El milagro de los Jacksons

Por Nicolás Pérez

Entras a la sala, se apagan las luces y en los créditos iniciales suena un “he-hee”. Dos sílabas que no necesitan presentación. Durante dos horas, la música te atrapa, el baile te desarma y la sonrisa aparece sola. Para quienes nunca pudimos verle en escena, ver Michael en salas es la segunda mejor opción. Entras sabiendo quién es Michael Jackson. Sales sintiendo que acabas de conocerle.

Es una de esas producciones que apabullan antes incluso del primer tráiler: 200 millones de dólares que se perciben en cada fotograma, en cada traje, en cada recreación de una época que muchos seguidores recordarán con nostalgia. Antoine Fuqua nos devuelve a los años 70 y 80 con una precisión casi obsesiva, construyendo un mundo en el que la música lo es todo.

Pero aquí es donde debo ser honesto: soy fan. Y hay algo en escuchar a Michael Jackson a todo volumen en una sala de cine, verle bailar en pantalla grande, que me desarma por completo. Me alegra el día independientemente de todo lo demás. Me hace querer volver a verla lo antes posible. Y aun así, estoy convencido de que incluso quienes no son fans —quienes no exigen demasiado o simplemente entran con la mente abierta— también la disfrutarán.

Puedo entender, no obstante, a quien salga decepcionado. A quien piense que una vida así debería tratarse con mayor complejidad formal y narrativa. En ese primer sentido, Michael no inventa nada nuevo: sigue la fórmula de éxitos anteriores del mismo productor, como Bohemian Rhapsody. Películas que avanzan con la seguridad de quien sabe que tiene entre manos un material inagotable y fácil de vender, y esa seguridad, en ocasiones, se convierte en comodidad.

El relato salta de hito en hito con una estructura que por momentos se asemeja más a una lista de reproducción que a un arco dramático. Y una vida tan compleja, contradictoria y extraordinariamente extraña merece algo más que un recorrido de grandes éxitos. Aquí, la película adora a su protagonista. A diferencia de Rocketman o Walk the Line, donde el personaje es cuestionado, aquí no se le juzga, no se le incomoda. Y tratándose de una figura tan controvertida —incluso antes de 1988, que es donde se detiene la historia—, se echa en falta una mayor exploración.

La película se centra, sobre todo, en la relación del artista con un padre, por decirlo suavemente, explotador. Un villano arquetípico que, paradójicamente, parece retratado también como motor del éxito de Michael e incluso como alguien con capacidad de anticipar su futuro (como cuando le advierte que se rodeará de aduladores, algo que efectivamente ocurrió). Cuesta aceptar que un villano tenga razón: le otorga una credibilidad incómoda que desdibuja su función claramente dramática.

Lo que hace Fuqua es construir un relato casi litúrgico en el que Michael Jackson se convierte en una figura sagrada —y Jaafar Jackson, su sobrino y protagonista, en el vehículo de esa devoción. En el nombre del padre, del sobrino y del espíritu santo. Para algunos, esto será un defecto imperdonable. Para otros —entre los que me incluyo— es exactamente lo que necesitábamos ver.

Y aquí aparece el verdadero milagro. ¿Qué actor, bailarín y músico podría estar a la altura del artista más importante de nuestro tiempo? La respuesta resulta ser un hallazgo extraordinario, no podía ser otro que un Jackson. Jaafar Jackson, hijo de Jermaine, no imita a su tío: lo habita. La ilusión es total. El gesto antes de salir a escena, la mirada, la sonrisa, los pasos, la forma de sostener un silencio… esa mezcla de fragilidad y electricidad que hacía de Michael alguien difícil de mirar e imposible de ignorar. Incluso las canciones a capela son suyas, y las interpreta con una fidelidad espeluznante. En esos instantes, te olvidas de que estás viendo una película. Y eso, en el cine, no tiene precio.

Jaafar Jackson se estrena en la gran pantalla con una actuación que apunta a cosechar numerosos y merecidísimos premios, al salir magistral de una de las tareas interpretativas más exigentes y demandantes que se recuerdan.

Para los creyentes, Michael es exactamente lo que necesitaban. Para los más críticos, una oportunidad perdida. Y para quienes aún no se hayan adentrado en el universo de uno de los genios de nuestro tiempo, es una puerta de entrada irresistible: música, baile y mucho “he-hee”.

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