Mayores y tecnología: por qué no es falta de interés (y qué estamos haciendo mal)

Por Guillermo Espejo

Hay una escena doméstica que se repite con una precisión casi quirúrgica en miles de hogares, una escena pequeña, aparentemente trivial, pero que encierra una verdad incómoda que preferimos no mirar de frente. Tu madre —o tu padre— te llama porque “el móvil no funciona”, hay una mezcla de urgencia y pudor en la voz, como si pedir ayuda fuera ya, en sí mismo, un pequeño fracaso, te acercas, coges el dispositivo, miras la pantalla y en cuestión de segundos lo solucionas, no había ningún error real, ningún fallo técnico, simplemente faltaba pulsar en el lugar correcto, deslizar en la dirección adecuada, interpretar un gesto que para ti es automático pero que para ellos sigue siendo un territorio incierto. Tú suspiras, ellos se disculpan, y en ese intercambio aparentemente inocente se refuerza uno de los prejuicios más asentados de nuestro tiempo: que las personas mayores no entienden la tecnología porque no quieren.

Es una idea cómoda, casi tranquilizadora, que permite cerrar el problema sin cuestionarlo, nos coloca en una posición de superioridad silenciosa y, sobre todo, nos evita asumir que quizá el fallo no está en quien aprende, sino en cómo se enseña y en cómo se diseña. Decir que “no les interesa” es una forma elegante de no profundizar, de no detenernos a observar lo evidente: que sí quieren, que lo intentan, que lo necesitan más que nadie en una sociedad donde cada vez más aspectos de la vida cotidiana dependen de una pantalla, desde hablar con la familia hasta acceder a servicios básicos como la sanidad o la banca, pasando por gestiones administrativas que ya no admiten alternativa presencial.

El problema, por tanto, no es el interés sino el punto de partida. Quienes hemos crecido en un entorno digital no somos conscientes de la cantidad de aprendizajes invisibles que hemos acumulado, de cómo hemos interiorizado gestos, símbolos y lógicas que hoy nos parecen naturales pero que en realidad no lo son en absoluto. Deslizar, mantener pulsado, interpretar un icono sin texto, navegar por menús que no se ven a simple vista, todo eso forma parte de un lenguaje que damos por hecho, pero que alguien que no ha tenido contacto previo debe aprender desde cero, sin referencias, sin contexto y, muchas veces, sin una guía adecuada.

Y ahí es donde aparece el verdadero problema, enseñamos desde la prisa, desde la impaciencia, desde esa falsa evidencia que nos lleva a decir “esto es muy fácil” sin darnos cuenta de que esa frase, lejos de ayudar, genera frustración, inseguridad y, en última instancia, abandono. No es fácil para quien no lo ha hecho nunca, no es intuitivo para quien no ha crecido con ello, no es evidente para quien se enfrenta a un sistema que no habla su mismo idioma.

A esta dificultad técnica se le suma una barrera mucho más profunda, una barrera emocional que rara vez se menciona pero que resulta decisiva: el miedo. Miedo a equivocarse, a borrar algo importante, a tocar donde no se debe y provocar un problema mayor, miedo a confirmar esa sensación de estar fuera de lugar, de no estar a la altura de un mundo que avanza demasiado rápido. En el entorno digital, los errores no siempre son visibles ni comprensibles, no hay una lógica física que los explique, todo ocurre en un plano abstracto que genera desconfianza, y esa desconfianza, cuando se acumula, paraliza.

Con el tiempo, ese miedo se transforma en falta de confianza, en una idea que se instala poco a poco y que resulta devastadora: “esto no es para mí”, una frase que no nace de la incapacidad, sino del cansancio, de la repetición de pequeños fracasos, de la sensación constante de dependencia, de tener que pedir ayuda para cosas que otros resuelven en segundos. Y cuando alguien llega a ese punto, no deja de aprender porque no quiera, deja de hacerlo porque se ha convencido de que no puede.

Hay algo más que conviene decir sin rodeos, algo que incomoda porque desplaza el foco de la responsabilidad: la tecnología, en demasiadas ocasiones, no está pensada para ellos. Hemos construido interfaces que damos por intuitivas porque lo son para quienes ya están dentro del sistema, pero que resultan opacas, confusas e incluso hostiles para quienes se acercan por primera vez. Iconos sin explicación, menús ocultos, procesos que requieren conocimientos previos, decisiones de diseño que priorizan la rapidez sobre la claridad y que, en la práctica, dejan fuera a una parte importante de la población.

No es solo un problema de usabilidad, es un problema de inclusión. Cuando obligas a alguien a utilizar herramientas que no entiende para acceder a servicios esenciales, no le estás ofreciendo comodidad, le estás imponiendo una barrera, y esa barrera no es tecnológica, es social, es una forma silenciosa de exclusión que aceptamos como inevitable cuando, en realidad, es perfectamente evitable.

Frente a esto, la solución no pasa por insistir en que deben adaptarse más rápido, ni por repetir una y otra vez las mismas explicaciones desde la impaciencia, pasa por cambiar el enfoque, por entender que enseñar tecnología no es transmitir información, sino acompañar un proceso, un proceso que requiere tiempo, repetición, ejemplos concretos y, sobre todo, respeto. No se trata de explicar qué es una aplicación, sino de enseñar a usarla en un contexto real, de vincular el aprendizaje a una utilidad tangible, de demostrar, con hechos, que ese esfuerzo tiene sentido.

Y, al mismo tiempo, pasa por exigir una tecnología mejor diseñada, una tecnología que no dé por hecho lo que no es evidente, que no obligue a aprender códigos implícitos, que no penalice al usuario que duda o que necesita más tiempo, porque si la digitalización es ya una puerta de acceso a derechos básicos, entonces no puede permitirse ser excluyente, no puede construirse solo para quienes ya saben, debe pensarse también para quienes están empezando.

La próxima vez que tu padre o tu madre te pidan ayuda con el móvil, quizá merezca la pena detenerse un instante antes de responder, observar la situación con otra perspectiva, entender que no están demostrando torpeza ni desinterés, sino todo lo contrario, están haciendo un esfuerzo por adaptarse a un entorno que no ha sido diseñado pensando en ellos, están intentando mantenerse conectados, no quedarse atrás, seguir participando en un mundo que cambia a gran velocidad.

No es falta de interés, nunca lo fue, es falta de inclusión, de pedagogía, de diseño, y hasta que no asumamos esa realidad, seguiremos repitiendo el mismo error, uno que no se ve, pero que se siente, en cada llamada de ayuda, en cada gesto de duda, en cada “no me aclaro con esto” que, en el fondo, no habla de incapacidad, sino de un sistema que todavía no es para todos.

Compartir

Artículos relacionados

Homenaje del Gachas Comedy a Millán Salcedo

Estella–Los Arcos: un trago largo de vino, muchas lenguas, el mismo cansancio

2 comentarios en “Mayores y tecnología: por qué no es falta de interés (y qué estamos haciendo mal)”

  1. Gracias aunque tengo que indicar que son mayores y no tan mayores. Como dice el refrán «la paciencia es una virtud» y es muy importante respetar el ritmo de cada persona.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  Al enviar tu comentario, aceptas que tus datos personales sean procesados por Diario Mas Noticias de acuerdo con nuestra Política de Privacidad.

La información sobre protección de datos establece que el responsable del tratamiento es Diario Mas Noticias, cuya finalidad es controlar el spam y gestionar los comentarios. La legitimación para dicho tratamiento se basa en tu consentimiento. Los datos no se comunicarán a terceros, salvo en casos de obligación legal. Como usuario, cuentas con los derechos de acceso, rectificación, portabilidad y olvido. Para ejercer estos derechos o realizar consultas, puedes contactar a administracion@diariomasnoticias.com. Para más detalles, consulta la Política de Privacidad.

LO + LEIDO

María Luz Zamora Abanades : “El cine puede ser un refugio, pero también una llamada urgente a la conciencia”

La Cámara de Comercio del Mercosur y las Américas: tender puentes en un momento clave para Europa

Las Mariposas de Ainoa Rodríguez

Gemma Galgani, la nueva película de Oscar Parra de Carrizosa