Más allá de la pantalla: redescubrir el tiempo en familia

Redacción

Es curioso cómo han cambiado las cosas en tan poco tiempo. Antes, salir con la familia significaba hablar, jugar, reír o simplemente compartir un rato juntos. Ahora, muchas veces, ese mismo plan acaba siendo cada uno con su móvil en la mano, pendientes de lo que pasa en una pantalla en lugar de lo que ocurre en la mesa. Seguro que a todos nos ha pasado. Vas a una cafetería con tus padres, con los abuelos o incluso con amigos, y de repente te das cuenta de que casi nadie se mira a los ojos. Los móviles, las notificaciones y las redes sociales parecen estar siempre presentes, como si fueran invitados invisibles a la mesa. Y, sin darnos cuenta, estamos perdiendo momentos únicos que no van a repetirse.

Porque compartir tiempo en familia no es solo estar físicamente en el mismo sitio. Es mucho más: es escuchar de verdad, prestar atención a lo que el otro cuenta, reírse juntos o simplemente disfrutar de un silencio cómodo. Los niños lo notan más que nadie. Cuando su padre o su madre deja el móvil a un lado y se centra en ellos, sienten que importan, que son escuchados. Lo mismo ocurre con los abuelos, que valoran que sus nietos quieran conocer sus historias o pasar tiempo con ellos sin prisas.

Y no hace falta organizar grandes planes. Muchas veces, lo más sencillo es lo que se queda grabado para siempre. Tomar un chocolate caliente una tarde de invierno, jugar una partida de cartas en la mesa del comedor o dar un paseo comentando cómo ha ido el día. Cosas tan simples como esas se convierten en recuerdos valiosos, porque lo importante no es el plan en sí, sino la compañía y la atención que ponemos en ese momento.

Las pantallas, claro, son parte de nuestra vida. No se trata de demonizarlas ni de prohibirlas, porque también nos conectan con otras personas y nos entretienen. El problema llega cuando ocupan el lugar de quienes tenemos al lado. Muchas veces creemos que estamos “descansando” al mirar el móvil, pero lo que de verdad nos llena es compartir tiempo real con la gente que queremos. Piénsalo: ¿Cuántas veces has estado a punto de contar algo importante y la otra persona estaba distraída con su teléfono? ¿O al revés, estabas tan metido en una conversación de WhatsApp que no escuchaste bien lo que tu hijo, tu pareja o tu amigo te decía? Son instantes que se pierden y que, a la larga, dejan la sensación de no haber estado realmente presentes.

Además, la infancia pasa muy rápido. Los niños de hoy, dentro de unos años, no se acordarán de qué vídeo vieron en YouTube, pero sí recordarán la tarde que pasaron con sus padres jugando, la historia que les contaron sus abuelos o la risa compartida en una merienda. Eso es lo que queda, lo que construye los lazos familiares y lo que más valoran cuando crecen.

Romper con la costumbre de estar pegados a una pantalla no siempre es fácil, pero tampoco imposible. Pequeños gestos ayudan mucho: dejar el móvil en el bolso o en el bolsillo durante la comida, marcar una hora del día “sin pantallas”, proponer juegos de mesa en lugar de televisión o salir a caminar sin auriculares. Lo importante no es la actividad en sí, sino dar a entender a los demás: “estoy aquí, contigo, y este momento es solo nuestro”. Incluso los abuelos, que muchas veces no entienden tanto de tecnología, agradecen más que nadie esos instantes de atención. Para ellos, que sus nietos les escuchen, les hagan preguntas o simplemente quieran pasar la tarde juntos significa mucho. Y esos momentos también se convierten en un regalo para los más pequeños, porque aprenden valores, historias y experiencias que ninguna pantalla puede ofrecerles.

Esa costumbre de conversar. Puede parecer un detalle pequeño, pero apagar las notificaciones durante una hora o dejar el móvil boca abajo en la mesa puede marcar la diferencia. Porque así en lugar de competir con una pantalla, le estamos dando a nuestra familia lo más valioso que tenemos: nuestra atención. 

Al final, lo que recordamos de verdad no son los mensajes que recibimos ni las publicaciones que vimos en redes sociales. Lo que nos queda son las charlas improvisadas, las risas compartidas, los abrazos y los ratos de complicidad. Y eso solo se consigue si nos regalamos tiempo de calidad sin distracciones. Por eso, quizá la próxima vez que salgas con tu familia o con tus amigos, prueba a hacer algo distinto: deja el móvil guardado y escucha. Puede que al principio cueste un poco, pero pronto notarás la diferencia. Porque esos instantes son los que se convierten en recuerdos que nos acompañan siempre, mucho más allá de cualquier pantalla.

Las pantallas seguirán ahí siempre, pero los momentos con quienes queremos no se repiten. Y quizá sea hora de darnos cuenta de algo importante: lo que de verdad vale la pena no cabe en un móvil. Se vive, se siente y se guarda en la memoria de quienes lo comparten.

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