Diez minutos usando inteligencia artificial bastan para que tu hijo rinda peor solo: cómo evitarlo

Redacción

La IA ya forma parte de la vida de nuestros hijos: la usan para estudiar, para entretenerse y pronto la usarán para trabajar. La pregunta no es si convivirán con ella, sino cómo hacer que sea una aliada y no una muleta.

Hay una escena que se repite en muchos hogares. Un niño tiene que hacer un trabajo del colegio, abre el ordenador y, en lugar de empezar a pensar, le pide a una inteligencia artificial que se lo haga. En diez minutos tiene un texto correcto, bien redactado y listo para entregar. El problema es que no ha aprendido nada. Y lo más inquietante es lo rápido que ocurre ese cambio de hábito.

Un estudio reciente publicado en el repositorio científico arXiv, titulado AI Assistance Reduces Persistence and Hurts Independent Performance, lo ha medido: tras apenas diez minutos usando asistencia de inteligencia artificial, las personas rendían peor cuando luego tenían que resolver una tarea por su cuenta. La ayuda mejora el resultado inmediato, pero reduce la persistencia y la capacidad de trabajar de forma autónoma. Y si eso ocurre en adultos, conviene pensar qué significa para un cerebro en formación.

No se trata de demonizar la tecnología. La inteligencia artificial va a estar en el futuro de nuestros hijos lo queramos o no, y prohibirla no es una opción realista ni inteligente. Se trata de algo más difícil y más valioso: enseñarles a usarla bien.

El verdadero riesgo no es la IA, es delegar el esfuerzo

El cerebro, como un músculo, se desarrolla cuando trabaja. Cuando un niño se enfrenta a un problema, se equivoca, lo intenta de nuevo y finalmente lo resuelve, no solo está aprendiendo la respuesta: está entrenando la paciencia, la tolerancia a la frustración y la confianza en su propia capacidad. Si la inteligencia artificial le da siempre la respuesta completa, ese entrenamiento desaparece.

El peligro, por tanto, no está en que los niños usen la IA. Está en que la usen para saltarse el esfuerzo en lugar de para potenciarlo. Y la diferencia entre una cosa y otra depende, en gran medida, de lo que los adultos les enseñemos.

Cuatro ideas para que la IA sume y no reste

Pon límites claros y predica con el ejemplo. Igual que ya regulamos las pantallas, conviene acordar en casa cuándo y para qué se puede usar la inteligencia artificial. No es lo mismo recurrir a ella para entender un concepto que se ha atascado, que pedirle que resuelva la tarea entera. Una regla sencilla que funciona: la IA se usa después de haberlo intentado por uno mismo, nunca antes. Y aquí el ejemplo de los padres pesa más que cualquier norma. Si un niño ve que sus padres recurren al móvil para resolver cualquier duda sin pararse a pensar, aprenderá a hacer lo mismo. Mostrarles que nosotros también dudamos, buscamos, comparamos y a veces nos equivocamos les enseña que pensar lleva tiempo, y que está bien que así sea.

Conviértela en un profesor particular, no en alguien que copia por ellos. La diferencia entre usar bien o mal la IA está casi siempre en cómo se le pregunta. En lugar de «hazme una redacción sobre los romanos», un niño puede aprender a pedir «explícame por qué los romanos construían acueductos» o «ponme un ejemplo para entender las fracciones». El objetivo es que la herramienta le ayude a comprender, no a terminar antes. Una buena costumbre es enseñarles a pedir siempre el porqué de las cosas: «¿por qué esta respuesta es correcta?», «¿qué pasaría si fuera de otra manera?». Así la IA se convierte en una fuente de preguntas, no en una máquina de respuestas cerradas. Y, sobre todo, hay que insistir en una idea: lo que entrega la IA es un punto de partida que ellos tienen que revisar, mejorar y hacer suyo, nunca un producto final para copiar y pegar.

Enséñales a desconfiar y a verificar. La inteligencia artificial se equivoca, y lo hace con un tono tan seguro que resulta convincente. Para un niño, que todavía está aprendiendo a distinguir lo fiable de lo que no lo es, esto es especialmente delicado. Conviene acostumbrarles desde pequeños a contrastar: comprobar un dato en un libro, preguntar a un profesor, buscar una segunda fuente. Un ejercicio muy útil y casi en forma de juego es pedirles que «cacen» a la IA en un error: darse cuenta de que se ha inventado una fecha, un nombre o un dato les enseña, de la forma más eficaz posible, que no todo lo que dice una pantalla es verdad. Esa capacidad de dudar con criterio es una de las habilidades más valiosas que pueden desarrollar, y les servirá mucho más allá de los deberes: en las redes sociales, en las noticias y en la vida.

Protege los espacios sin tecnología. No todo el aprendizaje pasa por una pantalla, ni debería. Leer un libro, jugar al aire libre, aburrirse una tarde de domingo, inventar un juego, discutir y reconciliarse con un amigo. Son situaciones aparentemente menores donde, en realidad, se desarrollan las habilidades que ninguna inteligencia artificial podrá sustituir: la creatividad, la empatía, la paciencia, la capacidad de resolver conflictos y de relacionarse con los demás. El aburrimiento, que tanto nos cuesta tolerar como padres, es precisamente el terreno donde nace la imaginación: un niño que no tiene la pantalla a mano para llenar cada minuto muerto es un niño que aprende a entretenerse, a crear y a pensar por su cuenta. Reservar momentos del día y rincones de la casa libres de dispositivos no es estar en contra de la tecnología: es asegurarse de que el niño desarrolla todo lo que necesitará para manejarla bien el día de mañana.

Las habilidades que de verdad importarán

Conviene perder el miedo a una idea: el trabajo del futuro no premiará a quien sepa usar la última herramienta —eso lo sabrá hacer todo el mundo—, sino a quien sepa pensar, decidir y relacionarse. Las empresas que hoy ya trabajan con inteligencia artificial lo confirman: cuando todos tienen acceso a la misma tecnología, lo que marca la diferencia es el criterio para dirigirla.

Así lo ven desde compañías especializadas en capacitación tecnológica como la española Evolve, que preparan a profesionales y empresas para trabajar con estas herramientas. Su conclusión es sencilla y aplica igual a un directivo que a un niño de Primaria: la tecnología no transforma a las personas, las transforman las personas que aprenden a usarla con criterio. Y ese criterio —la curiosidad, la constancia, el pensamiento propio— no se descarga de ninguna aplicación. Se cultiva en casa, desde pequeños.

Preparar a nuestros hijos para un mundo de inteligencia artificial no consiste, por tanto, en convertirlos en expertos en tecnología cuanto antes. Consiste en algo mucho más humano: ayudarles a ser personas que piensan, que se esfuerzan y que saben cuándo apoyarse en una herramienta y cuándo confiar en su propia cabeza.

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