Amarga Navidad. El cine mirándose al espejo

Por Nico Pérez

Hay cineastas que envejecen y hay cineastas que se examinan. Pedro Almodóvar, en esta etapa crepuscular de su obra, ha elegido lo segundo, y Amarga Navidad es el resultado de esa disección: una película que se pregunta, con valentía y cierta incomodidad, de dónde vienen las historias y a quién le pertenece el dolor que las alimenta.

El punto de partida es aparentemente sencillo. Elsa pierde a su madre en pleno diciembre y, en lugar de afrontar el duelo, huye: hacia el trabajo, hacia la distancia física, hacia cualquier cosa que le permita no sentir. Sin embargo, su historia no avanza sola: se entrelaza con la de un director de cine que parece apropiarse de su dolor para convertirlo en relato. A partir de ese momento, la frontera entre lo vivido y lo narrado se vuelve difusa, deliberadamente inestable, y la película se despliega como un juego de espejos donde el duelo, la memoria y la creación se contaminan mutuamente.

El film toma su título de una canción de Chavela Vargas y, como ella en sus últimos años, parece renunciar al canto para abrazar la narración. No es casual que dos de los momentos más memorables nazcan de esa herencia, uno de ellos reinterpretado con la voz maravillosa e hipnótica de Amaia, en un homenaje que condensa con precisión el tono emocional de la obra.

Como la propia Chavela en su etapa final, Almodóvar abandona aquí cualquier atisbo de estridencia para situarse en un registro más bajo, más contenido, casi confesional. Este ya no es el cineasta desbordado del siglo XX, el de la provocación, el exceso emocional y la estética pop; aquel que construía universos donde lo marginal se convertía en celebración. Ese Almodóvar caótico, punk y libre ha ido cediendo paso, con el tiempo, a otro más consciente de sí mismo.

Su cine ha evolucionado hacia una forma más depurada, introspectiva y elegante, sin perder por ello su identidad. En Amarga Navidad no solo revisita su imaginario —algo que se evidencia en la presencia de intérpretes habituales, entre apariciones centrales y sutiles cameos—, sino que también se somete a un ejercicio de autocrítica. Hay una voluntad clara de cuestionar el origen de sus historias y el lugar que ocupa la realidad dentro de ellas, como si el propio cineasta se preguntara hasta qué punto toda creación es, inevitablemente, una forma de apropiación.

Lo más notable del film —y también lo más arriesgado— es la construcción de sus cuatro niveles de ficción. Almodóvar es el guionista de su propia película; dentro de ella, su protagonista escribe un guion sobre una directora que, a su vez, está construyendo otra historia. Historias dentro de historias dentro de historias: una arquitectura metaficcional que solo puede sostenerse desde la genialidad, y que aquí funciona no como artificio intelectual sino como forma de explorar uno de los temas centrales del film: el arte como apropiación del dolor ajeno. Cada capa dialoga con las demás, mostrando cómo la experiencia —propia o robada— se transforma en relato, y cómo contar es siempre también reinterpretar.

El director explota este metalenguaje hasta el punto en que la propia historia de la película se vuelve maleable, susceptible de ser reescrita por el mismo personaje que la protagoniza. En esa ambigüedad reside buena parte de su fuerza. Es destacable la fotografía impecable de la película, con un diseño de espacios y colores de calidad extraordinaria, al que nos ha venido acostumbrando desde el inicio.

Esta nueva película se apoya en un reparto que trabaja en estado de gracia. Amarga Navidad es, ante todo, una película de silencios, de miradas y de lo que no llega a decirse —un giro radical respecto al Almodóvar primigenio, más apoyado en la retórica y en el intercambio de diálogos largos—. Bárbara Lennie y Aitana Sánchez-Gijón ofrecen interpretaciones de una precisión e intensidad extraordinarias, adueñándose de la pantalla con esa contención expresiva que solo los grandes actores saben sostener. Son ellas quienes cargan el peso emocional del film. Los complementan con solidez Leonardo Sbaraglia, Victoria Luengo, Patrick Criado, Milena Smit y Quim Gutiérrez.

No todo, sin embargo, termina de encajar con la misma precisión. La primera parte puede resultar lenta y desorientadora, con una progresión que tarda en revelar su dirección y que corre el riesgo de perder al espectador menos paciente. Algunas decisiones de guion, en un primer momento, parecen erráticas o poco justificadas, generando la sensación de una cierta irregularidad narrativa. No obstante, esa aparente fragilidad encuentra, en parte, su sentido dentro del propio dispositivo metaficcional de la película: Almodóvar parece anticipar o colocar estratégicamente esas grietas para incorporarlas después al discurso, en una maniobra casi defensiva, adelantando la crítica e integrándola en la obra. Es un gesto arriesgado, que puede leerse tanto como lucidez como autoindulto. Asimismo, también puede resultar chocante cómo la película abandona el costumbrismo de sus primeras entregas para centrarse en personajes que habitan auténticos casoplones y lucen Prada casi como si fueran emplazamientos publicitarios.

La película concluye —sin revelar demasiado— con un plano en el que Natalia y Elsa miran directamente a cámara, plenamente conscientes de su condición ficticia. El contraplano nunca llega: ese espacio lo ocupamos nosotros. Nos convertimos, sin opción de escapar, en testigos y cómplices de la ficción, añadiendo una capa más a esta compleja metapelícula. Almodóvar, en ese gesto final, no nos deja fuera de la historia. Nos hace parte de ella.

En Amarga Navidad, el cineasta manchego realiza algo más que una obra de madurez: lleva a cabo un ejercicio de toma de conciencia sobre su propio cine, sobre el lugar de la realidad dentro de la ficción y sobre lo fácil que resulta apropiarse del dolor ajeno en nombre del arte. En ocasiones roza la autocompasión; la mayoría del tiempo, sin embargo, alcanza algo más difícil y más honesto: la lucidez sobre uno mismo.

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