martes, noviembre 29, 2022

ENTRE RISAS Y PUCHEROS, UNA AMISTAD COCINADA A FUEGO LENTO

Texto y Fotos: M.O.

Ochenta años cocinando juntas. Una hermandad, “porque somos parientes y amigas, eh. ¡Qué dices!, somos hermanas” –contestan al unísono-, que se ha cocinado a fuego muy lento como los buenos guisos. Eugenia Pérez Martínez y Manolita Alonso Barrios son dos niñas, porque a pesar de tener 83 y 80 años respectivamente no han perdido la inocencia ni la alegría de la infancia, que se han criado en un pequeño pueblo de la Mancha, Noblejas (Toledo). De pequeñas vivían puerta con puerta, ambas nacieron en las Cuevas de Mazacote, así se llama su calle, y sus vidas han transcurrido paralelamente alrededor de los fogones y de las carcajadas.

Nunca se han puesto delante de una cámara, pero desparpajo no les falta cuando les pedimos permiso para grabarlas mientras cocinan unas gachas. “Ahora vamos a ser como el Arguiñano”, dicen y se echan a reír. El secreto, al igual que en todas sus recetas, no es otro que un gran sentido del humor y disfrutar de un apetito feroz, porque ellas lo que cocinan se lo comen. “Es muy importante probar lo que se hace, sino ¿cómo va a saber que lo que pones en la mesa está rico?”, quiere aclarar Manolita. “¡Tá muchacha! Tú siempre has sido muy delicada para comer, a mí sin embargo me gusta de todo”, le recrimina bromeando Eugenia a Manolita.

Llevan muchos años juntas y son como hermanas.

Hablar con ellas de una forma pausada es casi imposible. Ninguna de las dos oye muy bien y se quitan la palabra la una a la otra por norma. El caso es que se entienden a la perfección. Intentan ponerse serias, “como los profesionales, tenemos que hacerlo como esos de la tele, profesionales”, pero enseguida se les olvida y cambian de tema según les llegan los recuerdos.

“Nosotras éramos muy traviesas, nos pasábamos el día jugando cuando conseguíamos perdernos de la vista de nuestras madres. Yo era como una cabrita, siempre saltando y subiéndome a donde no debía”, cuenta Eugenia. “¿Te acuerdas cuando hacíamos teatrillos?”, le pregunta Manolita. De nuevo, estallan en carcajadas. “Mira, muchacha, hacíamos un teatrillo en el corral donde se guardaban las gallinas y la borrica, y cobrábamos una perra gorda”, empieza a recordar la mayor. “Sí, sí, pero acuérdate que la mitad de las veces nos daba tanta vergüenza que terminábamos devolviendo el dinero”, aclara la pequeña.

¿Y no te comerías una poza de aceite ahora?, provoca Manolita a Eugenia. “Ta, calla, calla. ¡Qué ricas estaban! ¡Estaban chanchis!”, dice Eugenia alzando las cejas. Y entonces, ambas con un brillo en los ojos se acuerdan de sus madres, Rita y Gabriela, y de aquellas meriendas, que más que meriendas eran premios porque no siempre había para comer. “Cogías un currusco de pan y vaciabas un poco de miga, que no se tiraba, eh, se comía todo. Luego le echaban un poco de manteca de cerdo o de aceite si había y se acompañaba con lo que más te gustara”, explica Eugenia. “Azúcar, se echaba azúcar, pero a mí me gustaba echarle también un poco de pimentón, estaban más ricas”, matiza Manolita. “¿Y qué me dices cuando le poníamos tomate y escabeche? ¡Ta! Se me hace la boca agua sólo de pensarlo? ¿Quieres que te prepare una? No tardo ná”, me tientan.

Rechazo la tentación e intento seguir haciendo preguntas. Ellas no lo ponen fácil porque de pronto me empiezan a contar recetas y tradiciones que las viven como si fueran cosas que hicieran hoy. Les digo que si se animan, podemos hacer otra receta otro día, que no hay que contarlo todo en esta ocasión. Se miran y sólo ellas sabrán que se dicen con los ojos, pero el caso es que aceptan sin reparos y se echan a reír. “Ta, si nos vamos a hacer famosas ahora. ¿Pero esto quién lo va a ver? A mí no me saques por la tele, eh”, dice con la boca pequeña.

No perdieron la sonrisa durante toda la entrevista.

Aunque tienen más de ochenta, son muy coquetas y les gusta presumir. “Pero la próxima vez avisa y me pongo más guapa. A mí me tienes que sacar guapa”, me ordena Eugenia. “Mira que te ha gustado presumir siempre”, la pica Manolita. “¿Y tú?”, replica la una. “También, también, para que nos vamos a engañar”, afirma la otra. Una vez más, no hay manera de que dejen de reír.

De pronto, las dos han descubierto que hacía mucho tiempo que no se reían tanto. “Con esto de que no podemos salir de casa ni vernos apenas… Esto no es vida, muchacha. ¿Y ya saben hasta cuándo vamos a tener que estar así?”, se quejan.

“Mira otro día, si quieres, hacemos algo dulce y te seguimos contando, porque anda que no hemos vivido cosas. ¿Tú sabes que yo me fui a servir a Madrid con 14 años? Y esta con 12. ¡Qué tiempos! ¿Yo me pregunto ahora y cómo nos dejaban nuestras madres ir?”, me propone Eugenia. “El candil no tiene aceite y mi madre no está aquí. Yo no te digo que te vayas pero qué pintas aquí”, empieza a canturrear Manolita. Es la señal, hora de marcharme. Quedamos en volver a vernos porque “anda que no hay cosas que podamos contar”.

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