Letizia, más molesta que Felipe VI por la foto con el torso desnudo

Por Marta Cibelina

Hay cosas que solo pasan en agosto y en Diez Minutos. Felipe VI, el de casi dos metros y la cara de no haber roto un plato en la vida, ha salido en braga náutica (de esas de estampado azul y rojo, tipo bermuda, de secado rápido y rebajadas en El Corte Inglés, por si alguien quiere copiarle el look) y con el torso al aire, navegando por aguas de Palma con amigos, champán y el cantante Jaime Anglada de testigo.

Fotos casi inéditas, según la revista, tomadas en un yate privado por dos fotógrafos que según me cuentan andan escondidos aún tras una piedra en la isla.

Y, claro, ha llovido la crítica de siempre: que si poco protocolario, que si el Jefe del Estado no debería enseñar el pechete, que si la monarquía se trivializa, que si debería estar en otro lado independientente de lo que le digan que haga.

Como si un rey no tuviera derecho a sudar sal y disfrutar del Mediterráneo sin la corbata de la Corona pegada al cuello. Pues según he podido saber, a Felipe no le ha molestado realmente. Ni medio. El hombre tiene 58 años, conserva una forma física más que decente y, sobre todo, tiene la cabeza amueblada de otra manera. No es de los que se rasgan las vestiduras porque un objetivo le pille in puribús, como decía mi abuela.. Al contrario: una sospecha que hasta le hace gracia. Porque si algo caracteriza a este Borbón es que ha aprendido de los errores ajenos (y de los propios, que los habrá tenido) y sabe que el poder verdadero no se mide por la cantidad de tela que te cubre, sino por la cantidad de guantazos que eres capaz de encajar.

La que sí está molesta es Letizia. Como buena virgo le molesta todo lo que escapa de su control. Como por ejemplo unas fotos robadas, o una tableta de chocolate inexistente en un marido que, según me cuentan visita la cocina de Zarzuela para comer a escondidas, porque la Reina ha impuesto la dictadura de las acelgas y la comida saludable. Ella, que trabaja cada músculo del cuerpo con la disciplina de una fisicoculturista estilizada, que ha convertido el gimnasio en su segunda residencia y que presume de un físico tonificado hasta el último fascículo, estáría convencida que a su marido un poquito de definición abdominal no le habría venido mal. Porque, seamos sinceros, lo de ella es más aburrido que la náutica: un cuerpo de manual, esculpido, sin grasas superfluas, el resultado de horas y horas de esfuerzo. Mientras él se limita a la braga náutica y a dejar que el sol y el mar hagan el resto. Letizia, que ya le gustaría que el Rey declamara en público con la misma pasión y precisión con la que ella lo hace (porque, digámoslo claro, nadie en la Casa Real ha hablado tan bien como ella), también le gustaría que tuviera un físico a su altura. Que el monarca luciera el mismo “cuerpazo” que ella se ha ganado a pulso. Pero no. Él es más de navegar y de no complicarse la existencia con las pesas. Y eso, en la intimidad de Zarzuela, debe de generar más de una mirada de esas que matan sin necesidad de palabras. No es nuevo en la familia. Cuando a Juan Carlos lo pillaron absolutamente desnudo en el yate Fortuna, allá por 1989, tomando el sol en la cubierta superior como si fuera un turista cualquiera, su única preocupación —según cuentan quienes estuvieron cerca— fue saber si había salido o no bien. No si se publicaría, no si escandalizaría, no si la monarquía se venía abajo. Solo si la foto le favorecía. ¡Eso es tener las ideas claras!

Las imágenes acabaron en Italia, nadie en España se atrevió a sacarlas en su momento, y el emérito siguió a lo suyo hasta que publicaron años más tarde su trasero en Interviú. Porque un rey, cuando es rey de verdad, se ríe de los paparazzi. Y aquí es donde hay que hilar fino y recordar a Carlos V, el emperador que se adelantó a su época por siglos. Tiene una estatua en el Prado, “Carlos V y el Furor”, hecha por Leone Leoni y terminada por su hijo Pompeo, donde aparece dominando al Furor (esa figura encadenada que representa todo lo que se opone al poder imperial). La gracia es que la armadura se puede quitar: debajo, el emperador está desnudo, en un canon físico idealizado, a la manera de los héroes grecorromanos. Desnudo y vestido a la vez, según el capricho de quien mire. Carlos V encargó aquello sabiendo perfectamente lo que hacía. Porque entonces el rey iba desnudo si le daba la gana y tenía tanto poder que no le importaba lo que se dijera de él. Ni las habladurías de la corte, ni las críticas de los enemigos, ni el qué dirán de los moralistas de turno. El poder real es ese: el de no necesitar esconderse detrás de una capa de metal o de una camiseta de manga larga. Felipe VI no es Carlos V, ni falta que le hace. Pero en esa braga náutica de Diez Minutos hay un eco lejano de aquella libertad imperial. Él no se ha molestado. Letizia, quizás un poco más, porque el físico y la oratoria son sus terrenos. Y el resto de nosotros, mientras tanto, podemos seguir criticando o admirando, que para eso está el cotilleo. Al final, lo único que importa es que el rey sepa —como supo su antepasado y como intuyó su padre en el yate— que el torso al aire no resta autoridad. A veces, incluso, la aumenta. Y si de demostrar autoridad se trata, no estaría de más que ese mismo torso (o el uniforme que prefiera) se dejara ver un día de estos por Melilla o Ceuta: hay fronteras donde la presencia del monarca sigue siendo, digámoslo así, de lo más oportuna.

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