Las 5 veces al día que siento que deberían retirarme la custodia

Redacción

La maternidad es un monólogo interior de culpa, también es, en su mayoría, un trabajo hermoso y lleno de amor. Es un monólogo interior constante que suena más o menos así: «Lo estoy haciendo fatal. Soy la única madre que hace esto. En breve, vendrán los servicios sociales».

Hemos idealizado tanto la figura de la madre que cualquier desviación de la perfección—cualquier momento de pura, instintiva supervivencia—se siente como un delito de primer grado.

He aquí mi confesión. Estos son los cinco picos de culpa instantánea que me asaltan a diario. Si te sientes identificada, ¡felicidades! Estás criando.

  1. El minuto de oro (o la «Droga Digital»)

Esto ocurre cuando necesitas ir al baño, pero no para un pipí rápido. Necesitas un momento sagrado para hacer… ya sabes. El problema es que cualquier niño detecta una necesidad biológica en un radio de 50 metros y la interpreta como una señal de que es hora de un monólogo de 15 minutos sobre su dinosaurio.

La Solución Ilegal: Entregar el móvil. El Pensamiento de Culpa: «Acabo de pagar con 10 minutos de exposición a pantallas mi derecho a la dignidad humana. ¿Qué tipo de madre hace esto? ¿Dónde está el límite de tiempo que marca la OMS?» Pero sales del baño, te sientes 10 kg más ligera, y puedes respirar. El móvil te ha comprado el famoso «Minuto de Oro» de la supervivencia materna. Y es un negocio justo.

El parque «cerrado». Son las 6 p.m. Llegas a casa agotada. El niño ve el parque al otro lado de la calle. Comienza el baile de la negociación que sabes que te durará 45 minutos y terminará contigo gritando y él llorando. Es una batalla que ninguno de los dos puede ganar, pero que el agotamiento te obliga a evitar. La Solución Ilegal: «Cariño, el parque está cerrado hoy. Pusieron un cartel de ‘no hay más diversión por hoy’.» O peor: «El sol está durmiendo, y los columpios también«. El Pensamiento de Culpa: «¡Le estoy mintiendo a una persona pequeña! ¿Cómo va a confiar en mí si le digo que los columpios tienen horario? Esto es la base de su futura desconfianza en el sistema».

  1. El ignorar selectivo (El décimo «mamá»)

Te has sentado. Has abierto el ordenador. Has cogido un café (frío, claro). Intentas mandar ese email crucial o, más probablemente, simplemente ver 30 segundos de un reality show.

Mamá.
Mamá.
Mamá, mira mi…
¡MAMÁ! (con el tono de que la casa se está inundando).

Sabes que te ha llamado diez veces en los últimos cinco minutos. Sabes que el 90% de las veces es para mostrarte una piedra, pero el 10% restante podría ser una emergencia médica. Decides apostar por la piedra. Finges que no has oído nada. El pensamiento de culpa: «¿De verdad me estoy haciendo la sorda con mi propio hijo? Soy una negligente emocional. Algún día me hablará el marido y diré: ‘¿Qué? No te he oído’ por la costumbre.»

  1. La mirada asesina en público

Estás en una conversación vital con otro adulto, quizás un profesor, un médico, o tu mejor amiga que te cuenta un drama increíble. Tu hijo decide que ese preciso segundo es el momento ideal para colgarse de tu pierna, hacer ruidos de vaca o gritar el chiste que tú ya has oído 40 veces. Lo miras. No dices nada. Solo le aplicas La Mirada Asesina de la Madre Agotada, esa que dice: Te voy a castigar con la fuerza de mil soles si no te quedas quieto en este instante. El pensamiento de culpa: «Acabo de comunicarle hostilidad pura a mi retoño. Los expertos dicen que esto destruye su autoestima. En el futuro, será incapaz de entablar relaciones sanas porque le miré como a un insecto molesto en el supermercado.»

  1. La negativa a jugar al escondite

Te lo pide. Tienen los ojos llenos de ilusión. «Mamá, ¿jugamos al escondite?». Es una actividad maravillosa, llena de movimiento y desarrollo cognitivo. Pero tú estás cansada, o leyendo algo, o simplemente disfrutando de la quietud. La solución ilegal: Decir: «Estoy muy ocupada ahora, ¿por qué no juegas tú solo a buscarme… en la cocina… por diez minutos?» El pensamiento de culpa: «Soy una perezosa. El tiempo pasa rápido. Dentro de poco no querrá jugar conmigo y yo rechacé el escondite. ¡Soy un monstruo!»

El gran desarme: No es culpa, es supervivencia

Si te reconociste en esta lista, respira. No somos perfectas. Somos madres, que es mucho más difícil. Lo que nos convierte en una «buena madre» no es la ausencia de estos momentos, sino la capacidad de reírnos de ellos después. Todas las madres tenemos nuestro «Minuto de Oro» con el móvil. Todas hemos dicho que el parque está cerrado. Lo importante es que, al final del día, ese niño está amado, alimentado (probablemente con carbohidratos dudosos) y a salvo. La próxima vez que esa culpa te golpee, recuérdalo: compartir estas anécdotas ayuda a normalizar la imperfección. La cordura es más importante que la perfección.

Ahora, si me disculpáis, tengo que ir a la cocina a esconderme de mi hijo. Creo que le he dicho que estoy ocupada.

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