico excepcional.
Conviene subrayar el papel desempeñado por amplios sectores del clero católico, especialmente dominicos, franciscanos y jesuitas. Figuras como Antonio de Montesinos o Bartolomé de las Casas denunciaron tempranamente los abusos, impulsaron debates teológicos y jurídicos —como la célebre controversia de Valladolid (1550-1551)— y actuaron como vigilantes morales del propio sistema. Sin su intervención, muchas de aquellas leyes no habrían pasado de ser formulaciones teóricas.
Nada de esto pretende negar errores, violencias ni contradicciones, sino situar el mundo hispano en su verdadera dimensión histórica, lejos tanto de la leyenda negra como de la idealización acrítica.
El hoy de los hispanoamericanos
El orden internacional contemporáneo se presenta como heredero de la Ilustración y del liberalismo político, pero en la práctica está profundamente condicionado por estructuras de poder opacas, ideologías totalitarias supervivientes y nuevas formas de dominación.
Las sociedades secretas, activas desde el siglo XVIII, han influido de manera directa o indirecta en procesos revolucionarios, financieros y geopolíticos. Su propia naturaleza —cerrada y no transparente— plantea interrogantes legítimos en un mundo que proclama la democracia y la rendición de cuentas.
A ello se suma la persistencia de los grandes totalitarismos del siglo XX. El comunismo, en sus variantes soviética y china, ha sido la ideología que mayor número de víctimas ha causado en la historia contemporánea, con cifras que superan ampliamente los cien millones de muertos. Fue derrotado políticamente en España en el siglo XX, pero continúa proyectándose sobre amplias regiones del planeta bajo nuevas formas. El nazismo, derrotado militarmente en 1945, constituye otro fracaso absoluto cuya herencia sigue siendo instrumentalizada en discursos extremistas.
Ambos sistemas, pese a su colapso moral e histórico, perviven en movimientos revolucionarios y regímenes autoritarios, especialmente visibles en América. Cuba representa el ejemplo más prolongado: más de seis décadas de dictadura, empobrecimiento estructural y emigración masiva, cuyas consecuencias afectan a toda la región. Otros países han sufrido o sufren procesos similares, hoy en parte amortiguados, pero no resueltos.
Otro factor decisivo del presente es el Islam, una realidad religiosa y cultural compleja que no puede reducirse a un bloque homogéneo. Su historia revela, sin embargo, una dificultad persistente para articular una unidad política estable, con escuelas doctrinales y proyectos sucesivos que a menudo se neutralizan entre sí. El principal problema no es la fe, sino el fundamentalismo criminal, responsable de violencia sistemática, destrucción del patrimonio histórico e imposición social, especialmente en Oriente Próximo y África.
Dos realidades ante el futuro
Ante este panorama, se abren dos grandes líneas de reflexión.
Por un lado, la posible rearticulación de los pueblos del Mare Nostrum, herederos de una civilización mediterránea que dio forma al derecho, la filosofía y la política occidental. Por otro, la toma de conciencia del mundo hispano como espacio cultural, lingüístico e histórico común, hoy fragmentado políticamente pero profundamente cohesionado en lo esencial.
No se trata de nostalgia ni de reconstrucciones imperiales, sino de visión estratégica. Resulta legítimo plantear un modelo de cooperación intelectual, cultural y política que parta del diálogo entre la Corona de España, como institución histórica y constitucional, y los intelectuales hispanoamericanos, con especial protagonismo de países como la República Dominicana, enclave histórico y cultural entre Europa y América.
Un proyecto de esta naturaleza solo podría sostenerse sobre una base firme de libertades, respeto mutuo y pluralismo, capaz de hacer frente a los nuevos imperialismos: el de las grandes potencias norteamericana, china y rusa, y el del dominio tecnológico y económico del Estado, que amenaza con reducir al individuo a mero engranaje estadístico.
Hacia un posible modelo político hispano
Definir un modelo político propio para el mundo hispano no implica uniformidad ni ruptura con el orden internacional. Implica recuperar principios históricos: la centralidad de la persona, la primacía de la cultura sobre la ideología, la comunidad frente al individualismo extremo y la libertad frente al colectivismo.
Tal vez haya llegado el momento de que los pueblos hispanos, conscientes de su pasado común y de sus errores, vuelvan a pensarse a sí mismos, no como periferia subordinada de otros imperios, sino como una civilización con voz propia en el siglo XXI.

