Mi bisabuela y la inteligencia artificial

Por Nicolás Pérez

Mi bisabuela nunca entendió de tecnología. No usó filtros de TikTok, ni tuvo cuenta de Instagram, y para ella un mensaje de texto ya era un misterio. Sus recuerdos, en cambio, vivían en lo tangible: fotos y cartas arrugadas que guardaba en una caja de zapatos infantil y revisaba una y otra vez, intentando que le hablaran de nuevo. Apenas conservaba fotos de sus padres; una sola imagen, tomada un día en que decidieron retratarse juntos, le bastaba para buscar en ella las voces y los gestos que el tiempo había silenciado. La contemplaba con la esperanza de que, de algún modo, sus seres queridos pudieran volver a hablarles.

Cuando tuve mi primer teléfono, me propuse capturar a mi bisabuela siempre que pudiera. Me aterraba la idea de perderla y quedarme sin nada que me permitiera recordarla. Tomé miles de fotos: en el portal de su casa, mientras subía despacio con su andador; en la cocina, mientras su hija le teñía el pelo; grabé conversaciones por teléfono para poder escuchar su voz cuando ya no estuviera. Sus audios felicitándome por mi cumpleaños, su risa contagiosa… todo quedaba atrapado entre la memoria y la máquina, una colección imperfecta de lo que fue.

Hoy, mientras contemplo cómo la inteligencia artificial puede “traer de vuelta” a una persona, generando su voz a partir de grabaciones previas, restaurando fotos antiguas y animando imágenes para recrear gestos o momentos, me pregunto cómo se sentiría ella ante semejante idea, y si debería conformarme con escuchar sus audios de WhatsApp una vez más o atreverme a ‘hablar’ con ella gracias a la IA.

Esta pregunta ya no pertenece sólo al terreno de la ciencia ficción: la tecnología comienza a ofrecer respuestas. Lo que antes era un recuerdo ahora puede tomar forma. Con la aparición de aplicaciones abiertas al público, ya es posible hablar con una recreación digital de alguien que ha fallecido, a través del móvil, como si se tratara de una videollamada. Uno de estos sistemas se conoce como Deadbot, un término que combina dead (“muerto”) y bot (“robot” o programa automatizado), reflejando la idea de un asistente digital que permite interactuar con alguien que ya no está. Algunas plataformas funcionan mediante suscripción y prometen reconstruir la voz, la forma de hablar e incluso los gestos de una persona a partir de sus audios, fotos y vídeos. La pregunta surge casi de inmediato: ¿revivir a alguien se ha convertido en un servicio de pago digital?

Imaginarlo es fácil. Poder mirar a una pantalla y hablar cara a cara con alguien que murió hace años. Escuchar su voz responder. Ver gestos que recuerdan a los suyos. En este momento la tecnología parece rozar algo que siempre fue profundamente humano: el deseo de que quienes amamos no desaparezcan del todo. Pero también plantea preguntas incómodas. ¿Qué significa realmente “mantener viva” a una persona mediante tecnología? ¿Es un acto de amor, una forma de conservar la memoria, o simplemente una manera de no dejar ir?

Si ampliamos la mirada, lo que está ocurriendo no es solo una innovación tecnológica. También es un fenómeno cultural. En muchos sentidos, nuestra generación parece cada vez más fascinada con el pasado. La estética retro, lo vintage, los remakes de películas, el regreso constante de artistas y estilos de otras décadas. La nostalgia se ha convertido en una tendencia dominante. La inteligencia artificial ha añadido una nueva dimensión a ese impulso. Ya no solo recordamos el pasado: ahora podemos reconstruirlo.

Quizá no sea casualidad que esto ocurra en un momento en el que el presente parece cada vez más incierto. Crisis, cambios tecnológicos vertiginosos, un futuro difícil de imaginar. Ante esa incertidumbre, mirar atrás resulta reconfortante. El pasado es conocido, estable, familiar. Pero cuando la tecnología empieza a recrearlo con tanta precisión surge una duda inevitable: ¿estamos usando estas herramientas simplemente para recordar… o también para evadir el presente?

Porque hay otra paradoja menos evidente. Estudios recientes han demostrado que las imágenes generadas o alteradas por inteligencia artificial pueden provocar falsos recuerdos en quienes las observan, especialmente cuando son muy realistas. Una fotografía generada puede terminar siendo recordada como un momento que realmente ocurrió. Es una ironía inquietante: una herramienta creada para ayudarnos a recordar podría terminar cambiando lo que recordamos. La tecnología que revive el pasado también puede reescribirlo.

En el terreno del duelo, estas preguntas se vuelven todavía más delicadas. Algunas personas con enfermedades graves han empezado a crear versiones sintéticas de su propia voz antes de morir, para dejarla como legado a sus familias. En otros contextos, se han utilizado sistemas de animación con inteligencia artificial para generar vídeos en los que personas fallecidas parecen despedirse de sus seres queridos, como han documentado algunos medios en el caso de familiares de soldados en Rusia.

Las encuestas muestran que muchas personas reaccionan con entusiasmo ante estas posibilidades. La idea de volver a escuchar a alguien que se ha ido resulta profundamente atractiva. No es raro encontrar mensajes como este: “Mi abuelo acaba de fallecer. ¿Podrías clonar su voz para que se despida de la familia?

Para algunos psicólogos, estas herramientas podrían ayudar a cerrar capítulos emocionales difíciles. Para otros, existe el riesgo de que impidan precisamente lo contrario: aceptar la pérdida. Porque el duelo, por doloroso que sea, también cumple una función. Nos obliga a aceptar que algo terminó. Y si la tecnología nos permite evitar ese final, la pregunta se vuelve inevitable: ¿estamos recordando… o estamos evitando despedirnos?

A todo esto se suma una cuestión ética aún más compleja. ¿Quién decide si una voz o una imagen deben ser recreadas? ¿Podemos reconstruir digitalmente a alguien que nunca dio su consentimiento? ¿A quién pertenece la identidad de una persona después de morir?

En el mundo del entretenimiento estas preguntas ya están apareciendo. Existen proyectos que han conseguido recrear digitalmente a artistas del pasado utilizando horas de material audiovisual. Actores, músicos y figuras históricas pueden volver a “actuar” décadas después de su muerte. Incluso en la música se han utilizado técnicas de inteligencia artificial para recuperar grabaciones incompletas de artistas fallecidos y convertirlas en nuevas canciones, como la última canción de los Beatles.

Pero hay algo que ninguna base de datos puede capturar por completo.

Una persona no es solo su voz, ni su rostro, ni los gestos que aparecen en los vídeos. Es también todo lo que nunca quedó registrado: las contradicciones, los silencios, las versiones de sí misma que nadie grabó. Reconstruir a alguien a partir de datos siempre será, en cierto modo, una interpretación.

Mientras tanto, la industria del cine y del entretenimiento ya empieza a anticipar ese futuro. Algunos actores han firmado contratos millonarios que permiten usar su voz o su imagen mediante inteligencia artificial incluso después de morir. Sus identidades digitales podrán seguir apareciendo en películas, anuncios o videojuegos. La promesa de la inmortalidad digital trae consigo un riesgo inquietante: si nuestra voz y nuestra imagen pueden recrearse, también pueden manipularse. Otros podrían hacer que un avatar nuestro diga lo que ellos quieran, adopte gestos o expresiones que nunca tuvimos, y lo utilice a su conveniencia. Y lo más inquietante es que esto ya sucede mientras estamos vivos; imagina entonces cuando ya no podamos intervenir ni corregirlo: la imagen que dejamos en el mundo —la forma en que otros nos recuerdan— podría volverse borrosa, maleable, y completamente dependiente del poder de quienes controlan estas recreaciones. Nuestra identidad social, antes intangible pero personal, corre el riesgo de convertirse en un objeto manipulable.

Quizá lo más sorprendente es que todo esto no hará más que intensificarse. Cada generación deja más huellas digitales que la anterior: vídeos, audios, fotografías en alta calidad, conversaciones guardadas durante años en servidores. Dentro de unas décadas existirá una cantidad inmensa de material con el que reconstruir a cualquier persona. Las recreaciones serán cada vez más realistas. Las voces más precisas. Los gestos más convincentes. Y eso podría transformar algo tan antiguo como el duelo.

Tal vez en el futuro despedirse de alguien ya no significará el silencio definitivo. Quizá signifique aprender a convivir con su versión digital. Con una voz que sigue hablando desde una pantalla. Con un rostro que sigue moviéndose, aunque la persona ya no esté. Y entonces la pregunta final será inevitable: ¿Cómo cambia nuestra forma de recordar —y de dejar ir— cuando la tecnología puede hacer que alguien parezca seguir aquí para siempre?

Volviendo al inicio, años después de tener mi primer teléfono logré enseñarle a mi bisabuela algo que entonces parecía casi mágico: transformar aquella única fotografía que ella conservaba de sus padres en un pequeño vídeo animado. Eran los primeros pasos de la inteligencia artificial. Recuerdo esperar su reacción con curiosidad. La contempló en silencio durante unos segundos y luego dijo algo sencillo: que nunca se los había imaginado así, que después de intentar descifrar esa fotografía miles de veces, jamás habría pensado que se moverían de esa manera.

Con los años esa frase ha empezado a resonar de otra forma. Quizá, sin pretenderlo, estaba señalando algo que ahora puede no resultar evidente: que los recuerdos no son reproducciones exactas del pasado, ni meras imitaciones generadas por una máquina que reconoce patrones. Tal vez por eso la mejor forma de recordar siga siendo el propio recuerdo: imperfecto, incompleto y lleno de huecos, pero profundamente humano.

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