La croqueta del Emperador

Por Guillermo Espejo.

No es habitual que este diario interrumpa su pulso cotidiano para dar cuenta de un suceso que bordea lo milagroso, pero los hechos, tozudos y brillantes como el sol de invierno, nos obligan a ello. En el trasdós de una alacena olvidada del Monasterio de Yuste, un equipo de paleógrafos ha dado con lo que ya se denomina el «Manuscrito de las Delicias«: un recetario secreto de Carlos V donde se describe la invención de la croqueta perfecta, dos siglos antes de que los franceses intentaran reclamar su autoría.

El documento, encuadernado en piel de cordero y con anotaciones al margen que parecen de puño y letra del mismísimo Emperador, describe una técnica de «fritura aérea» que permitía obtener una cremosidad que, en palabras del cronista, «hacía que el alma ascendiera al tercer cielo mientras el cuerpo permanecía anclado a la mesa«.

Es un hallazgo que no solo sacude los cimientos de la alta cocina internacional, sino que supone un acto de justicia histórica. Frente a la bechamel de Luis XIV, España opone ahora la «crema regia» de Yuste. Se dice que el aroma de estas viandas era tan magnético que el Emperador decidió retirarse al monasterio no por cansancio del poder, sino por la exclusividad de su cocina. Incluso se rumorea que el primer cargamento de oro llegado de las Indias no fue destinado a las arcas del Estado, sino a fundir la primera sartén con propiedades antiadherentes de la historia.

Sin embargo, tras el análisis de las últimas páginas del códice, los expertos han encontrado una advertencia final escrita en latín que reza: «Quien crea que la perfección se alcanza con harina y leche, olvida que el ingrediente secreto es siempre la mirada del que espera«.

Queridos lectores

Llegados a este punto, debo pedirles que suelten el tenedor y guarden el asombro en el cajón de las quimeras. Ni Carlos V inventó la croqueta entre rezos y legajos, ni existe tal manuscrito en las profundidades de Yuste. Pero si por un instante han sentido el orgullo patrio de la gastronomía o el hambre voraz de lo extraordinario, habremos logrado nuestro propósito.

En este Día de los Inocentes de 2025, en un mundo saturado de verdades amargas y datos gélidos, reivindicamos el derecho a la fabulación y al brillo en los ojos. La inocencia no es ignorancia, sino la capacidad de seguir dejándonos seducir por un buen relato, aunque este termine en una sonrisa compartida. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es la vida sino una sucesión de crónicas que esperamos que sean ciertas?

Sigan disfrutando del domingo y de la maravillosa duda de no saber dónde termina la noticia y dónde empieza la poesía.

¡Feliz Día de los Inocentes!

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