Por Clara Paz Otero
Del magnetismo de Cadaqués a la elegancia de Llafranc, recorremos el Ampurdán a través de cinco paradas que combinan historia medieval, calas de agua turquesa y una gastronomía de primer nivel.
La Costa Brava no necesita filtros ni adornos. Su carácter lo define la tramontana, el granito de sus acantilados y una identidad mediterránea que ha resistido intacta al paso de las décadas. No es solo un destino de sol y playa; es un itinerario de contrastes donde los pueblos de pescadores conviven con recintos amurallados y algunos de los mejores productos del mar de Europa. Hoy trazamos una ruta por cinco enclaves imprescindibles para entender el alma de la provincia de Girona.
- Cadaqués: El refugio de la luz blanca
Nuestra ruta comienza donde España se asoma al este. Cadaqués no es solo un pueblo; es un estado mental. Sus casas encaladas y las barcas de pescadores descansando en la orilla parecen detenidas en el tiempo.
Imprescindible: Perderse por sus calles empedradas (es rastrell) y subir hasta la Iglesia de Santa María para ver el mar desde las alturas. Si tienes tiempo, la Casa-Museo de Dalí en Portlligat es una inmersión necesaria en el surrealismo.
Para el paladar: Si buscas algo especial, el restaurante Compartir (de los ex-jefes de cocina de El Bulli) es una experiencia gastronómica de nivel mundial basada en platos compartidos con una creatividad desbordante. Para algo más tradicional pero impecable, Can Rafa en pleno paseo marítimo ofrece los mejores pescados frescos de la bahía.
- Pals: El medievo entre arrozales
Dejamos la costa por un momento para adentrarnos en el interior. Pals es una joya gótica impecablemente conservada. Caminar por su recinto amurallado es lo más parecido a viajar al siglo XIV.
Imprescindible: La Torre de las Horas y el mirador de Josep Pla, desde donde se divisan las Islas Medes y la inmensidad del Ampurdán.
Para el paladar: Aquí el protagonista es el arroz de Pals. El restaurante Vicus eleva este producto local a la categoría de arte con sus arroces a la cazuela.
- Begur y sus calas de ensueño
Si existe un paraíso en la tierra, Begur tiene muchas papeletas para serlo. Coronada por su castillo medieval, esta localidad es famosa por sus «casas de indianos» (construidas por quienes regresaron de Cuba en el XIX) y, sobre todo, por sus calas.
Imprescindible: Un baño en Aiguablava o una caminata por el Camino de Ronda que une Sa Tuna con Aiguafreda. Las aguas cristalinas aquí no envidian nada al Caribe.
Para el paladar: En la cala de Sa Tuna, el restaurante Es Furió es un clásico para comer una paella con los pies casi en la arena. Si buscas vistas de infarto, el Cap Sa Sal es una apuesta segura.
- Palafrugell y Llafranc: La esencia marinera
Terminamos nuestro recorrido en el corazón del Baix Empordà. Palafrugell ofrece la autenticidad del mercado local, pero son sus núcleos costeros los que roban el aliento.
Llafranc: Este antiguo pueblo de pescadores se ha convertido en uno de los destinos más elegantes. Su paseo marítimo, flanqueado por pinos y terrazas, invita a la calma. No olvides subir al Faro de San Sebastián para disfrutar de una de las panorámicas más espectaculares de toda la costa.
Para el paladar: En Llafranc, el restaurante Casamar ofrece una cocina de producto local con una técnica exquisita. Si prefieres algo con sabor a tradición bajo los arcos de la vecina Calella de Palafrugell, La Xicra es el lugar ideal para probar el «suquet de peix».
Consejos para el viajero
La mejor forma de disfrutar esta ruta es el Camino de Ronda. Muchos de estos pueblos están conectados por senderos que bordean los acantilados. No es solo un paseo; es la mejor forma de entender por qué esta costa se llama «Brava»: por su fuerza, su roca indomable y su belleza salvaje.