Jaime Cano: “¿Por qué no nos ponemos a bailar como locos hasta que las cosas cambien?”

Por Sandra Cuenca/ Fotos: Gema Escribano, Isabel Méndez y Felipe J. Alcoceba

El director, actor y dramaturgo madrileño Jaime Cano, al frente de la compañía La Peatonal, presenta «Baila, baila, pegamoide», una propuesta escénica que combina teatro, danza y reflexión social para explorar el contagio emocional, las crisis colectivas y el poder transformador del cuerpo. Programada en festivales como SURGE Madrid, la obra toma como punto de partida la misteriosa epidemia de baile de Estrasburgo de 1518 para dialogar con nuestro presente. Conversamos con él sobre creación, memoria colectiva y el papel del arte en tiempos de incertidumbre.

Hay historias que parecen demasiado extrañas para convertirse en teatro. La de la llamada epidemia del baile de Estrasburgo de 1518 es una de ellas. Decenas de personas comenzaron a bailar de manera aparentemente incontrolable y el fenómeno llegó a extenderse hasta alcanzar a cientos de personas.

Siglos después, aquella historia se transforma en el punto de partida de «Baila, baila, pegamoide«, la nueva propuesta de La Peatonal, dirigida por el madrileño Jaime Cano y programada dentro de SURGE Madrid 2026.

Cano no llegó a esta historia desde el conocimiento de la coreomanía. Llegó a través del teatro. El texto original, escrito por el dramaturgo Sebastián Moreno, llegó a sus manos cuando Moreno le pidió que realizara una pequeña nota introductoria sobre una posible puesta en escena. “Yo no sabía nada de la coreomanía antes de leerme la obra de teatro”, reconoce. La lectura fue suficiente para que quisiera llevarla al escenario: “me encantó el texto, me pareció una maravilla para ponerlo en pie”. Y así comenzó un proyecto que utiliza un episodio medieval para hablar, en realidad, de algo muy contemporáneo: nuestra capacidad —o nuestra incapacidad— para reaccionar juntos ante aquello que nos desborda.

Cuando bailar es reaccionar

En Baila, baila, pegamoide, el baile puede ser enfermedad y también cura. Una aparente contradicción que para Cano tiene mucho sentido. “El origen que se le atribuye a la coreomanía tiene que ver con una manera de reaccionar a una situación desbordante, de hambruna, una enfermedad, etc.”, explica. El espectáculo convierte ese fenómeno en una metáfora de la respuesta colectiva: “El texto equipara ese baile colectivo con nuestra capacidad de reaccionar como sociedad o de protestar unidos, como si bailáramos juntos frente a situaciones así”. Y ahí aparece una de las ideas fundamentales de la obra: “Bailamos, entre comillas, precisamente porque hay un problema, hay una enfermedad y el hecho de reaccionar, de bailar, es la cura”.

La historia medieval contiene, además, una paradoja que Cano considera especialmente reveladora. Algunas autoridades llegaron a poner músicos o escenarios para estimular a quienes estaban bailando, intentando controlar el fenómeno a través del propio baile. El paralelismo con el presente resulta inevitable. Para el director, esa estrategia recuerda a determinadas formas de gestionar las protestas, las manifestaciones o las huelgas: “Es casi promoverlas hasta que caigamos por puro cansancio, por pura extenuación”.

Danza Libre. @felipejalcoceba

De Estrasburgo a La Movida

El propio título de la obra introduce otro momento histórico: los años ochenta y La Movida madrileña. Cano considera que aquella referencia funciona como una puerta hacia otros momentos de contagio y transformación social. “La Movida, claro, viniendo de la dictadura de la que se venía, supone al final un momento de expansión a muchos niveles”, explica. Música, cultura, democracia, identidades sexuales y nuevas formas de expresión confluyeron en aquellos años. “Las identidades sexuales, lo queer… tiene un estallido en esa época brutal”, señala. Pero la referencia a los ochenta tiene también una dimensión más oscura. El director recuerda la aparición del VIH y la expansión de la heroína, otra forma de contagio que dejó miles de víctimas. Por eso considera que Pegamoide funciona como una “referencia polisémica” que habla simultáneamente “del contagio, de la enfermedad, del estigma y, al mismo tiempo, de la libertad, de la liberación y de la reacción”.

¿Seguimos siendo capaces de reaccionar juntos?

La pregunta abandona rápidamente la historia para instalarse en el presente. Guerras, crisis climática, problemas de vivienda, dificultades en la sanidad pública, incertidumbre social… Cano considera que vivimos rodeados de situaciones que deberían generar respuestas colectivas mucho más contundentes. Y formula una pregunta que resume buena parte del espíritu del espectáculo: “¿Por qué no nos ponemos en cientos y en miles a bailar como locos hasta que eso no cambie?” No pretende ofrecer una respuesta cerrada, al contrario, reconoce que se trata de una cuestión compleja y llena de matices. “Seguimos saliendo a la calle, claro que hay protestas, manifestaciones, huelgas”, afirma. Pero también se pregunta por qué determinados problemas no provocan una respuesta social más masiva. Para Cano, una parte del problema está precisamente en la velocidad de nuestro tiempo. “Pasan tantas cosas, todo va tan rápido, luego cada uno tiene su situación individual”, explica. Y esos “fogonazos de frustración y de protesta” terminan muchas veces agotándose. La pregunta de Baila, baila, pegamoide es, por tanto, también una pregunta sobre nuestra capacidad de mantener viva la indignación.

@isabelmendez

El teatro frente a las pantallas

En una sociedad cada vez más digitalizada, Cano reivindica el teatro como uno de los pocos lugares donde todavía podemos compartir físicamente una experiencia con desconocidos. “Las artes escénicas en general son como ahora mismo, yo creo que el último o de los últimos reductos” de esas manifestaciones que suceden en comunidad. Porque una obra teatral no es exactamente lo mismo cuando se consume a través de una pantalla. Hay algo diferente cuando “un patio de butacas se llena de gente para escuchar una historia, entrar como en ese pacto de nos vamos a creer la historia que nos cuentes”. Ese pacto colectivo puede producir reflexión, diálogo e incluso modificar la imaginación del espectador. “Aunque no todo el mundo se lleve la misma conclusión de ver la misma obra de teatro, pero al haberlo hecho en comunidad sí que genera cierto vínculo”, sostiene. Para Cano, ese vínculo debería ser más habitual.

Un equipo que también se contagia

La propia creación de Baila, baila, pegamoide reproduce, de alguna manera, el concepto de contagio que atraviesa la obra. Jaime Cano asume la dirección y el espacio escénico; el texto original pertenece a Sebastián Moreno; María Quero trabaja la coreografía y Kevin Dorman la composición musical y el sonido. A ellos se suma el trabajo de iluminación de Pau Davide. “Hay algo que tiene que ver con el contagio también cuando reúnes a un equipo artístico”, explica Cano. El proceso comienza cuando el director intenta transmitir al resto del equipo su entusiasmo por la obra: “tienes que ilusionar, contagiar con el entusiasmo que tú tienes por la pieza a un grupo de personas”. Pero ese contagio no significa imponer una visión. La idea es que cada creador aporte “su punto de vista, su arte y su creatividad personal”. Para Cano, ese es precisamente uno de los cambios importantes que está viviendo La Peatonal. En las primeras producciones, él mismo asumía buena parte de las tareas: dirección, iluminación, espacio sonoro, espacio escénico, cartel e incluso técnica. Ahora la compañía puede reunir un equipo más amplio. “Mi punto también es intentar que todo sume, que nada sobrepase lo de los demás y que todo genere una pieza compleja y muy rica en todos esos lenguajes”, explica.

@gemaescribano

El reto de bailar para contar

Baila, baila, pegamoide supone además un cambio de lenguaje para La Peatonal. Cano reconoce que el teatro de texto es su “zona de confort”, mientras que el teatro-danza representa un desafío nuevo. “Después de lo que veníamos haciendo, asumir un proyecto de danza-teatro era el próximo reto, una cosa que no habíamos hecho nunca”, explica. El proceso de preparación fue largo. Desde noviembre hasta mayo, el equipo realizó un entrenamiento con la coreógrafa antes de comenzar a ensayar propiamente la pieza. La intención era adquirir herramientas nuevas y familiarizarse con un código diferente. El resultado es una obra donde el texto deja espacio al movimiento, la música y la energía física. Y precisamente ahí reside una parte de la experiencia que Cano quiere trasladar al público.

Crear teatro también cuesta

Hablar de creación escénica implica hablar también de dinero. “La primera dificultad es, por desgracia, el dinero, la financiación”, reconoce Cano al hablar de los problemas que afrontan las compañías jóvenes. La Peatonal ha ido construyendo su trayectoria a través de la autoproducción, colaboraciones y diferentes apoyos. En Baila, baila, pegamoide, la compañía ha contado con las ayudas a la creación contemporánea del Ayuntamiento de Madrid y con el apoyo del Festival SURGE. Esos recursos permiten ampliar los equipos y hacer producciones más ambiciosas. “El arte pobre, el teatro pobre, agudiza el ingenio”, reconoce Cano, pero también considera que hay propuestas que necesitan recursos para desarrollarse “de forma profesional y rigurosa”.

El otro gran desafío aparece cuando una compañía intenta dar el salto del circuito OFF a los grandes espacios profesionales. “Hay un salto ahí que es muy difícil dar”, señala. Por eso la presencia en SURGE Madrid supone mucho más que una fecha en el calendario.

SURGE Madrid: una oportunidad y una responsabilidad

Para La Peatonal, formar parte de SURGE Madrid 2026 significa que un festival y una sala con trayectoria han apostado por el proyecto. “Es importante porque, de primeras, supone que ya hay un festival o una sala que ha apostado por nuestro proyecto”, afirma.

La presencia en Cuarta Pared supone además visibilidad y la posibilidad de que la obra llegue a nuevos espectadores y profesionales. Pero también existe presión. “Queremos hacer algo que esté a la altura de la oportunidad”, reconoce el director. Porque una compañía joven necesita precisamente eso: oportunidades que permitan demostrar lo que puede hacer cuando cuenta con un espacio, un equipo y unas condiciones profesionales.

La Peatonal. @felipejalcoceba

Salir del teatro con preguntas

¿Qué quiere Jaime Cano que suceda cuando termine la función? La respuesta resulta coherente con todo el planteamiento de la obra: no pretende que el público salga con una interpretación única. “Espero que se lleve preguntas”, dice. Y añade algo importante: “no corramos, o que no caigamos en la tentación de querer entenderlo todo”. Porque Baila, baila, pegamoide no quiere ser únicamente comprendida desde la razón. “Hay algo de Baila, baila, pegamoide que es mucho más visceral”, explica, y añade “tiene que ver con el movimiento, con la energía, con el cuerpo y con la música”. Por eso espera que el espectador salga “con esas ganas de moverse y de cuestionarse por qué nos movemos o por qué nos deberíamos mover”.

Lo que el baile le ha enseñado

Después de todo el proceso, Cano reconoce que el proyecto también le ha cambiado como creador. Lo que más le ha sorprendido es la capacidad del movimiento para unir a personas procedentes de disciplinas diferentes. “El elenco viene de disciplinas muy diferentes, pero ha habido algo de ponernos a bailar lo mismo, bajo una misma mirada, que de repente ha hecho que el elenco se una y genere como una energía mayor que la que dan seis personas por separado”. La experiencia le ha permitido descubrir de una manera mucho más palpable esa capacidad de unión. “Me ha gustado mucho experimentar todo esto y la capacidad que tiene eso para contar historias”, afirma. Y quizá ahí se encuentre la verdadera razón de ser de Baila, baila, pegamoide.

No se trata únicamente de contar cómo unas personas bailaron hace más de quinientos años. Se trata de preguntarnos qué nos mueve hoy. Qué nos contagia. Qué nos une. Y, sobre todo, si todavía somos capaces de bailar juntos cuando el mundo que nos rodea nos obliga a reaccionar.

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