La loa de quien entendió el lenguaje del muérdago(así nació Halloween)

Por Francisco J. Sánchez

De repente, las entrañas de la tierra se estremecieron con la fuerza de un nacimiento y el rugido se escuchó desde el último recoveco de la costa hasta el rincón más recóndito habitado por alma humana. Sin pensarlo, los miembros fundadores de la comunidad junto a los más fuertes se arremolinaron ante la encina del “que conocía el lenguaje del muérdago”.

El sacerdote no tuvo alternativa y así empezó su mensaje: «Hermanos todos, amigos, la señal que ha revelado las entrañas del neonato sacrificado ante la nívea luz de la Luna es clara«.

Y así es como informó del negro augurio que sobrevolaría a la comunidad tras el último día de cosecha y que marcaba el inicio de la mitad oscura del año: la frontera entre el mundo de los vivos y del “más allá” se vería profanada por los espíritus del otro mundo, y ante la imposibilidad de saber con certeza quiénes eran almas puras y quiénes irredentos, era necesario ahuyentar las sombras de los antepasados cuyo pasado había estado marcado por alguna mácula.

El silencio de los miembros de la comunidad fue más estremecedor que el temblor inicial. El mar empezó a encolerizarse y la niebla espesa y negra empezó a embargar cada huella y cada espesor, el miedo fue apoderándose de niños y las bestias mugían y aullaban a un cielo que parecía abrirse al mayor de los espantos. El intérprete de los dioses dio consignas claras a cada uno de los miembros de los clanes: «Debemos ahuyentar a las almas envenenadas, y las divinidades han sido concisas, hemos de usar las pieles de los animales y los amuletos de nuestros antepasados para que aquellos que nos visiten y quieran quedarse con nosotros para hacernos el bien, puedan hacerlo, pero para aquellos que quieran cruzar el umbral del otro mundo para lastimarnos usaremos máscaras, danzas hostiles, gritos y fuego para alejarlos de nosotros. Esto ha de hacerse el día siguiente a la última recolección antes de que el sol empiece a hacerse más pequeño, los malos espíritus nos visitarán cada año y nuestro deber es proteger la comunidad«.

Uno de los líderes, Cormac, fue el primero en poner en práctica la orden del hechicero, reunió a su hermano Brennus y a toda la prole y mujeres y todos empezaron a despellejar a bestias y confeccionar máscaras con las fauces de los animales cazados. Maeve, esposa de Cormac, pintó de sangre de venados y jabalíes, mientras que los varones utilizaron las cornamentas y las pieles para intentar amedrentar a los que iban a venir del otro lado.

Y entonces, llegó el extranjero

Transcurrieron años, decenios, cientos de años en los que los miembros de la comunidad iban recogiendo el testigo de sus antepasados, sin ninguna duda, sabiendo qué hacer en todo momento, susurrando al viento las ganas de vivir y espantando a las almas impuras cada año. El choque fue inevitable: en una incursión hacia un bosque para apresar animales, la visión en la colina de unas plumas rojas y un ser vestido de brillo fue la señal de alarma, la comunidad no estaba sola, ya no, alguien había arribado a las costas silvestres y pedregosas, no sabían que esos seres habían llegado para quedarse. El legionario romano no fue consciente de haber sido descubierto hasta días más tarde, cuando líderes de ambos pueblos se reunieron entre árboles centenarios y voces de otros tiempos. La comunidad explicó sus creencias, sus formas de vivir, su cosmovisión y sus miedos, especialmente el espanto hacia los espíritus corruptos llegados del otro mundo.

Los romanos explicaron asimismo sus creencias, fue Lucius quien puso cara a cara la forma de luchar contra los difuntos que no habían encontrado de manera fiel la puerta de salida de este mundo, les habló a los miembros de la comunidad de la Parentalia y de la Feralia, los días en los que honraban a sus muertos. Poco a poco, el pueblo romano llevó la modernización a las bravas costas, hizo calzadas, llevó la piedra y rezó a sus dioses, mientras que un pequeño reducto gaélico seguía orando alrededor de las hogueras y ante las entrañas de los animales muertos. El muérdago dio paso al incienso y el que supo interpretar el susurro de los árboles empezó a rezar por la noche de los espíritus. El fuego se mantuvo, pero se trasladó a los altares de las construcciones romanas. Estaba naciendo un nuevo ritual para honrar a los muertos, no ya ahuyentarlos. El cuervo dejó de ser mensajero de presagios y los romanos impusieron su visión global.

Los romanos estructuraron la vida en varias columnas vitales: la política, la iustitia, la ecclesia y la vida social. Fue la orden eclesiástica la que, organizado el calendario juliano, tomó la competencia de velar por el alma de los ausentes. Así lo instauró el papa Gregorius III: «Hermanos, todos aquí reunidos y “deus gratia” dejo erigido en vuestra presencia el día en el que todos nosotros, en cada uno de los rincones del Imperio, honrará y velará por sus difuntos, ese día será el 1 de noviembre. `Dixit manet´«.

La rueda del tiempo avanzó sin remedio y en la Inglaterra medieval, John y sus conocidos empezaron a poner en práctica la noche de difuntos el “souling”, su condición de pobres le obligaba a ir de casa en casa pidiendo “soul cakes” (pastelitos del alma) a cambio de rezar por el alma de los difuntos de quien le daba dichos pastelitos. Estaba naciendo el célebre “truco o trato”. No faltó el rechazo de los protestantes a principios del siglo XVI, pero la costumbre acabó por enraizar en lo más hondo del populacho y pronto el “souling” de los adultos se trasladó a una especie de festividad infantil donde los niños iban disfrazados y con “false faces” o caras falsas pedían comida o monedas.

La gran hambruna y el exilio a América. Nace el Halloween actual

Las enfermedades y el hambre en Irlanda y alrededores en la década de 1840 propició una migración masiva a EE. UU., y con ella los inmigrantes llevaron la tradición y el espíritu del “All Hallows’ Eve”, la víspera de todos los santos, se mantiene y se potencia una festividad en la que priman los disfraces y la implicación de los niños en la fiesta. Nunca hubiera imaginado el líder Cormac, en el principio de los vientos y el aullido de las cuevas, que su temor y sus rituales ahuyentadores iban a convertirse en un festival donde los Adam y los Walter iban a confiar a sus hijos una calabaza vaciada para llenarla con los caramelos y las monedas de los vecinos arremolinados no ante una hoguera primitiva en cuyo centro había un animal abierto y sacrificado, sino ante una chimenea y con un pavo de tamaños enormes coronando una mesa llena de manjares. Había nacido y así se sigue celebrando a día de hoy el actual Halloween.

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