Redacción
En el vasto universo de nuestro organismo, existen células que han olvidado cómo morir. Ni vivas ni muertas, las células senescentes se acumulan como «zombis» metabólicos, emitiendo señales que degradan el tejido a su alrededor.
El Dilema del Zombi Celular
La senescencia celular es un mecanismo de defensa evolutivo. Cuando una célula detecta daños irreparables en su ADN, entra en un estado de arresto permanente: deja de dividirse para evitar convertirse en cáncer. Sin embargo, lo que inicialmente nos protege de los tumores, termina convirtiéndose en el motor del envejecimiento.
Estas células no desaparecen. En su lugar, desarrollan el llamado SASP (Fenotipo Secretor Asociado a la Senescencia), un cóctel de citoquinas inflamatorias que «contagia» el envejecimiento a las células vecinas sanas, causando inflamación crónica de bajo grado o inflammaging.
Senolíticos: El borrador biológico
Investigaciones recientes han identificado compuestos llamados fármacos senolíticos. A diferencia de las terapias tradicionales, estos no intentan reparar las células, sino inducir el suicidio (apoptosis) específicamente en las células senescentes, dejando intactas a las células sanas. En ratones, estos fármacos han logrado restaurar la densidad ósea, la función renal y la fuerza muscular.
¿Cura o Mantenimiento?
Aquí surge la gran pregunta: ¿Estamos buscando la inmortalidad o simplemente un «envejecimiento saludable»? La comunidad científica se inclina hacia el concepto de Healthspan (tiempo de vida con salud) en lugar de simplemente Lifespan (duración de la vida).
Eliminar células senescentes podría no hacernos vivir 200 años, pero sí podría garantizar que a los 90 años el cuerpo mantenga la vitalidad de un individuo de 50. La «cura» para el envejecimiento parece ser, por ahora, una limpieza profunda de los residuos biológicos que acumulamos década tras década.

