Por Hipólito Pecci
En el año 2012 (ya ha llovido desde entonces), dentro del catálogo de la exposición «Arte sin artistas. Una mirada al Paleolítico», y gracias a mi director de tesis y amigo, el Doctor Sergio Ripoll López, publicaba dos artículos relacionados con un tipo de expresión humana que, a priori, no era muy cercana ni muy conocida, por así decirlo, «del gran público».
Últimamente me «está picando de nuevo el gusanillo» por este tipo de representaciones realizadas por nuestros antepasados, pues es cierto que, cuando cerramos los ojos y evocamos el arte del Paleolítico Superior, la imagen que suele acudir inmediatamente a nuestra mente es la de aquellas grandes pinturas rupestres, como la cueva de Altamira (Cantabria, España), la cueva de Lascaux (Dordoña, Francia), o la cueva de El Castillo (Cantabria, España).
Sin embargo, paralelamente a esas manifestaciones parietales, se desarrollaría otra forma de expresión artística de extraordinaria importancia: el arte mobiliar.
Pero ¿qué es el arte mobiliar?
La explicación es muy sencilla: «es el arte que podía viajar».
O, dicho de otro modo, son aquellas obras formadas por objetos transportables elaborados sobre piedra, hueso, asta, marfil, etc.
Pequeñas creaciones que constituyen uno de los mejores testimonios de la capacidad técnica, estética y simbólica de las comunidades de Homo sapiens que poblaron Europa, y que nos acercan a su creatividad y a su mundo interior.
Poco a poco, a medida que los estudios e investigaciones avanzan, aquellas figuras y aquellos elementos van haciéndose familiares a nuestros ojos, emergiendo desde la bruma de los tiempos, haciendo cada vez más remota la mano de quienes los crearon.
Entre las manifestaciones más espectaculares destacan las esculturas de pequeño formato, en donde los artistas paleolíticos pudieron plasmar, con sorprendente naturalismo, aquellos animales que avistaban, mamuts, caballos, bisontes, renos, felinos y otras especies que constituían el paisaje habitual de la Europa glacial.
Y, junto a ellos, efigies humanas y formas híbridas de difícil interpretación.
De esta forma, los descubrimientos realizados durante las últimas décadas, por ejemplo, en las cuevas del Jura de Suabia, en el sur de Alemania, han confirmado la extraordinaria antigüedad de este arte, situación que ha llevado a que los trabajos continúen plenamente activos.
En estos yacimientos se han localizado hallazgos trascendentales, los cuales marcan un paso hacia adelante en la complejidad simbólica de los grupos humanos.
No hay más que hacer referencia al Hombre León de Hohlenstein-Stadel, descubierto en 1939, escultura creada a partir de marfil de mamut y con una antigüedad de unos cuarenta mil años, que representa un ser híbrido de cuerpo humano y cabeza de león.
Pero, más impresionante si cabe, es el descubrimiento llevado a cabo en el año 2025 en la cueva de Hohle Fels de dos pequeñas tallas de fechas aproximadas, también plasmadas en marfil de mamut, que muestran formas de aves, pero con una singularidad, sus dimensiones son del tamaño de una uña.
Todos estos descubrimientos muestran que las poblaciones de Homo sapiens que habitaron Europa hace unos cuarenta mil años poseían ya una notable capacidad para representar tanto el mundo que les rodeaba como conceptos de carácter abstracto, constituyendo, además, una importante evidencia de la existencia de un pensamiento simbólico complejo.
Al principio del escrito hacíamos alusión al poco conocimiento existente sobre este tipo de arte en la sociedad.
No obstante, debemos hacer una excepción, ya que, creo, que sí existe un «tipo» de figuras que han llegado a ser bastante cercanas para todos nosotros, son las llamadas «venus» paleolíticas.
Estas pequeñas siluetas femeninas, distribuidas por buena parte de Europa, presentan una acusada exageración de determinados rasgos anatómicos.
El término «venus», en cualquier caso, es una denominación moderna y desconocemos qué significado tuvieron estas representaciones para quienes las realizaron.
Entre las más antiguas destaca la Venus de Hohle Fels, busto femenino tallado en marfil de mamut, descubierta en el año 2008 y con una antigüedad aproximada de cuarenta mil años.
De la misma forma, podemos acercarnos a otros ejemplares, como la Venus de Brassempouy, pequeña escultura esculpida en marfil de mamut, de unos cuatro centímetros de alto, hallada en 1894, que nos acerca a uno de los rostros más remotos en el tiempo y que, casualmente, comparte un gran paralelismo visual con algunas de las esculturas del gran pintor y escultor Amedeo Modigliani (1884-1920).
Y no debemos olvidarnos de la archiconocida mujer o Venus de Willendorf, pequeña estatuilla de unos treinta mil años de antigüedad, hallada en Willendorf, en el valle de Wachau, Austria, en 1908.
Aunque tradicionalmente se interpretaron como símbolos de fertilidad y abundancia, siendo vistas principalmente como diosas madres, en la actualidad se admite que pudieran desempeñar funciones muy diversas, y se ha querido ver en ellas amuletos de supervivencia del grupo, piezas mágicas e, inclusive, no falta quien apoya el argumento de autorretratos, defendiendo la idea de la representación de mujeres embarazadas.
La realidad es que su significado exacto sigue siendo incierto.
Pero el arte mobiliar no se limitó a objetos de carácter excepcional.
Muchos enseresi empleados en la vida diaria fueron cuidadosamente decorados, incluyendo, igualmente, numerosos utensilios de adorno personal.
De esta manera, nos encontramos con bastones perforados, propulsores, arpones y también con agujas, espátulas, colgantes elaborados a partir de conchas marinas o dientes de animales, entre otras cosas, todos ellos ejecutados con una calidad técnica sorprendente y demostrando que la funcionalidad y el sentido estético no eran conceptos opuestos para las comunidades paleolíticas.
Lejos de constituir una manifestación artística secundaria, el arte mobiliar representa una de las expresiones más completas del pensamiento de las comunidades humanas que habitaron Europa durante el Paleolítico.
Estas pequeñas obras reflejan conocimientos técnicos, sensibilidad estética y una compleja capacidad simbólica que trasciende la simple utilidad de los útiles.
Cuarenta mil años después, esculturas, plaquetas grabadas, instrumentos musicales y adornos personales siguen ofreciendo una valiosa información sobre la vida, las creencias y la organización social de las comunidades paleolíticas, recordándonos que los orígenes del arte forman parte de una historia mucho más rica y sofisticada de lo que durante mucho tiempo se creyó.