Cariño, hay una fascista en el Teatro del Barrio, pero no es lo que parece

Redacción

¿Una fascista en el Teatro del Barrio? ¿Qué somos ahora, el Teatro del Fascio? ¿Nos hemos vuelto locas?

No es lo que parece, cariño, te lo puedo explicar

Se tumba en la cama y fuma y bebe y se levanta y da vueltas por el dormitorio, mira el móvil, se acuesta de nuevo, no puede dormir y toma pastillas, se desespera, pone música, la quita, enciende otro cigarro y observa ese universo alrededor de su cama lleno de botellas, papeles, ropa, cajetillas vacías, un cenicero… y, de pronto, observa al público y dice: “Estoy muy nerviosa, estoy radiante, pero muy nerviosa. No sé ni qué hora es, qué hora es… las seis menos veinte de la madrugada ya, y aquí estoy, con los ojos como platos”. Se llama Lucía de Montes y está nerviosa porque por la mañana se convertirá en la primera mujer en presidir el gobierno de España, en la primera mujer fascista, elegida democráticamente, que estará al frente del país. Por eso no puede dormir. Después de escucharla, seguramente nosotras tampoco. Qué queréis, qué miráis, dice.

Es el punto de partida de La mujer fascista, una obra escrita e interpretada por Ana Varela y dirigida por José Juan Rodríguez, cuyo estreno absoluto será en Teatro del Barrio el próximo 14 de septiembre. Una pieza sobre el vértigo del poder, la exposición pública y los límites del teatro como espacio de libertad producida por La Intemperie Teatro, con luces de Paloma Parra y escenografía de Laura Ordás y Delfín Caset. El espectáculo podrá verse tres lunes más: el 21 y 28 de septiembre y el 19 de octubre.

Hace más de una década, Ana Varela vio en el Festival Internacional Teatro a Mil de Chile una función de La amante fascista, un texto de Alejandro Moreno, considerado un “clásico chileno contemporáneo”, con la actriz Paulina Urrutia en la piel de la esposa de un capitán del ejército chileno. En aquella obra, la mujer esperaba, durante una noche de ansiedad e insomnio, la llegada de su amante mientras vomitaba sus tesis ultraderechistas sobre la situación del país. Varela conservó en su memoria el impacto que le provocó aquel montaje y decidió usarlo como fuente de inspiración en la escritura de un nuevo texto, La mujer fascista, que lleva a escena la vigilia de “la primera mujer presidenta de España, votada democráticamente, una mujer fascista que comparte un tiempo de intimidad con el público durante toda una noche”.

“Desde 2012, cuando vi aquella obra en Chile, hasta hoy —explica—, han pasado muchas cosas en el mundo: el auge de la ultraderecha, no solo en España con VOX sino en el resto de Europa, y todo este momento que estamos viviendo de guerras y ascenso de Trump”, de ahí que la pieza dialogue con el presente de forma radical.

La protagonista acaba de ganar unas elecciones, por la mañana pronunciará su discurso de investidura y se convertirá en presidenta del país. La mujer fascista debería estar feliz, debería estar pensando en todas esas políticas xenófobas, racistas y ultranacionalistas que va a poner en práctica en cuanto estrene su nuevo despacho. Pero la mujer fascista está triste… ¿Qué tendrá la mujer fascista?

LA PULSIÓN DE AUTODESTRUCCIÓN DEL FASCISMO

“Hemos querido enfocar el trabajo en la creación del personaje teatral y en todas las posibilidades que nos brinda, que son muchas”, dice José Juan Rodríguez sobre el proceso de búsqueda y construcción de un personaje que no quiere ser cliché, estereotipo o meme. Y añade la actriz y dramaturga: “Hemos tratado de descubrir quién es ella realmente. Hemos indagado en ese aspecto íntimo sin tapujos, sin colocarle una máscara, sino todo lo contrario, y descubrimos a una mujer, como muchas otras, que sufre, que tiene ansiedad y no puede dormir porque está muy satisfecha con su triunfo, pero también vive este momento con el mayor de los miedos y la mayor de las iras, porque en la obra también flota esa pulsión autodestructiva y de muerte que tiene el fascismo de la que Jota y yo hemos hablado mucho a lo largo del proceso”.

“El fascismo es uno de los elementos centrales en esta pieza, no podemos obviarlo, no queremos. Y el fascismo es autodestrucción, esto no es una suposición ni una idea, es un hecho, y quizá tenga que ver con la pulsión de muerte del ser humano. Creo que el fascismo, al final, coge la pistola, siempre coge las armas, y la derecha tiene que existir, qué le vamos a hacer, pero el fascismo no. Creo que el fascismo es destrucción y esa es una idea que hemos manejado en todo el proceso” señala el director.

Con un aire al cine de Cassavetes —Ana Varela nos recuerda a la Gena Rowlands de Una mujer bajo la influencia— y referencias a la obra de la artista británica Tracey Emin, La mujer fascista propone una conversación no solo sobre el fascismo, también formula preguntas, desde un punto de vista creativo y artístico, acerca de la equidistancia, la manipulación o sobre cómo y desde qué lugar hacer una obra “sobre un tema que detestamos: obviamente, el fascismo y las gentes fascistas no nos gustan, pero aquí tenemos un personaje y una actriz que son extremas, impunes, idóneas para explorar el espacio de libertad que consideramos que es el teatro”, explica el director de la obra.

La mujer fascista huye de la conversación para convencidos y no busca ese gesto de asentimiento en su público, sino la potencia teatral de un personaje extremo que comparte con el espectador un espacio mental que tiene algo de ensoñación o delirio, provocado por la ansiedad, la falta de sueño y, seguramente, el miedo. La futura presidenta del gobierno se dirige al público, habla con él. ¿Es un público real o solo existe en su mente desquiciada? Explica Ana Varela que “existe en la obra una especie de conciencia del lugar en el que estamos, un teatro con un público que entra a ver una obra que se llama así, La mujer fascista, y eso ya genera muchas cosas. Es una idea de Jota, que busca plasmar los dos mundos, el de la actriz y el del personaje, sin tener nada que ver una con otra. Yo no tengo nada que ver con una mujer fascista, pero sí con el miedo al juicio, con el miedo a la observación, con ese miedo de los actores y las actrices”.

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