El primer sueldo a los cero meses: La generación que nació con un contrato de publicidad

Por Clara Paz Otero/ Foto Instagram

En los álbumes de fotos de nuestros padres, las imágenes de nuestra infancia pueden salir algo borrosas, o decir muy poco de nosotros, pero están guardadas en un cajón. Son privadas, por lo tanto, sagradas. En los últimos años, la idea de intimidad familiar ha pasado de ser un derecho a convertirse en una moneda de cambio. Actualmente, para muchos niños, el primer trabajo no empieza cuando terminan la universidad, sino cuando se ve la primera ecografía en las publicaciones de Instagram de sus padres.

Estamos presenciando el surgimiento del «Bebé-Anuncio«, un fenómeno en el que influencers internacionales como The Ace Family y figuras españolas como Verdeliss, la primera persona en España que mostró todo su proceso desde los partos hasta la vida cotidiana con sus ocho hijos, han abierto un camino donde la maternidad se gestiona de manera parecida al lanzamiento de una marca global. Ya no es solamente un tema de seguridad, es que hemos creado una generación que se ha currado el sueldo de sus padres a base de likes antes de saber ni gatear.

Siendo sinceros, el algoritmo, la mayor parte del tiempo, se alimenta de cosas que dan ternura. Una creadora de contenido de moda sabe que su publicación con un bolso de lujo tendrá repercusión, pero una con su hijo la triplicará. Básicamente, la infancia se ha convertido en la materia prima más barata y rentable.

El problema empieza cuando al niño no solo le sacan en fotos, si no que graban hasta los baños de espuma, los berrinches y todo se convierte en un set de rodaje. ¿En qué momento la vulnerabilidad de un menor ha pasado a ser el medio para mantener un patrocinio?

Cada vez está más claro que a muchos les está costando distinguir entre compartir y explotar. Hay padres que han optado por exponer todo. Para ellos, el niño no es simplemente una parte de su vida; es la esencia principal. Si el niño no sale, las cifras disminuyen y las marcas dejan de comunicarse.

Por otro lado, ha aparecido la tendencia de la «privacidad estética». Influencers como Violeta Mangriñán o Laura Escanes han atravesado diferentes fases, eligiendo en algunos momentos pixelar las caras de sus hijos o enseñarlos únicamente de espaldas. A pesar de que es un paso hacia la protección (y hay una gran diferencia entre los que enseñan a sus hijos y los que no), el debate continúa, ya que entra la duda de: ¿estás protegiendo la intimidad de verdad si sigues vendiendo su ropa, su habitación y su rutina, aunque no le veamos los ojos? La pixelación facial parece, en ocasiones, podría ser lo que se denomina un parche ético para una empresa que necesita sin duda alguna, la presencia del menor para ser rentable.

Un ejemplo son los actores infantiles de Hollywood, a los que les protegen leyes estrictas y horarios limitados, mientras que los hijos de las influencers viven en un «Show de Truman». Su oficina es su cuarto y su jefe es la persona en quien más deberían confiar.

Lo irreversible que es esto, es lo que más inquieta. Estamos observando cómo los primeros bebés de internet alcanzan la adolescencia y se dan cuenta de que millones de personas que no conocen, saben de sus momentos más privados. Les hemos privado del derecho de mostrarse al mundo por primera vez, porque ya han sido juzgados.

Pero la culpa no es solo de quien publica. Cada vez que vemos un vídeo de un niño que no conocemos o comentamos en una colaboración pagada, estamos financiando el sistema. Entonces, ¿pasamos a ser consumidores o cómplices?

Llegados a este punto, no hace falta darle muchas vueltas para verlo: ¿Cómo va a dar su permiso un bebé que no tiene ni seis meses? En este escenario, el premio no se lo lleva el niño, sino las plataformas que hacen caja con el morbo creado a costa de una intimidad que se pierde para siempre. Al final, hay que plantearse si los likes hacen que esto merezca la pena, es momento de saber si queremos seguir alimentando un show que le quita a los niños lo más valioso: la libertad de crecer sin ser el contenido de nadie.

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