Entre viñedos y leyendas: Nájera rememora una gloriosa historia milenaria

Por Antonio de Lorenzo

De Navarrete al corazón del antiguo reino najerino, el peregrino cruza paisajes, historias medievales y silencios que aún resuenan entre sus sillares

El día comienza con una luz tibia sobre los tejados de Navarrete. Hay algo en las despedidas del Camino que siempre parece provisional, como si cada pueblo supiera que no es final sino tránsito. Salgo temprano, con el sonido de mis pasos aún torpe sobre la grava, dejando atrás las calles que huelen a pan reciente. A la salida, el cementerio se impone como una pausa inesperada: capiteles tallados, escenas de otros peregrinos que caminaron siglos antes que nosotros. No es un lugar de muerte, sino de continuidad.

Cruzamos tierras de alfareros

El sendero pronto se abre y el paisaje respira. Viñedos ordenados como líneas de un manuscrito antiguo, árboles frutales que anuncian estaciones y, a lo lejos, el perfil del embalse de la Grajera que recoge el cielo como un espejo, en silencio. Hay algo profundamente riojano en esta etapa: la sensación de estar caminando sobre una tierra que ha sido trabajada, pensada, cuidada durante generaciones.

El Camino aquí no es abrupto, pero tampoco indulgente. Subidas suaves, descensos largos, un ritmo que obliga a encontrar el propio paso. Uno aprende a escuchar el cuerpo, pero también el entorno: el viento que cruza los campos, el crujir de la tierra bajo las botas, el murmullo de otros peregrinos que aparecen y desaparecen como personajes de una novela coral. Los pájaros acompañan a los madrugadores. Algunos peregrinos lucen botas de vino en su mochila.

Intuimos la presencia derl río Ebro en lontananza

A unos kilómetros, el horizonte cambia. A la izquierda, la silueta del pico San Lorenzo —el más alto de La Rioja— se dibuja como un guardián distante. Más adelante, surge el Poyo Roldán, ese cerro solitario que parece contener una historia en cada piedra. Dicen que allí luchó el gigante Ferragut contra Roldán, caballero de Carlomagno. En el Camino, las leyendas no son un adorno: son parte del paisaje. Uno no las cree ni las descarta; simplemente las deja acompañar.

Empiezo a sentir el destino próximo: Nájera

Hay un momento, siempre, en que el caminante deja de pensar en la distancia y empieza a sentir el destino. En esta etapa, ese momento ocurre cuando el sendero de tierra anuncia la cercanía de Nájera. No es una llegada abrupta, sino una aproximación lenta, casi ceremonial. La ciudad se esconde primero, protegida por los montes que la rodean, como si exigiera paciencia.

Me tropiezo con una estampa llena de ternura: dos peregrinos, casi ancianos, participando en el almuerzo de las once de la mañana de dos campesinos, padre e hijo, que recuperan fuerzas a la sombra de un remolque repleto de guisantes. Bastó una palabra, un educado saludo, para que intercambiaran apetitos; unas lonchas de jamón y embutidos, una fiambrera con bacalao a la riojana, con pimientos asados, y el porrón de clarete, fresco y sabroso del porrón de cristal; y fruta; los peregrinos habían aportado una tortilla de patatas con pimientos fritos, encargada en una fonda de Navarrete.

En la capital del reino altomedieval

La entrada es un descenso. La calle San Fernando guía los pasos hacia el río Najerilla, que aparece de pronto como una frontera líquida entre el esfuerzo y el descanso. Cruzar el puente es un gesto sencillo, pero cargado de historia. La tradición lo vincula a San Juan de Ortega, uno de esos nombres que se repiten en el Camino como una presencia constante, casi invisible.

Nájera no es solo un punto en el mapa del peregrino; es un lugar donde el tiempo se espesa. Fue centro político entre los años 918 y 1076, sede de un reino que antecedió a Navarra. Caminar por sus calles es atravesar capas de historia que no siempre se ven, pero que se sienten. Hay ciudades que se visitan; Nájera, en cambio, se atraviesa con respeto.

Y luego está el monasterio

El Monasterio de Santa María la Real no aparece de golpe. Se revela. Primero como una promesa, luego como una presencia. La leyenda cuenta que el rey García Sánchez el de Nájera, en el siglo XI, encontró en una cueva una imagen de la Virgen con el Niño mientras buscaba su halcón una huidiza paloma. Ese hallazgo dio origen a uno de los lugares más significativos del Camino.

Entrar al monasterio es cambiar de ritmo. El bullicio del exterior se disuelve en una quietud que no es silencio, sino acumulación de voces. Allí reposan reyes e infantes, figuras que definieron un territorio que aún no era España como la entendemos hoy. Las tumbas no impresionan por su grandiosidad, sino por su permanencia.

Antes de pasar al panteón real, me detengo un momento en el claustro. La piedra, gastada por el tiempo, parece haber aprendido a contener la luz. Pienso en los peregrinos medievales que llegaron hasta aquí, exhaustos, quizá enfermos, seguramente transformados. El monasterio no solo ofrecía refugio físico, sino también una forma de orden en medio del viaje.

La ribera del río Najerilla ofrece algo más que reposo

Aguas frescas y ligeras que invitan a la pesca de la trucha; árboles frondosos que invitan a contemplar las nubes del cielo, y la frescura de un tupido y bien cuidado césped. Porque el Camino, más allá de la geografía, es una experiencia distinta. Cada etapa quita algo: comodidad, certezas, distracciones. Y a cambio, entrega otras cosas más difíciles de nombrar. En tramos como este, entre Navarrete y Nájera, esa transformación se vuelve más evidente. Tal vez por la mezcla de paisaje y relato, de esfuerzo y recompensa.

Antes de volver al albergue de peregrinos, me acerco a las cuevas que se abren en las faldas del monte Castillo. El complejo rupestre de Nájera es un recordatorio de tiempos más duros, cuando la inseguridad obligaba a vivir bajo tierra. Las cavidades, excavadas hace siglos, guardan un aire denso, como si el pasado aún no terminara de irse. El paisaje, desde ese lugar, se abre a todos los puntos cardinales y a historias de luchas de moros y cristianos.

Tengo la impresión que, mañana, con las luces del alba del nuevo día, formularé un compromiso formal: volveré a Nájera para no perderme ninguno de sus rincones. Porque saldré de ciudad con la sensación de haber atravesado algo más que kilómetros.

El Camino continúa, siempre continúa. Pero hay etapas que se quedan, que se adhieren a la memoria como el polvo en las botas. Esta, sin duda, es una de ellas. Porque entre viñedos, montañas, castillos, monasterios y leyendas, uno no solo avanza hacia Santiago: también se acerca, sin darse cuenta, a una versión más simple y más honesta de sí mismo.

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