Por: Clara Paz Otero
La 98.ª edición de los Premios de la Academia, celebrada el 15 de marzo en el Dolby Theatre de Los Ángeles, ha confirmado que el audiovisual español ya no viaja a Hollywood como un invitado puntual, sino como un competidor de peso. En una ceremonia donde la industria buscaba redefinir su identidad frente a los nuevos lenguajes digitales, la representación española, con «Sirat» a la cabeza, ha demostrado que el cine de autor con sello nacional tiene un hueco privilegiado en la conversación global.
El fenómeno de «Sirat»: El triunfo del riesgo
Aunque la estatuilla a Mejor Película Internacional terminó en manos de la noruega Sentimental Value, la trayectoria de «Sirat», dirigida por Óliver Laxe, es el gran éxito moral de este año. Llegar a la alfombra roja con dos nominaciones (incluyendo Mejor Sonido) para una propuesta tan radical —un viaje sensorial que mezcla la cultura rave con el desierto marroquí— es un hito que dice mucho de la salud de nuestro cine.
«Sirat» ha logrado algo que pocas películas consiguen: poner de acuerdo a la crítica de Cannes y a los académicos de Hollywood. La presencia de Sergi López y el equipo de sonido liderado por mujeres (un récord histórico para nuestro país) en la gala, subraya que el talento español está logrando exportar historias que son, a la vez, locales y universales. España ha dejado de ser «el país de las comedias» para ser el país de las experiencias cinematográficas inmersivas.
Una gala entre la tradición y el cambio
La ceremonia, presentada por Conan O’Brien, reflejó el momento de transición que vive el cine. Por un lado, el triunfo de «Una batalla tras otra» como Mejor Película devolvió el protagonismo a los grandes dramas de estudio. Por otro, hitos como el Oscar a la mejor canción para el grupo de K-Pop de la cinta KPop Demon Hunters demostraron que la Academia está desesperada por conectar con las audiencias más jóvenes.
El ambiente general fue de celebración, con homenajes emotivos a figuras como Robert Redford y reencuentros nostálgicos. Sin embargo, no se pudo ignorar la tensión que rodea a la industria: el impacto de la Inteligencia Artificial y la lucha por mantener la relevancia de las artes clásicas frente al contenido de consumo rápido.
El punto discordante: El desplante de Timothée Chalamet
Como en toda gala de este calibre, no faltaron los momentos fuera de guion. La nota discordante de la noche la puso Timothée Chalamet, quien a pesar de llegar como uno de los favoritos por su papel en Marty Supreme, se fue de vacío frente a un imbatible Michael B. Jordan.
Más allá de los premios, la polémica rodeó al actor debido a sus recientes declaraciones sobre el ballet y la ópera, calificándolos de artes que «ya no importan». La propia ceremonia lanzó varios dardos al actor durante los monólogos, y el ambiente en el patio de butacas se volvió notablemente tenso durante sus intervenciones. Lo que para algunos es una actitud provocadora propia de las nuevas estrellas, para gran parte de la industria se leyó como una falta de respeto al legado artístico que los propios Oscars intentan proteger.
Balance para el cine español
A pesar de que las estatuillas fueron esquivas en esta ocasión para los nuestros, el balance es positivo. España sale de estos Oscars con una marca reforzada. El éxito de «Sirat» y la visibilidad de nuestros técnicos y actores en las grandes producciones internacionales confirman que el camino trazado en certámenes como el Festival de Málaga está dando sus frutos.
Hollywood ya sabe que en España se hace cine que arriesga, que suena bien y que, sobre todo, importa. La cuenta atrás para los Oscars 2027 ya ha empezado, y el listón está más alto que nunca.

