El Teatro Romano de Mérida y su Festival (I)

Por Alejandra Torray

Ya les dije, y no les mentí, que nuestro primer invitado, el invitado de honor, quien ya está cortando la cinta para inaugurar este ambigú, iba a ser un tanto especial. Les dije que no se trataba de uno, sino de dos siameses. Pues aquí los tienen, más unidos y sanos que nunca, a pesar de sus noventa y tres años de vida en común.

Quizá a ustedes pueda parecerles una condena el hecho de que vivan cosidos el uno al otro; sin embargo, nada más lejos. De hecho, han intentado separarlos para siempre en multitud de ocasiones, pero ellos mismos vuelven a buscarse y, cuando se encuentran, elaboran una urdimbre cada vez más firme para que puedan ser atados de nuevo con una fuerza más y más sorprendente, casi sobrenatural, que solo puede achacarse a la voluntad de sus madrinas (unas tales Melpómene y Talía).

¡Miren, miren! Al unísono han cortado la cinta roja que da entrada al ambigú, y ahora el más longevo descorcha una botella de champagne para proponer el brindis inaugural.

Ustedes se preguntarán cómo, siendo siameses, uno es mayor que el otro. La verdad es que son curiosos hasta en eso. El mayor nació entre los años 16 y 15 a. C. El otro, en 1933, y desde ese año llevan juntos. El que vivía desde el 15 a. C. lo hacía con una adherencia que fue evolucionando y transformándose con los siglos, hasta que se convirtió en el otro hermano que es hoy.

Al hermano mayor lo llamaron Romano, pues su abuelo fue el gran emperador de Roma, Augusto; y su padre, Agripa, patrono de la ciudad (Augusta Emérita). Romano nació guapo (aunque más sencillo de lo que hoy lo conocemos), con unas facciones muy fieles a los cánones de belleza que conocemos por los tratados de Vitruvio. En su juventud, allá por el s. II d. C., en época de Trajano y Adriano, se volvió imponente y consiguió un frente escénico de 30 metros de altura, decorado con dos cuerpos de columnas corintias y estatuas. Más adelante, en tiempos de Constantino, por el siglo IV d. C., siguió retocándose con nuevos elementos decorativos y se añadió una calzada que lo rodeara; sin embargo, su belleza no impidió que fuese abandonado.

La expansión del cristianismo no le ayudó mucho porque para los cristianos su imagen era inmoral. Y así, fue abandonado a su suerte y casi enterrado en vida por la tierra y la arena. Solo sobrevivió escondiéndose del mundo y, siempre cubierto, asomaba la cabeza para respirar usando el seudónimo por el que era conocido: «Las siete sillas». Así permaneció hasta principios del siglo XX; más concretamente, hasta 1910, fecha en que el arqueólogo José Ramón Mélida decidió rescatarlo y, haciéndolo emerger de la tierra, lo expuso a los ojos de los emeritenses, que lo recibieron de buen agrado. No obstante, enseguida advirtieron que Romano venía cosido a una adherencia, que ya era protuberancia, y pronto comprendieron que, por la misma supervivencia de Romano, era imprescindible cuidar de su protuberancia, que a gritos suplicaba, también, ver la luz y adoptar la forma de un hermano. Finalmente, Festival, pues así llamaron a la criatura, nació en 1933.

El nacimiento de Festival fue hermoso y celebrado, en parte gracias a la partera que contrataron: la gran Margarita Xirgu, disfrazada de Medea, con la ayuda, nada más y nada menos, de don Miguel de Unamuno. En 1934, Romano y Festival ya crecían en armonía más que fraternal, y así celebraron su primer cumpleaños como si fuera una boda gitana, durante toda una semana que dieron en llamar «La semana romana».

Hicieron bien en disfrutarla porque poco dura la alegría en casa del pobre y, al año siguiente, dadas las tensiones políticas del país, cesaron las celebraciones. De 1935 a 1939, el Festival y el Romano vivieron en sus carnes una verdadera tragedia: la Guerra Civil española. Entonces quedaron callados, salvo en breves momentos, hasta la década de los cincuenta, cuando apareció su padrino, José Tamayo, para devolverles la voz por boca de Sófocles con un Edipo rey. Desde entonces, los siameses caminaron con alegría su andadura, ayudados de muchos amigos como han sido José Monleón, Manuel Canseco, Jorge Márquez, Francisco Carrillo, Francisco Suárez, Blanca Portillo y Chusa Martín, quienes los acompañaron y dirigieron con dedicación.

Si el Festival y el Romano siguen caminando en 2026 con más salud que nunca, como si por ellos no pasara el tiempo, se debe a la feliz aparición, en 2012, de un amigo del alma: un compañero de fatigas que los ha guiado incansablemente desde entonces con una voluntad tan férrea que pareciera ser su trillizo. Su nombre es Jesús. Su apellido… Es muy posible que muchos de ustedes ya lo hayan adivinado —sin duda, todos aquellos que se dediquen a las artes escénicas—, pero, para aquel despistado, para aquellos que no le conozcan, o simplemente no caigan, vamos a guardarnos su apellido para que puedan tomarse con él el primer Manhattan en nuestro ambigú recién inaugurado.

Hasta la próxima.

Nos vemos en el Ambigú con Jesús…

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