Por Eva Marí Marí
Hoy, lunes, termino mis cinco meses de prácticas en integración social en el IES Infanta Elena de Galapagar.
Llegaba con experiencia impartiendo charlas contra el acoso escolar junto a mi compañero, Alejandro Ruiz de Pedro, abogado penalista. Con la sensación de conocer los institutos desde
fuera. Pero al estar dentro, entendí algo esencial: la diferencia entre centros no está tanto en los recursos como en cómo se gestionan y en las personas que los sostienen.
La complejidad del aula
Un docente no solo enseña contenidos. Acompaña a alumnos con TDAH, TEA, dislexia, trastornos de conducta, situaciones familiares difíciles, procesos migratorios recientes o niños tutelados.
Demasiadas realidades para una sola clase. Y aun así, se les sigue pidiendo resultados homogéneos en una realidad absolutamente compleja y nada homogénea.
Profesionales que marcan la diferencia
He visto cómo se interviene en el acto ante cualquier indicio de acoso o conflicto. Se organizan talleres de ansiedad, desarrollo de habilidades sociales y charlas sobre el uso responsable de las redes sociales, siempre con el objetivo de acompañar y proteger a los estudiantes.
El liderazgo de Avelino, el director, pone el foco donde importa: en orientación, en jefatura de estudios y en otros departamentos clave, todos ellos liderados por grandes mujeres.
El trabajo de Tania, integradora social, sostiene procesos complejos con una comprensión y ternura envidiable.
Profesionales como Ana, en Audición y Lenguaje, y Taylor, en educación física, apoyan a cada alumno para que nadie se quede atrás.
Y así muchos otros profesionales y docentes que no me caben aquí nombrar, pero a quienes siempre hay que poner nombre propio.
No me puedo olvidar de los profesionales de limpieza, recepción, secretaría y de nuestra maravillosa cafetería, que te hace sonreír cada vez que vas, llevada por una familia maravillosa.
Cada uno da lo mejor de sí mismo para que todo funcione.
Vocación hecha acción
Muchísimos profesionales más trabajan aquí solo por y para los estudiantes. Lo que funciona tiene un denominador común: las personas, los equipos y la posibilidad de que cada uno aporte lo que puede dar. Yo también lo he vivido. Me han escuchado, me han dejado participar y sumar como una más en un equipo que, sencillamente, funciona.
Educar no es solo enseñar. Es sostener, acompañar y cuidar. Y cuando eso ocurre, se nota. Amor, entendimiento, firmeza, cariño y responsabilidad.
Así es como funciona un centro educativo. Y aquí funciona. A quienes lo hacen posible cada día,gracias.