Del susurro del río Najerilla al canto imposible de una gallina

Por Antonio de Lorenzo

Por los caminos del norte de España, donde la tierra se vuelve dorada y el horizonte parece no terminar nunca, el peregrino aprende que no todas las etapas se miden en kilómetros. Algunas se miden en silencios, en respiraciones profundas, en esa calma que llega cuando el cuerpo deja de luchar y empieza, por fin, a caminar.

Salgo de Nájera antes de que el sol termine de desperezarse. El aire es fresco y aún guarda la humedad del río Najerilla, que cruzo como quien abandona un refugio conocido para adentrarse en lo incierto. Las piedras del camino todavía no queman, y eso se agradece. Cada paso es ligero, casi agradecido. Después de días exigentes, esta etapa promete descanso. Y el cuerpo lo sabe.

Al dejar atrás las últimas casas, el paisaje cambia sin pedir permiso. Las calles se diluyen en senderos de tierra, y los senderos en campos abiertos donde el cereal comienza a dominarlo todo. El verde tímido de la vid se retira, y en su lugar aparece un dorado suave que, con el viento, parece un mar en movimiento. Camino entre ese oleaje silencioso, acompañado apenas por el canto de algún ave madrugadora.

No pasa mucho tiempo antes de que el primer arroyo se cruce en mi camino. Un pequeño puente de madera sobre el Valdecañas me regala un instante de sombra. Me detengo. Bebo agua. Escucho. El sonido del agua es breve, casi tímido, pero suficiente para recordar que incluso en la aparente sequedad hay vida fluyendo.

Retomo la marcha hacia Azofra. Ese pequeño pueblo que, como tantos en el Camino, parece existir únicamente para el peregrino y para los cientos de hectáreas de viñedo que me rodean ahora. Llego cuando el sol ya empieza a hacerse notar. La calle principal me recibe con casas de piedra y puertas abiertas. Aquí todo invita a detenerse: un café, una conversación, un gesto amable y un porrón de vino clarete, que refresca el alma.

Entro en un bar. Pido algo sencillo. El pan sabe mejor aquí, no sé por qué. Tal vez porque se come sin prisa. Tal vez porque cada bocado es una pausa consciente. Azofra no es solo un punto en el mapa; es una advertencia: “llena tu cantimplora, porque lo que viene es silencio”.

Y el silencio llega

El tramo entre Azofra y Cirueña es, sin duda, el corazón de esta etapa. Casi diez kilómetros sin sombra, sin pueblos, sin nada que distraiga la mente. Solo el camino, el sol y uno mismo.

Al principio, se siente liberador. Luego, desafiante. Finalmente, transformador.

El sol cae con fuerza sobre la tierra dorada, y el reflejo multiplica el calor. Cada paso levanta un pequeño polvo que se adhiere a las botas como si quisiera acompañarte. Miro al horizonte, pero no cambia. Es el mismo siempre: plano, infinito, honesto.

En medio de una inmensidad de viñedos aparece un merendero. Bancos de madera, una mesa, y —si hay suerte— algo de beber. Me siento. No hay prisa. Nunca la hubo realmente, pero aquí se hace evidente. Compartimos el espacio ahora varios peregrinos, aunque casi no hablamos. No hace falta. El lenguaje del cansancio y la contemplación es universal.

Sigo caminando. El cuerpo empieza a protestar, pero de una forma distinta a otros días. No hay grandes subidas ni bajadas, solo una constancia que exige paciencia. Aprendo a regular el paso, a escuchar la respiración, a aceptar el ritmo que el día impone.

Y entonces, casi sin aviso, aparece Cirueña.

Lo primero que veo no es el pueblo, sino algo que rompe la armonía del paisaje: una urbanización de casas de lujo, un campo de golf. Es extraño, casi fuera de lugar, como un recuerdo moderno en medio de un relato antiguo. Rodeo el complejo siguiendo las flechas amarillas, confiando en ellas como siempre.

Al llegar al pueblo, la sensación es distinta. Cirueña es pequeño, tranquilo, casi silencioso. Encuentro un bar y entro sin dudarlo. El agua fresca es un lujo. La sombra, un regalo. Aquí el peregrino vuelve a ser humano después de ese tramo donde uno se siente, por momentos, apenas un punto en el paisaje.

Desde lo alto, antes de salir, miro hacia atrás. Los campos se extienden hasta donde alcanza la vista. Y más allá, la sierra del norte, que separa La Rioja del País Vasco, y la del sur, que limita con Castilla, y que se dibujan con líneas azules y verdosas que invitan a explorar aventuras lejanas, de otros tiempos.

El último tramo hacia Santo Domingo de la Calzada es un descenso suave. El paisaje sigue siendo abierto, pero algo cambia. Tal vez sea la cercanía del destino. Tal vez sea la promesa de descanso. El viento mueve las hojas de los cultivos, y por un momento todo parece sincronizado: el paso, la respiración, el sonido del campo.

Es un tramo para pensar. O para no hacerlo.

Todo invita a detenerse un instante, a fotografiar, desde la atalaya natural donde me encuentro, el Camino, ahora convertido en una ringlera que se pierde en el horizonte, en un paisaje que interrumpe la alta torre barroca de la catedral calceatense, construida a mediados del siglo XVII.

La entrada a la ciudad, como suele ocurrir, no es épica. Polígonos industriales, carreteras, asfalto. Es el recordatorio de que el mundo real sigue existiendo, aunque uno haya estado horas caminando en otro tiempo.

Cruzar al casco histórico para que todo cambie

Las calles empedradas, las murallas, la sensación de haber llegado a un lugar con historia altomedieval y renacentista. Aquí el Camino no solo pasa: se queda. Se siente en las paredes, en los portales, en las miradas.

Y entonces, asoma la catedral.

Imponente, silenciosa, cargada de siglos. Entro. El aire es distinto. Más fresco, más denso. Camino despacio, casi con respeto. Y allí, dentro, algo que nunca deja de sorprender: un gallo y una gallina vivos en pleno templo.

La leyenda cobra vida en ese instante.

Dicen que aquí una gallina cantó después de asada. Que la fe sostuvo lo imposible. Que el Camino está lleno de historias que desafían la lógica para alimentar el espíritu.

No sé si creo en milagros. Pero creo en esto: en la capacidad de un lugar para emocionar, en la fuerza de una historia para acompañar, en el poder del Camino para transformar.

Salgo de la catedral y me siento en una plaza cercana donde, en un viejo palacio y hospital, se alojan los peregrinos. Me quito las botas. Miro mis pies. Han caminado más de veinte kilómetros hoy, pero eso es lo que menos interesa. Porque todo lo que ha sucedido tan solo ha ocurrido entre un paso y otro: el silencio, el calor, el agua compartida, el horizonte interminable, la llegada. Esta etapa no exige al cuerpo, pero sí invita al alma.

Y mientras cae la tarde en Santo Domingo de la Calzada, entiendo algo que el Camino repite sin palabras: avanzar no siempre es cuestión de esfuerzo. A veces, es cuestión de dejarse llevar. Como nos dejamos llevar por el “pincho-pote” de los viernes, la mejor manera de cenar para todos, locales y caminantes.

Mañana habrá más kilómetros. Más historias. Más aprendizajes. Pero hoy, basta con esto. El gallo —dicen— a veces canta. Y si lo hace, quizá no sea por milagro. Quizá sea porque el peregrino, por fin, ha aprendido a escuchar.

Cuando canta el gallo en la iglesia, durante los oficios religiosos o fuera de ellos, al forastero se le descubre porque es el único que vuelve la cabeza hacia el insólito gallinero medieval.

La primitiva iglesia románica se construyó bajo la advocación del Salvador y Santa María. En 1098 Alfonso VI realizó la donación de un terreno para su construcción. Se consagró en 1106 por el obispo Don Pedro Nazar. Se convirtió en colegiata a principios del siglo XII y en catedral después de 1232; desde entonces es sede del obispo de Calahorra-La Calzada.

La construcción de la iglesia actual comenzó en 1158, conservando gran parte de la antigua. Dirigió estos trabajos el maestro Garçion. En el siglo XVI, la parte derecha del transepto se elevó para construir la tumba de Santo Domingo, de estilo románico-gotico de transición.

Está construida como una iglesia de peregrinaje, ya que se encuentra en el camino francés a Santiago de Compostela, con un característico deambulatorio, tras el altar mayor, que permite la circulación dentro de la catedral.

Y si tienen la fortuna de que le explique la catedral Pedro-Miguel Rojas, su guía más sobresaliente, puede sentirse afortunado.

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