LA CURVA DEL MACHU PICCHU

Carlos Rojas

Te lo sabías de memoria, lo viste en todos los documentales que te tragaste unos meses antes, cuando compraste el billete. Lo supiste por las fotos de las guías de viaje, esas que acaban como trofeos en el estante para las visitas que llegan a casa y pregunten y tú respondas petulante «no te lo deberías perder», como si todo el mundo pudiese gastarse una pasta en atravesar medio mundo, pillarse un avión doméstico, atravesar los Andes y de nuevo, tomar un tren que cuesta un riñón, y hacer noche en la ciudad de los mosquitos, esto es Aguas Calientes, la Suiza del Perú, y no por los lujos si no por los precios.

Pero eso lo sabías. Te sabes toda la historia de Hiram Bingham y su expedición. Te sabes hasta palabras en quechua, después de beberte Inca Kolas y Cusqueñas en los alrededores de la Plaza de Armas, bajo la imponente fortaleza de Sacsayhuamán. Te sabes lo del Halcón, lo de la serpiente y lo del Puma. Lo del INTI y todo lo demás.

Te comes una fila de gente a las 5 de la mañana, gente que parecía civilizada, hablando en alemán o sueco ,que venían del primer mundo a pillar el primer autobús que les suba hasta la cima. Hace frío, pero el café que te has tomado empieza a hacer efecto en tu estómago y te olvidas que estás con la piel en sarna, casi como un vampiro de la noche.

Como puedes, y a europeos empujones ,te metes en el somnoliento microbús. Tanto rollo para ver lo que Jiménez del Oso me mostró hace la tira de años.

El bus sube una colina, sube dos y traza siluetas que te inquietan y te hacen preguntar si no seremos otros turistas carne de cañón. Te bajas en los últimos árboles de la cima. Te meten en una cabaña y te piden la entrada que costó el otro riñón, y te dicen si quieres un sello en el pasaporte, como el que hace el Camino de Santiago pero a lo Inca. Está amaneciendo. Hay niebla y no se ve nada. El guía, te dice con sorna que te sientes ahí y mires enfrente, a ese amanecer oscuro y lechoso donde nada se ve y el rocío te cala los huesos. De repente el sol aparece a la izquierda y ordena que la niebla se disipe. Y aparece, y lo ves y estás ahí. Y no es como lo viste, te dijeron o supusiste. Casas, riscos y rocas en una armonía que te desarma y cautiva. Y no lo entiendes. Y el pico Huayna Picchu detrás, con su templo de la Luna, desafiándote a que lo eclipses con tu huella cansada e incrédula si subes sus mil peldaños.

Son las seis de la mañana. En Madrid debe ser la hora de la siesta. En Londres el London Eye debe estar cansado de dar vueltas y en París..se parisea. Pero aquí, tras la niebla ,aparece un milagro que se disipa. Y tú lleno de incógnitas maravillosas e inolvidables. En esa curva están todas las maravillas del mundo y hay que verlo.

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