sábado, noviembre 26, 2022

DAVID V. MURO: “GRACIAS A MI PROFESIÓN APRENDÍ A MIRAR A LA GENTE A LOS OJOS, ANTES ERA INVIABLE”

Texto: Mar Olmedilla / Fotos cedidas por David V. Muro

Cojo el teléfono y marco su número. ¿A quién estoy llamando?, me pregunto de repente. ¿Con quién quiero hablar? ¿Con Servando Gallo Muñoz, ese que vive en “Acacias 38” o con Roberto Pinilla de la Peña, el que siempre está montando  “Escenas de matrimonio”? ¡Pero qué digo, qué confusión tengo! Ahora caigo que no vivo dentro de la pantalla del televisor donde tantas veces me le cruzo, sino que vivo en el mundo real. Hoy el día está un tanto, tal vez eso me esté embotando la cabeza. Con el que me apetece hablar realmente es con David V. Muro, un “peazo actor que quita el sentío o te lo hace perder cuando lo ves en la caja tonta”, dicho así de una manera castiza. Contesta al teléfono y escucho su voz. ¡Anda!, pero si no habla en plan chulesco. ¡Ah, que no me habla el personaje sino el actor! Claro, ¡esta cabeza mía otra vez!, porque hoy a quien quiero realmente conocer es al actor y a la persona que le da vida.

Le noto un tanto agitado por la respiración y sugiero llamarle en otro momento, “no, no, dame un minuto. Es que estoy montando un zapatero y no me aclaro con tanto tornillo. Hablar contigo me viene al pelo, así dejo por un momento este puñetero Frankestein que estoy montado. Pues se tiene en pie, tan mal no lo estoy haciendo aunque no sé dónde va la pieza que me sobra”, me cuenta como el que me conociera de toda la vida. Desde ese momento entiendo, y agradezco, que esto más que una entrevista va a ser una charla con un tipo extraordinario.

─Que paradoja, tú montando muebles y TVE desmontando el decorado de “Acacias 38”, tu casa, después de seis años en antena.

─Así es. Durante seis años nos ha ocurrido de todo en la serie. Se nos quemó el decorado por completo y en menos de un mes y medio se volvió a levantar, nos han cambiado de horario si han querido y sin avisar… Aún así hemos resistido y llegado a levantar la audiencia de la tarde en TVE. De repente, la televisión pública ha decidido quitar la serie definitivamente y lo ha hecho de una manera muy fea. Con decirte que nos hemos enterado de esta noticia antes por las redes que por un comunicado oficial. Nuestros seguidores, que han sido muy fieles, en cuanto se enteraron de la noticia no han dejado de protestar, incluso desde la plataforma Change.org se han pedido firmas para protestar por esta decisión.

No me esperaba tanta franqueza. Sabía que la serie se había quitado de la parrilla de TVE pero, ingenua de mí, pensaba que el motivo respondía a la ley de las ondas hertzianas, aquello de todo tiene un principio y un fin, y más en la televisión. David V. Muro es de lo que piensan que si algo no funciona es lógico que se cambie, que se mejores, pero no era el caso de esta serie que ya es todo un clásico. “Si algo funciona por qué no dejarlo. Funciona incluso sin publicidad. Sin embargo, es mejor contratar a 292 consejeros nuevos para TVE, ahora precisamente, en la época que estamos viviendo. No lo entiendo”, termina por desahogarse.

TVE ha suspendido la serie Acacias después de seis años de emisión.

─Eso tiene que doler, pero me pregunto qué siente el actor cuando ve cómo quitan las paredes y las calles del que ha sido tu barrio durante tanto tiempo.

─Una gran pena. Llevo treinta y siete años sobreviviendo de esta profesión. Durante este tiempo he trabajado con personas maravillosas, pero también, a veces, me ha tocado trabajar con otras personas que hacen que te sientas incómodo. En  “Acacias 38” he trabajado y convivido con un grupo de personas auténticas, donde nadie era más que nadie, donde nos ayudábamos los unos a los otros. Han sido seis años desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde, incluso fines de semana si era preciso. No somos simples compañeros, somos una gran familia. Desmontar el decorado, vaciar mi camerino… muy triste.

David V. Muro se ha emocionado, intenta controlarse, pero es inevitable, se le quiebra la voz. Por unos segundos permanezco en silencio, le dejo que tome aire. “No lo puedo evitar, soy mucho de llorar, tengo alma de peluquera de provincias”, bromea mientras se recompone para continuar con la entrevista. Es un actor, un gran actor, sí, pero por encima de todo, una persona sensible a la que no le da miedo ni vergüenza mostrar su vulnerabilidad ante una periodista. “Se va desmontando tu vida en cierto modo –me explica-. No tienes nada que ver con el personaje, pero le has cogido tanto cariño que es como decir adiós a una parte de ti. Ahora mismo tengo una mezcla de pena, rabia, cariño, y esto no se pasa tan pronto. Al menos a mí, no”. En pocos días ha tenido que recoger su camerino, llevarse la cafetera con la que ha logrado mantenerse en pie a pesar del cansancio y echar la llave a una etapa de su vida en la que ha sido muy feliz. “Es como cuando se rompe un matrimonio y se tiene que vaciar la casa que se ha compartido. Cuando coges esa última caja y miras alrededor, por tu mente pasa la película de lo que ha sido tu vida durante ese tiempo. Son sensaciones muy fuertes”.

No se le da valor a la cultura

─El trabajo de un actor, es decir, tu profesión, ¿crees que está valorada como debiera?

─Nunca hemos estado bien cuidados. La cultura nunca ha estado de moda. No se admite el valor que tiene. Sin embargo, está demostrado que sin cultura no se puede vivir. Sin ir más lejos, sin cultura no se podría haber vivido esta pandemia. Todos encerrados en casa, sin poder salir y la única vía de escape han sido las películas, las series, los libros, la música… La gran mayoría de personas se han distraído y han aguantado gracias a nosotros, eso es real. No valorar la cultura es despreciar a toda esa gente que la consume, creo que no les interesa que la gente piense.

El actor busca una sonrisa todos los días a la vida.

David V. Muro ha mamado cultura desde la cuna. Su madre se puso de parto en el mismísimo Teatro Alcázar. Aprendió a amar su profesión, entre camerinos y bambalinas, gracias a su padre, otro mítico actor, Venancio Muro, “El marino de los puños del oro”, y a su madre, Juanita, en realidad Juana Batanero, diseñadora de vestuario que ha llegado a ganar un Goya y que ha cosido puntada a puntada a “La niña de tus ojos” y “Los otros”, por ejemplo.  Una familia muy castiza a la que nunca le ha faltado “un plato en la mesa, una rodillera en los pantalones y un libro para leer, aunque sólo pudiéramos comer carne una vez al mes”, recuerda con añoranza al hablar de sus padres. Su sonata preferida para dormir era el traqueteo de la máquina de coser de su madre y el plato estrella en casa, “patatas guisadas con conejo, pero sin conejo”. Tampoco olvida el sabor de la Quina Santa Catalina, que hacía furor en la dieta de los niños de aquellos años 60.

Se considera un tipo muy simple, con una vida muy normal y una inquietud permanente: descubrir día a día los pequeños placeres que nos regala la vida.  “En mi familia hemos estado toda la vida a prueba, nunca sabíamos qué iba a pasar mañana. Por eso digo que a mí todo lo que está pasando ahora con tanto ERE debido a la pandemia, no me pilla por sorpresa. Mi vida, ser actor, es vivir en un ERE constante, es ley de vida en mi profesión. Pero la hemos elegido nosotros, nadie nos ha puesto una pistola en la cabeza. Es totalmente vocacional, tal vez por eso nos hemos acostumbrado a vivir en el alambre de la incertidumbre e inseguridad”, dice con la pasión que siente por su oficio y no puede ocultar.

“Como dice mi maestro y amigo Pepe Sacristán –continua-, aunque no es como trabajar en una mina, puede ser agotador, terminas con el cuerpo roto tras dos funciones diarias. Pero lo hemos elegido nosotros, disfrutamos con lo que hacemos, tampoco hay que pasarse quejándose”. No superó su tremenda timidez hasta los 18 años cuando empezó a actuar, “gracias a mi profesión aprendí a mirar a la gente a los ojos, antes era inviable. Siempre fui un niño muy calladito, con el tiempo me diagnosticaron que lo que tenía era autismo de alto rendimiento”.

¡Quién lo diría!, pienso para mí. Si algo tiene David es don de palabra, pensamiento claro y gracia para contar las cosas, incluso las más tristes. “Mi padre me decía siempre –explica- que para tú estar bien tienes que intentar hacer feliz a la gente. Siempre alegre para hacer felices a los demás, aunque no se den cuenta. Creo firmemente que hay que buscar la sonrisa todos los días, aunque haya esos días que la vida no te sonría”.

El pequeño hombrecito se convierte en actor A los 12 años ya se creía todo un hombre y comenzó a fumar, a echar una mano en casa en todo lo que se podía. “Venía del colegio y era yo el que hacía la comida para ayudar a mi madre que no paraba de coser. Así me hice un cocinillas, por necesidad”, bromea. Otra de las formas de arrimar el hombro en casa fue  “quitando grasa y más grasa en la cocina de restaurantes y bares. Con lo que sacaba, aportaba algo a casa, me compraba tabaco y algún capricho que otro. Además, descubrí que el vinagre y una piedra porosa son el mejor producto para limpiar las planchas de la cocina”, cuenta entre risas. Otro de aquellos trabajos de apoyo y supervivencia fue el de repartidor de churros, para lo que se levantaba a las cinco de la mañana. Bebía de los libros, partituras de zarzuelas, libretos de teatro y se preparaba para ser actor, para dominar el arte de la escena, el gesto y la palabra. También cumplió con el servicio militar, “hice la mili para irme de casa en realidad, para independizarme”, reconoce.

 Y lo consiguió, se hizo actor, a la pruebas me remito. Durante cuatro años recorrió mundo con  “Antología de la zarzuela”, gracias a José Tamayo. Cantó con Plácido Domingo o Victoria de los Ángeles, entre otros, representando más de 40 obras. Dejó de ser el chico del coro para representar protagónicos e incluso dirigir. Formó parte del elenco de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, con Adolfo Marsillach. Ha representado un sinfín de papeles en musicales, siendo su Sancho Panza, en “El hombre de la Mancha”, junto a su Quijote, Pepe Sacristán, del que más orgulloso se siente. Pero sin duda alguna, ha sido la televisión, esa caja tonta, la que le ha proporcionado el reconocimiento y la popularidad entre el gran público.  “Los 80”, “El tiempo entre costuras”, “La catedral del mar”, “Petra Delicado”, “Los Serrano”, “El comisario”, “Los hombres de Paco”… y podría seguir, pero para eso ya está la Wikipedia. El respaldarazo del éxito lo alcanzó, sin duda alguna, con Roberto Pinilla de la Peña, en “Escenas de Matrimonio” y, por supuesto, con el recién fallecido Servando Gallo Muñoz, en “Acacias 38”.

─Para ser actor hay que currárselo mucho, no basta con ser una cara guapa ni pisar alfombras rojas y dejarse ver, ¿no?

─Te voy a contar una anécdota. Un día al salir del teatro se me acerca una chica joven y me pide un autógrafo, me dice que es una gran admiradora, bla, bla, bla. Le hice una simple pregunta: ¿Por qué quieres ser actriz? Me contestó: No, yo quiero ser famosa. Me quedé con cara de gil. A lo que le dije, pues mira, deja de estudiar, no pierdas el tiempo ni dinero, vete a eso de ‘Hombres y Viceversa’, o como se diga, y vete a las discotecas a dejarte ver. No te compliques la vida queriendo ser actriz.

Me entra un ataque de risa y divagamos sobre cómo está la profesión y los derroteros que está tomando. Y me recuerda algo que tantas veces hemos escuchado todos: “Quién no ha oído a uno decir a otro, eh, con la gracia que tienes y tu desparpajo contando chistes, por qué no te metes a actor, vete a que te den un papel, lo harías muy bien. Muchos se creen que saben, pero no saben. Hay que estudiar mucho, prepararse, coger experiencia y tener vocación. Ser actor y ser famoso, no es lo mismo”.

El video que hizo durante la pandemia se hizo viral.

Las cocretas de la Kidman

Llevamos más de una hora hablando. El tiempo ha pasado sin darnos cuenta. Abordamos el placer del buen comer. Descubro que es un gran “cocinillas”, como se define, que incluso llegó a escribir un libro de pinchos y recetas, “saqué 500 ejemplares. Vendí uno y el resto los regalé”. Presume de sus amigos cocineros como Sergio Fernández, “somos uña y mugre como dice él”. Me sorprende con una anécdota relacionada con unas cocretas y una famosísima actriz de Hollywood. “Estaba mi madre cosiendo el vestuario de ‘Los Otros’. Como no tenía mucho tiempo, le acerqué unas cocretas que la había hecho para que tuviera algo que comer. Llamo a la puerta y me abre una chica alta, rubia, de piel transparente, era como una película sin revelar. Me miraba con esos ojos azules sin entender qué hacía yo allí con un tupper en la mano. Era Nicole Kidman. Enseguida aparecieron un montón de personas preguntándome qué hacía yo allí y qué quería. Yo, yo vengo a la casa de mi madre y le traigo la comida, les dije. Fue surrealista”.

─¿No me digas que le diste de comer cocretas a la Kidman?

─¡Qué va! Si era muy sosa.

De nuevo, más risas. Antes de que se me olvide, le pido prepare una de sus recetas para el periódico, y que me cuente su próximo proyecto. ─Si la suerte nos acompaña y el Covid no lo impide este verano estrenaré una nueva obra de teatro, se trata de una comedia muy fina y bien hilada, de la que voy a ser director y protagonista. Tengo el honor de contar con Emma Ozores, Amanda Marugán y Raúl Cano, Diego Martín ha hecho la banda sonora, Paco

Redondo la escenografía…El nombre todavía no está decidido, pero podría ser “La Caravana”.

Nos recreamos en la despedida. Gracias por todo. No gracias a ti, no a ti y cuando voy a colgar le sorprendo con una última pregunta. Santa paciencia la de David V. Muro.

─Te has hecho viral con el vídeo de “Imagínate que hubieras nacido en 1900…”. Tus palabras han transcendido por todo el mundo y lo han reproducido más de 3.000.000 de personas. La has liado parda.

─Se me ocurrió un día tras salir de tomar un café en un bar y escuché quejarse a unas personas por el hecho de tener que llevar mascarilla al supermercado. Salí a la calle y me solté ese discurso.  A mí esta pandemia me ha dado por ponerme delante del teléfono y decir lo que pienso, dar mi opinión, ese día tocó el tema de las mascarillas. Una forma de dejar un legado absurdo, supongo. No sé. Me ha dado por compartir mis cabreos, mis alegrías…

 Esta vez, sí, colgamos el teléfono. No siempre ocurre, pero en esta ocasión se me ha quedado grabada una sonrisa en el rostro. ¡Qué buen rato hemos echado! Él seguro que se ha quedado apurado, tiene que preparar muchas cosas. Mañana es sábado y tiene que ir a cuidar a su madre, Juanita, hoy día vive en su casa en la nebulosa del Alzheimer.

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