Por Inés López Navarro
Para mucha gente, el turismo significa vacaciones, relax y descubrimiento de nuevos lugares. Para otros, es algo con lo que vivir diariamente. Imagina despertar un día y darte cuenta de que la cafetería donde desayunabas cada día es ahora una tienda de souvenirs, que tu alquiler ha aumentado, y que las calles están llenas de gente desconocida. Esta es la cara del turismo de la que menos se habla, pero que cada vez más y más zonas están viviendo.
Sin duda el turismo ha transformado totalmente la economía de las localidades. En muchos sitios, ha creado trabajos y oportunidades que antes no existían; los restaurantes se llenan, no hay habitaciones libres en los hoteles, y los espacios públicos se renuevan para ser más atractivos. Para muchas familias, el turismo no es un lujo, sino su mayor fuente de ingresos. Sin turistas, muchos sitios tendrían dificultades económicas.
Pero, el éxito económico no siempre conlleva bienestar social. A medida que el turismo crece, también pueden hacerlo los problemas. Muchos residentes se dan cuenta de que los beneficios no se reparten de manera justa; mientras que las grandes empresas se benefician, los trabajadores locales se enfrentan a trabajos inestables y empleos temporales. Además, el costo de vida aumenta, el precio de los alquileres sube y el pequeño comercio desaparece.
Una de las principales cuestiones es cómo las comunidades se sienten en sus localidades. Los barrios que antes estaban diseñados para la vida cotidiana, ahora se adaptan a las necesidades del turismo. Los menús cambian de idioma y las tradiciones se convierten en espectáculos, todo se transforma en algo que se vende.
El turismo también afecta en cómo se relaciona la gente entre sí. Las calles llenas, el ruido a todas horas y el agobio del transporte público, convierten la vida diaria en una prueba de paciencia. Los turistas ven un destino como un entretenimiento temporal, pero los residentes lo viven como su hogar, su día a día. Esta diferencia de perspectiva puede crear tensión o incluso rechazo al turismo de masas.
El impacto medioambiental es otra consecuencia que suele pasar desapercibida. Los destinos más populares generan una gran cantidad de residuos, de consumo de agua y de daño en los ecosistemas naturales. Playas, montañas y centros históricos sufren un uso excesivo, y poco a poco van perdiendo el encanto que les hace atractivos. Irónicamente, el turismo destroza lo que la gente viene a ver.
Un aspecto del que no se habla normalmente, es cómo los jóvenes que viven en sitios turísticos se ven afectados por esta situación. En los destinos donde el turismo domina la economía, mucha gente joven se ve obligada a enfocar su vida laboral a empleos en este sector, incluso cuando son trabajos inestables, con jornadas laborales largas y que no se ajustan a sus aspiraciones. Esto puede acabar desanimando a los jóvenes residentes, y hacer que abandonen sus lugares de origen para poder optar a trabajos en otros sectores.
En los tiempos que corren, es inevitable hablar del impacto que las redes sociales tienen en el turismo. En cualquier momento, un sitio desconocido se vuelve totalmente viral por una simple publicación de alguien con muchos seguidores. Lo que antes era una playa silenciosa, una cafetería tranquila o un mirador escondido, pasa a ser un sitio lleno de gente. Esto hace que los turistas no viajen para descubrir nuevos lugares sino para recrear la foto tan viral que han visto en internet.
Entonces, ¿el turismo es el problema? No necesariamente. El gran problema es cómo se gestiona. El turismo no tiene por qué echar a la gente de sus casas ni destruir las localidades. Cuando las decisiones se toman de forma correcta, se establecen límites y la calidad tiene más importancia que la cantidad, el turismo puede ser algo positivo.
Siendo viajeros, tenemos una gran responsabilidad. Si elegimos negocios locales, respetamos las reglas y viajamos con precaución, podemos marcar una gran diferencia y hacer que el turismo aporte positivamente a las localidades. Conocer nuevos lugares no debe ser visto como “una invasión” sino como un intercambio en el que el visitante disfruta de nuevas experiencias, y los locales no tienen que verse afectados en su día a día.

