Por Marta Cibelina
Siempre hay chismes antiguos que no caducan. Especialmente si mezclan capelo, Corán y dehesa, y más aún si los protagonistas son españoles y marroquís, en plena crisis fronteriza en Ceuta con Marruecos.
Se trata de una historia de amor mal resuelta, y hace relación a el día —mejor dicho, los meses, los años furtivos— en que Lalla Hasna, hermana menor de Mohamed VI, estuvo a punto de terminar de nuera de una Spínola. O sea: una princesa alauí a un tris de entrar por matrimonio en la misma sangre que dio a Sevilla un cardenal. Marcelo Spínola y Maestre, arzobispo, fundador de El Correo de Andalucía, beatificado. Príncipe de la Iglesia.
Y al otro lado del Atlas, Hasán II, que no coleccionaba yernos toreros. Se conocieron, según a quién le preguntes, en una tienta sevillana o en la Expo del 92, en el Pabellón de Marruecos. Da igual. El escenario es decorado. Lo que importa es el reparto: ella, Lalla, educada en palacio por niñeras españolas y por el coronel de caballería Enrique de Zarandieta, hablando un castellano que le habría abierto las puertas de cualquier tertulia de Los Jerónimos; él, Miguel Báez Spínola, El Litri, hijo de torero y de Conchita Spínola, esa niña bien de Azuaga con árbol genealógico de genoveses, marqueses y capelos. Un costalero con estampitas en el taleguilla y una descendiente del Profeta. Ambos se intercambiaban valiosos regalos adquiridos en las tiendas de antigüedades de las amigas de la Infanta Cristina.
Si lo escribe Galdós, nos reímos. Si lo intenta un jefe de protocolo en Rabat, se le cae el té y los pastelitos de almendras con miel encima de la túnica naranja de Mohamed VI.
Durante un tiempo funcionó como funcionan las cosas que no pueden funcionar: avión privado, Parador de Oropesa, caballos en La Aliseda, él colándose en palacio para un cumpleaños real, ella aterrizando donde no debía. Les gustaba el mar. Les gustaba el campo. Y a Hasán II, como a Carlos III con las sobrinas incómodas, le gustaba que las hijas se casaran donde tocaba. En septiembre de 1994, Lalla, con 27 años, dijo que sí en Fez al médico Kalil Benharbit. Cinco días y cinco noches de festejos, que es lo que manda la tradición cuando la novia es hija de rey y el novio no es un diestro de Huelva. Dos hijas: Oumaima y Oulaya. Divorcio después, como el de su hermano con Lalla Salma. El corazón, ya se sabe, no figura en el Boletín Oficial. Se dijo entonces —y se sigue diciendo, porque a la crónica rosa le encanta lo imposible— que jamás lo olvidó del todo.
La amistad, al menos, no pidió permiso a nadie: siguieron montando juntos lejos de los fotógrafos. Un amor de ida y vuelta sin partida de matrimonio. Lo demás es epílogo, y el epílogo, aunque reluzca o pueda resultar goloso, no es el plato principal. Carolina Adriana Herrera, la hija de la diseñadora, lo conoció en 2002, cuando vino a España con el pretexto del toreo y de las tiendas. Boda en 2004 en Los Guateles, tres hijos, el imperio del perfume cruzado con el ladrillo. En 2010 salió lo de María Lapiedra; ella lo llamó montaje y defendió al marido como se defiende un patrimonio. En 2017 mandaron a ¡Hola! aquel comunicado de “tiempo de reflexión” que en España quiere decir: esto se acabó, pero con educación.
Ella reapareció, muy de vez en cuando, con Francisco Bosch, un argentino de saga discreta —diplomáticos, políticos, el Palacio Bosch-Alvear, que hoy es residencia del embajador de Estados Unidos en Buenos Aires—. Se conocieron en esa ciudad en 2018, presentados por la hermana. Pocas fotos. Cero teatro. Él, el Litri, se casó el 14 de mayo de 2022, por lo civil, con Casilda Ybarra de Fontcuberta, en el cortijo Carrascalejo. Casilda sí se deja ver a su lado. En las presentaciones del libro sobre Miguel Báez Espuny, el padre, ha acaparado las miradas.
Pero no nos despistemos del hilo principal. Lalla Hasna, a quien tuve ocasión de ver en dos ocasiones, una en una actuación de Nacho Duato hace muchos años, y otra en una competición hípica en el Club de Campo, siempre elegante, distinta y distante, es hoy la princesa de los océanos, la que habla en Niza ante Naciones Unidas, la que preside la Fundación Mohamed VI para el Medio Ambiente, la anfitriona que recibe a Letizia, a los Sussex, a Brigitte Macron, la que recuerda que su abuelo Mohamed V mandó a su hija quitarse el velo para que las marroquíes alzaran la voz sin dejar el islam. Moderna, dicen unos. Rebelde, aseguran otros. El chiste — que es lo que nos gusta a los del corazón y a los de la Historia, que a veces somos los mismos— no es que su hermano la haya nombrado reina de los mares. Es que hubo un instante en el que una hermana del rey de Marruecos pudo haber sido la nuera de una Spínola. El cardenal, desde su capilla sevillana, y el sultán, desde Fez, compartiendo árbol. No lo compartieron. Quedó el rumor, el galope en la dehesa y esa verdad tan poco coránica como poco conciliar: hay enlaces que una dinastía no consiente aunque el corazón ya haya firmado. Con un gobierno tan personalista como es el de Marruecos igual no estaría de más que el toreo hiciera alguna llamada para solucionar los problemas actuales.