Redacción
Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de videojuegos en casa, la imagen habitual era bastante sencilla: un niño o un adolescente sentado frente a una pantalla, concentrado en una partida mientras el resto de la familia hacía su vida.
Pero esa imagen se ha quedado bastante antigua. Los videojuegos han evolucionado y también lo ha hecho la manera de jugar. Hoy existen propuestas pensadas para varias generaciones, juegos cooperativos, aventuras que requieren resolver problemas juntos y experiencias en las que padres, hijos, hermanos e incluso abuelos pueden sentarse alrededor de la misma pantalla. Y quizá lo más interesante es que jugar juntos puede convertirse en una nueva forma de pasar tiempo en familia.
Del “ve a jugar” al “¿jugamos?”
Durante años, los videojuegos fueron considerados principalmente una actividad infantil o juvenil. Muchos padres los veían como una forma de entretenimiento que competía directamente con otras actividades: estudiar, salir al parque, leer o simplemente apagar la pantalla. Sin embargo, la situación ha cambiado. Muchos adultos que crecieron jugando a videojuegos siguen haciéndolo y ahora comparten esa afición con sus hijos. La diferencia es importante. Ya no se trata necesariamente de que los padres permitan a sus hijos jugar, sino de que padres e hijos pueden jugar juntos. Y eso cambia completamente la experiencia.
Cooperar en lugar de competir
Uno de los grandes atractivos de los videojuegos familiares está en los títulos cooperativos. En lugar de enfrentarse unos contra otros, los jugadores tienen que colaborar para superar una aventura, resolver un rompecabezas, construir algo o alcanzar un objetivo común. Aquí aparecen situaciones muy familiares: uno descubre una pista, otro controla al personaje, alguien recuerda cómo superar una determinada prueba y, de repente, todos están pensando en la misma solución. No importa tanto quién consiga más puntos. Lo importante es conseguirlo juntos. Este tipo de juegos puede favorecer la comunicación y la coordinación, especialmente cuando la familia aprende a organizarse para superar los diferentes retos.
También enseñan a perder
Hay una lección que los videojuegos pueden enseñar de una manera bastante directa: no siempre se gana. Un personaje cae, una misión fracasa, se pierde una partida y toca empezar de nuevo. Para los niños, aprender a gestionar esa frustración puede formar parte de la experiencia. No conseguir algo a la primera no significa que haya que abandonar. Se puede volver a intentar, cambiar de estrategia y aprender de los errores. Eso sí, los adultos también tienen que dar ejemplo. Porque resulta curioso ver cómo algunos padres son capaces de explicar a sus hijos que perder no pasa nada… hasta que pierden ellos.
Una puerta para conversar
Jugar juntos también puede convertirse en una oportunidad para hablar. Mientras se juega aparecen conversaciones espontáneas sobre los personajes, las decisiones que hay que tomar, las historias o incluso los gustos de cada miembro de la familia. Además, conocer los videojuegos que interesan a los hijos puede ayudar a los padres a comprender mejor una parte importante de su mundo. No significa que haya que convertirse en expertos ni jugar durante horas. A veces basta con sentarse, preguntar qué están jugando y dejar que sean ellos quienes expliquen las reglas.
Videojuegos para diferentes generaciones
La oferta actual es enorme. Hay juegos de carreras, aventuras, deportes, construcción, estrategia, música, baile, preguntas, cocina y rompecabezas. Eso permite encontrar experiencias muy diferentes. Un abuelo puede disfrutar de un juego de cartas digital. Una madre puede descubrir que se le da sorprendentemente bien un juego de carreras. Un padre puede convertirse en el peor jugador de la familia en una aventura cooperativa. Y los niños, naturalmente, estarán encantados de recordárselo durante los próximos diez años. La tecnología, en este caso, funciona simplemente como una herramienta para compartir una actividad.
El equilibrio sigue siendo fundamental
Que los videojuegos puedan ser una actividad familiar no significa que haya que pasar todo el día delante de una pantalla. Como ocurre con cualquier forma de entretenimiento, es importante establecer un equilibrio. El juego no debería sustituir sistemáticamente al deporte, al descanso, a las relaciones sociales presenciales o a otras actividades. Una buena idea puede ser establecer momentos concretos para jugar juntos. Por ejemplo, una tarde de fin de semana puede convertirse en una pequeña tradición familiar: elegir un juego, preparar algo para picar y pasar un rato juntos. Lo importante no es la duración, sino la experiencia compartida.
No importa quién sostiene el mando
Quizá el mayor cambio sea precisamente este: los videojuegos ya no tienen por qué ser una actividad solitaria. Pueden convertirse en una excusa para sentarse juntos, reírse, competir, cooperar, equivocarse y volver a intentarlo. Y eso tiene un valor especial en una época en la que cada miembro de la familia puede estar mirando una pantalla diferente desde una habitación distinta. Un videojuego puede hacer justo lo contrario: conseguir que varias personas miren la misma pantalla y, sobre todo, compartan lo que está ocurriendo delante de ella. Porque al final no se trata de ganar la partida.
Se trata de crear un momento que después pueda convertirse en una historia familiar: aquella carrera imposible, aquel nivel que costó horas superar, aquella partida en la que alguien ganó contra todo pronóstico o aquella tarde en la que los padres descubrieron que sus hijos tenían bastante más paciencia que ellos. Y quizá ahí esté la verdadera revolución de los videojuegos como entretenimiento familiar: han dejado de ser únicamente algo que se juega y pueden convertirse en algo que se comparte.
