Estella–Los Arcos: un trago largo de vino, muchas lenguas, el mismo cansancio

Por Antonio de Lorenzo

Salí de Estella cuando la ciudad todavía despertaba despacio. El río Ega corría bajo el Puente de la Cárcel y las piedras doradas del casco antiguo empezaban a templarse con la primera luz del día. Antes de marchar, me detuve unos minutos en el claustro de San Pedro de la Rúa. El románico tiene esa forma de imponer silencio sin pedirlo.

Estella no es solo punto de partida, es memoria del Camino. El Palacio de los Reyes de Navarra, firme desde el siglo XII, recuerda que esta ruta fue también historia de reyes, comercio y peregrinos anónimos. Desde la Basílica del Puy, la ciudad se contempla como un conjunto armónico que uno abandona sabiendo que regresará distinto.

Pero la etapa llama

El sendero se abre pronto entre viñedos bien alineados con paciencia antigua. El aire navarro tiene algo limpio, directo. Camino ligero, todavía fresco a esa hora, sabiendo que a pocos kilómetros me espera uno de esos lugares que ya forman parte del imaginario peregrino. Y aun así, cuando aparece, sorprende siempre.

La fuente que no mana agua

Empotrada en la piedra, bajo el rótulo de Bodegas Irache (1891), con su escudo y dos grifos metálicos, está la famosa fuente. Un pequeño grupo se arremolina delante. Mochilas en el suelo. Bastones apoyados. Expectación contenida. Un giro de muñeca. Y del grifo brota vino.
Rojo, joven, luminoso bajo el sol de la mañana. Alguien lee la inscripción grabada junto a la fuente y, casi sin acordarlo, levantamos todos los presentes los vasos improvisados.

Brindamos sin conocernos

La Fuente del Vino, junto al antiguo Monasterio de Irache, mantiene viva una tradición de hospitalidad que viene de siglos. No es para llenar botellas. Es para detenerse un instante. Para celebrar que estamos ahí, que el Camino ya ha comenzado a dejarnos huella. El vino anima, pero la etapa continúa.

Tras Irache el terreno ondula con más decisión. La subida hacia Azqueta despierta las piernas y el sol empieza a hacerse notar. El paisaje se abre en campos amplios, viñas ordenadas, horizontes despejados.

En Villamayor de Monjardín, dominado por las ruinas del castillo de San Esteban, el pasado vuelve a asomarse. El románico rural de su iglesia parece humilde, pero guarda siglos de pasos anónimos. El viento sopla limpio. El Camino se estira.

Los algo más de 21 kilómetros hasta Los Arcos no son dramáticos, pero sí constantes. Subidas y bajadas que desgastan sin ruido. Es una etapa de resistencia serena, donde el verdadero reto suele ser el calor y la falta de sombra.

Llegar

Cuando la silueta de Santa María de Los Arcos aparece en el horizonte, el cuerpo ya sabe que ha cumplido. La torre barroca se alza como señal inequívoca de descanso.

El ritual se repite. Tomar posesión de una cama en el albergue como quien conquista un pequeño territorio. Ducha lenta. Ropa limpia. Calzado ligero para que los pies respiren, con algún apósito medicinal recordando la jornada. Después, una merienda-cena temprana. En Navarra el hambre se respeta: menestra, pochas, bacalao al ajoarriero, cordero al chilindrón. Platos sencillos que saben mejor cuando el esfuerzo los precede.

Con paso ya más pausado, salgo a recorrer el pueblo. La plaza, las fachadas, la iglesia que domina la vida local. El cansancio cambia de forma: deja de ser peso y se convierte en calma y muchas veces en conversación prolongada..

Final de etapa

Hoy el Camino hablaba en muchos idiomas. Francés, alemán, flamenco, coreano, japonés… y también de silencios. Durante la jornada apenas intercambiamos palabras. Un “Bonjour”, un “Hello”, una sonrisa. A veces ni eso. Algunos prefieren caminar sin conversación, concentrados en su propio ritmo. Yo también lo entiendo: hay días en que el paso necesita silencio. Pero en el sendero basta una mirada cuando la cuesta se empina. Un gesto ofreciendo agua. Un pulgar en alto al coronar una subida. El lenguaje entonces se vuelve esencial.

En el albergue la escena se repite: mochilas con banderas cosidas, mapas abiertos, traductores en el móvil que apenas hacen falta. Una inclinación de cabeza. Una risa compartida sin comprender del todo la frase. Porque abundan los viajeros solitarios. Nos conocemos todos de vista y muchos prefieren caminar en solitario, pero no se sienten solos.

El Camino no nos une por lo que decimos. Nos une por lo que compartimos y compartimos muchas cosas cada fin de etapa. Mañana volveremos a dispersarnos por la senda, cada uno en su lengua. Pero hoy, bajo el mismo cansancio, hemos caminado juntos.

Y entonces recuerdo a Paco, gaditano de la Isla de León, que lo ha recorrido diez veces y que me dijo esta tarde en el albergue, todavía apoyado en su bastón: —El Camino no se termina nunca. Se te queda dentro… y siempre te llama otra vez. Muchos peregrinos podrían firmar esas palabras. Paco tiene nombre y tierra, pero su certeza es universal. Un veterano que ayuda a todo el que lo necesita en el Camino.

Sonrío en la oscuridad del albergue. Porque hay caminos que se hacen con los pies. Hoy nos hemos cruzado con distintos grupos de peregrinos que viajaban en bicicleta, sin mochila pesada, pero con el mismo ánimo que los caminantes; seguramente por no disponen de tanto tiempo que nosotros, los que sorteamos senderos y atajos, Y otros que se quedan en el camino, con los pies doloridos y con lágrimas en los ojos ante la imposibilidad de soportar el tormento de unos pies doloridos.

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