Por Hipólito Pecci
Cualquier grupo humano tiene la necesidad de comprender el mundo que le rodea, de acceder a una explicación que le permita relacionarse con el entorno y, de esta manera, iluminar aquello que no conoce y que, en consecuencia, marcará, de algún modo, la forma de actuar de la colectividad.
Esta identidad, este conjunto de costumbres, creencias, tradiciones, etc., es lo que conocemos como “acervo”, término definido por la Real Academia Española como “…el conjunto de valores o bienes culturales acumulados por tradición o herencia…”.
Por consiguiente, el acervo aglutina todos aquellos elementos que nos dan la conciencia de formar parte de un todo, es decir, el sentido de pertenencia; y dentro de este sentimiento de identificación, de este vínculo, juegan un papel muy importante las tradiciones orales, cuyo objetivo principal es el de transmitir los conocimientos, valores y experiencias a las generaciones venideras.
Y es en esta esfera donde cobran especial relevancia aquellas narraciones que, con el paso del tiempo, se transformarán en relatos tradicionales, en los que se combinarán hechos reales con seres fantásticos, criaturas y héroes.
Hoy los conocemos como mitos y leyendas.
Pero ¿Cómo surgen? ¿Cómo se gestan?
Fijémonos en una creación que ha trascendido a su creadora para convertirse en un mito universal.
La historia es ampliamente conocida.
Transcurría el año de 1816, un período cuya climatología se había visto alterada a causa de la erupción del volcán conocido como Monte Tambora, ubicado en la isla de Sumbawa, en Indonesia, y que ha protagonizado, hasta el momento, la que se considera la mayor erupción volcánica registrada.
Esta situación provocó una caída extrema de las temperaturas en territorios tan lejanos al lugar de origen como Europa, originando lo que se conoce como “invierno volcánico”, derivado de la acumulación de partículas de ceniza y ácido sulfúrico que no permitían la penetración de los rayos solares.
En este contexto, durante el estío, diversos personajes disfrutaban de su estancia en la villa Diodati, residencia situada en Cologny, Suiza, y cercana al lago Leman, también conocido como lago de Ginebra.
Debido al mal tiempo imperante, no quedaba más remedio que disfrutar de las veladas en el interior de la mansión.
En el transcurso de una de ellas, varios personajes, Mary Shelley y su marido Percy Bysshe Shelley, junto a George Gordon Byron -más conocido como Lord Byron-, John William Polidori y Claire Clairmont, se encontraban sumidos en conversaciones recurrentes en noches frías y lluviosas, impregnadas de suspense, sombras y misterio; noches en las que flotaba un miedo apenas perceptible que recorría, silencioso, cada rincón de la estancia.
La lluvia golpeaba los cristales con insistencia nerviosa y el viento susurraba misterios y advertencias ocultas.
En el interior, la luz tenue temblaba sobre las paredes, proyectando sombras inquietas que parecían moverse con voluntad propia.
Y, en ese momento, Lord Byron desafió al resto a crear una historia de terror, a plasmar en palabras los miedos más profundos de cada uno.
Se cuenta que Mary Shelley, ante la incapacidad de engendrar una idea que pudiera plasmar, sufrió algún episodio de ansiedad, hasta que, como ella misma sostendría, una noche en la que era incapaz de conciliar el sueño, fue víctima de una alucinación que la inspiraría a escribir Frankenstein o el moderno Prometeo, que terminaría siendo publicado en 1818.
El alumbramiento de un nuevo ser, retazo de restos humanos que cobran vida gracias a diferentes procesos químicos, a la llamada “filosofía natural”, se convertiría en uno de los mitos más relevantes de la historia contemporánea, al poder considerarse el germen de la ciencia ficción.
Pero aquella velada tendría reservada otra sorpresa, ya que, gracias a ella, un año después Polidori publicaría The Vampyre, obra que supuso la base del vampiro gótico moderno.
Estos mitos creados de nueva planta han adquirido un carácter universal y han terminado por formar parte del patrimonio cultural de diferentes países, integrándose también en el bagaje cultural de sus ciudades.
Un ejemplo de ello puede encontrarse en Madrid, pues sus historias y relatos invitan a adentrarse en lo más sórdido, en un mundo tenebroso y lúgubre, poblado de fantasmas, apariciones y secretos que han perdurado a lo largo del tiempo.
Tanto es así que, en la actualidad, podemos revivir los episodios y acontecimientos que rememoran las crónicas a través de las edificaciones que aún se conservan en pie.
No hay más que acercarse a la céntrica calle Arenal.
Bonifacio Sanmartín Eslava, sobrino del músico Hilarión Eslava, fundaría en septiembre de 1871 el Salón Eslava, ubicado en el número 11 de esta conocidísima vía pública.
Un par de años después lo alquilaba un empresario teatral, José Leyva, que lo transformaría en un café-teatro con representaciones por horas, muy populares en ese tiempo, aunque también muy polémico por su ambiente bohemio, lugar de encuentro de actores, escritores e intelectuales, convirtiéndose en una de las referencias de finales de siglo.
Y en este ambiente despreocupado “saltó la liebre”.
El 2 de marzo de 1923 Luis Antón del Olmet, escritor y dramaturgo, tras una fuerte discusión en el interior del teatro, recibía un tiro a quemarropa de Alfonso Vidal y Planas, también escritor y antaño su amigo y colaborador.
La causa: rivalidades profesionales y amatorias, pues ambos se hallaban enamorados de la misma dama.
Alfonso vio fracasado el estreno de su obra en el teatro, por lo que le llegó el turno a su rival para inaugurar la suya, aunque nunca se produjo el ansiado debut.
Desde entonces, según cuentan algunas historias, el espíritu de Luis continúa recorriendo los recovecos del edificio, esperando pacientemente el día en que vuelva a alzarse el telón.

