Una historia de amor

Por Marta González de Castejón

Empecé a jugar al rugby hace tres años por una ruptura.

Después de dejarlo con mi novio, tenía dos opciones: pasarme las tardes llorando y pensando en lo que pudo ser, o invertir mi energía y tiempo en algo completamente distinto. Menos mal que escogí lo segundo.

Sin saber muy bien cómo, terminé tres días por semana en un campo de rugby, rodeada de un grupo de chicas dispuestas a placarse entre ellas en cada entrenamiento. Lo que empezó como una manera de distraer la cabeza terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: una nueva relación con el deporte, conmigo misma y con la forma en la que afronto las dificultades.

Recuerdo mi primer partido. No me sabía ni las reglas del juego y mi entrenador comentó que “no tenía ni idea de jugar, pero se me venía con actitud y ganas de darlo todo”. Con el tiempo descubrí que de eso se trata el rugby: la actitud antes que la perfección. Nadie espera que sepas hacerlo todo bien desde el principio, pero sí que estés dispuesto a levantarte cada vez que te caes.

En mi segundo partido me fui a casa con un ojo morado, a mi madre le aterrorizó, pero yo me di cuenta de lo mucho que estaba dispuesta a exigir a mi cuerpo físicamente. Aprendí que el esfuerzo físico también puede ser una forma de silencio mental. Que durante esos 80 minutos de partido no existían dudas ni rupturas, ni problemas. “¿Qué puedo hacer yo por mi equipo?” era la pregunta que más se repetía en mi cabeza.

A lo largo del año me fui haciendo más amigas. Eran chicas con las que nunca habría conseguido toparme si no me hubiese dado la oportunidad de presentarme al primer entrenamiento, por ello estoy agradecida. Todo el mundo tenía un apodo, es más, cuando a una compañera se le llamaba por su nombre de verdad no sabía quién era. A mí me llamaban “Magic”.

Los partidos eran duros, pero valían la pena. A veces se te quemaban los pies del calor y acababas con caucho hasta en el pelo, y otras se te congelaban los dedos del frío mientras se te resbalaba el balón por la lluvia. En ocasiones llorabas mientras jugabas porque no podías más, salías con quemaduras en la piel que tardaban semanas en curarse, pero siempre salías con menos ira y problemas que cuando entraste, tanto al partido como al entrenamiento.

Los valores del rugby serán algo que me acompañarán el resto de mi vida, y dejaré que me inunden en su fortaleza y compañerismo. Recuerdo a mi queridísima y audaz entrenadora, Carlota Meliz, una persona a la que no le puedo estar más agradecida de haber visto en mi lo que yo era incapaz de ver. El campo era mi terapia, y ella mi psicóloga.

Después de los partidos, daba igual haber ganado o perdido, nos preguntaba sobre nuestras sensaciones en el campo. A veces ganábamos pero no nos quedamos a gusto. A veces perdíamos pero por dentro salíamos victoriosas. Eso implicaba haberlo dado todo, en el entrenamiento para el partido, en el partido por tu compañera, en el tirar de las demás y confiar en ellas para que tiren de ti. En salir al campo sin miedo, sin pensar en el resultado, en poner a prueba tu esfuerzo cuando se te da la oportunidad. No son valores que te dictan en la clase de un colegio, son enseñanzas que aprendes en el rugby.

Comienzas a formar parte de un equipo dentro del campo, pero te das cuenta de que formas parte de una familia fuera de él. Los famosos terceros tiempos me daban un poco de miedo al principio. No solía quedarme y solía usar excusas como que tenía que estudiar o una comida familiar, cuando en verdad me quedaba tirada en la cama el resto del día sin poder mover el cuerpo. Mi hermano me solía preguntar por el tercer tiempo, y yo le decía que no había ido, a lo cual me respondía que me estaba perdiendo lo mejor. Un día después de haber ganado un partido decidí quedarme y celebrar, y efectivamente, mi hermano tenía razón. Desde conversaciones banales a profundas me dí cuenta de que, aun habiendo una diferencia de edad, las chicas con las que conversaba eras mis amigas, además de compañeras, y que cada una de ellas tenían algo a lo que yo aspiraba ser. Estar tan cerca de ello me daba esperanza de encontrarme a mi misma, y como el partido terminaba con el pitido final, pero el respeto y la amistad continúan después.

Irónicamente lo que me curó el corazón en su momento a día de hoy me ha roto físicamente, y después de contusiones, esguinces, una operación de clavícula y otra de cruzado, vuelvo a tener miedo.

Miedo a no volver a jugar. Pero no miedo de intentarlo, ni de pensar que no encontraré algo que me haga sentir igual de libre, porque en su momento tampoco pensaba que lo encontraría, y aun así lo hice.

Por todo ello quiero agradecerle al rugby y a mi familia de equipo por haberme dado algo que no sabía que necesitaba: un lugar donde encajar, un lugar donde soltar lo que pesa y un lugar donde aprender a levantarme cada vez que caigo.

Y también invitar a quien lea esto a darle una oportunidad a un deporte tan duro como maravilloso.

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