«Al final de las cosas», vuelve Noemí Rodríguez, entre poética y burlona

Redacción

Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa. Del 9 de octubre hasta el 15 de noviembre

«Al final de las cosas» retrata el instante de delirio en que una pareja arriesga todo lo que conoce para no morir bajo distintas formas de renuncia, depresión, miedo y sacrificio. Lo que comienza como un cuento de una noche de verano se transforma en una promesa incumplida y en el derrumbe de una forma de vida que inaugura otro tiempo: un espacio de tránsito donde conviven la duda, la resistencia, la contradicción, la lucidez, la crueldad, la ternura y el amor.

Esta obra aspira a representar todos aquellos espacios entre lo viejo y lo nuevo donde se produce una mudanza de sentido y en donde los cuerpos desfigurados de los protagonistas se adentran en la incertidumbre, el desgarro, el patetismo y la improductividad del duelo.

Esta comedia trágica es una oda a quienes retan la inercia y arriesgan su porvenir; una carta de amor a los amores desaparecidos y a quienes plantan flores sobre sus propias cenizas.

Una obra poética, irreverente, brutal, sorprendente y divertida.

Una pieza donde la caída es también una forma de ascender.

Nota de la autora y directora

Hay algo en la pérdida que me resulta profundamente fascinante. No el final en sí, sino ese tiempo raro que se abre cuando algo ya está fallando y, sin embargo, todavía insiste.

Ese instante en el que lo que fue sigue teniendo forma, aunque ya no pueda sostenerse.

Me obsesiona ese momento difícil de nombrar en el que algo comienza a pedir un gesto sin revelar todavía cuál. Cuando nada ha ocurrido del todo pero ya no es posible seguir igual. Ahí aparece una tensión que me resulta profundamente teatral: la convivencia entre el deseo de quedarse y la necesidad de partir.

No me interesan las decisiones heroicas ni las certezas. Me interesan los cuerpos cuando dudan. Cuando se contradicen. Cuando intentan sostener una identidad que empieza a resquebrajarse. En esos estados límite aparece a veces una forma extraña de lucidez que puede ser tan hermosa como cruel.

Al final de las cosas nace del deseo de permanecer en ese umbral sin apresurarse a cruzarlo. De observar aquello que se transforma y honrar a las versiones de nosotros mismos que no sobrevivieron al temblor.

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