Mi método educativo se llama «Gritar al Viento» y a veces funciona

Por Alex Pal

La Madre Teórica vs. La Madre Real

Recuerdo a la mujer que yo era antes de tener hijos. Era una experta en crianza. Había leído todos los libros sobre disciplina positiva, tenía subrayados los capítulos sobre «validación emocional» y podía citar de memoria a los gurús de la «crianza respetuosa.» Mi mantra era: jamás levantaré la voz, mantendré la calma y usaré un tono firme pero amoroso.

Después, cuando mi hijo cumplió 3 años, llegó el día en que le dije que no podía comer un puñado de arena mojada.

La madre teórica (la de antes) habría dicho: «Veo que estás frustrado porque quieres explorar la textura de la arena, pero la arena es para jugar, no para comer, porque puede hacerte daño«.

La madre real (la de ahora), con el cerebro funcionando al 3% de su capacidad después de dos noches de terrores nocturnos, gritó: «¡NO COMAS ESO, POR EL AMOR DE DIOS!«

El silencio que siguió fue atronador, seguido por un llanto dramático que sugería que acababa de serle negado un trasplante de órgano vital. Y en ese momento, sentí que la policía de la crianza respetuosa venía a buscarme.

Las frases de batalla épicas

Hemos construido un mito de que la madre perfecta es una estatua de Buda inalterable. Pero la paciencia, al igual que el café, es un recurso finito que se agota mucho antes del mediodía.

Cuando la paciencia se esfuma, el cerebro de la madre entra en «Modo Altavoz» y recurre a frases de batalla que ninguna gurú de la crianza aprobaría, pero que son increíblemente efectivas para liberar la presión interna:

«¡Te estoy hablando como una persona, no como un altavoz!» (La frase que denota que has estado repitiendo la misma instrucción durante 15 minutos).

«Si no recoges este juguete ahora mismo, voy a tirarlo a la basura. ¡Y no es broma!» (La amenaza totalmente vacía, pero que funciona para que al menos muevan un pie).

«¡Esta es mi última advertencia!» (La mentira más grande de la maternidad, porque sabes que habrá al menos cinco «últimas advertencias» más).

«¡Necesito CINCO minutos de silencio!» (El ruego desesperado que suena más a orden militar).

Mi método educativo, lo confieso, es el «Gritar al Viento«. No es elegante. No está en los libros. Pero es la única forma que a veces tengo de drenar la frustración y de que mi mensaje (finalmente) sea más alto que el motor de una excavadora que vive en la cabeza de mi hijo.

El gran desarme: La imperfección enseña límites

Aquí está la verdad incómoda: a veces, perder la compostura, aunque sea solo un instante, es el único modo en que el niño de tres años se da cuenta de que la situación es seria. Es la forma en que le mostramos, de manera imperfecta, que los límites son límites y que las emociones tienen un tope.

Lo que realmente define la buena crianza no es si gritamos, sino lo que hacemos después:

Reconocerlo: Darte cuenta de que has perdido los papeles y que no te ha gustado cómo ha sonado.

Reparar: Pedir disculpas. Este es el paso crucial. «Lo siento mucho, cariño. Mamá estaba muy frustrada y no debería haber gritado. Estaba enfadada por el desorden, no contigo«.

Pedir disculpas es el acto de disciplina positiva más poderoso que existe, porque enseña a nuestros hijos a ser humanos. Les enseña a reconocer sus errores, a pedir perdón y a saber que el amor no se rompe por un momento de enfado.

Así que, la próxima vez que te encuentres gritando al viento, no sientas que han de retirarte la custodia. Simplemente, has llegado al final de tu cuerda de paciencia. Respira. Pide disculpas. Y recuerda que la verdadera crianza es un acto de amor desordenado, lleno de altibajos y, sí, a veces, de gritos.

Y si funciona para que dejen de comer arena, ¡es un éxito!

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