jueves, junio 13, 2024

Megalómana, oscura, excesiva, magnífica

Texto: Javier Cuenca

Allá por 1959, veía la luz en Francia un libro titulado “Hollywood Babilonia”, firmado por el escritor y cineasta Kenneth Anger, en el que se aireaban con todo lujo de detalles los trapos más sucios de la denominada “fábrica de sueños”. Una obra que no fue publicada en España hasta 1984, tras un azaroso periplo de escándalos y piratería. Ahora, casi tres décadas después, el realizador Damien Chazelle, sin inspirarse directamente en el libro de Anger, emplea la metáfora babilónica para titular su película más ambiciosa y megalómana, pero no por ello carente de interés.

Babylon

Dirección: Damien Chazelle

Intérpretes: Margot Robbie, Brad Pitt, Diego Calva, Jean Smart.

Género: Drama.

Duración: 189 minutos.

Con “Babylon”, Damien Chazelle parece culminar de algún modo una suerte de trilogía emprendida en “Whiplash” (2014) y reanudada en “La La Land” (2016), donde diferentes personajes habían de sufrir lo suyo para conseguir hacer realidad sus sueños artísticos: la férrea disciplina a la que se enfrentaba el chico que quería tocar la batería en el primer filme, y las vicisitudes que atravesaba la pareja protagonista del segundo.

En esta ocasión, el realizador ubica su película en la franja temporal entre los últimos coletazos del cine mudo y la consolidación del sonoro, con las dramáticas consecuencias que tales cambios supusieron para aquellos actores que habían triunfado haciendo películas silentes y que no lograron adaptarse a los nuevos tiempos. ¿Les suena “El crepúsculo de los dioses”, de Billy Wilder, o “Cantando bajo la lluvia”, de Stanley Donen y Gene Kelly? (Por cierto, que a esta última le dedica Chazelle un par de guiños muy significativos).

Tres personajes centran la trama principal de “Babylon”: una actriz bastante pasada de rosca con ganas de comerse el mundo; un galán del cine mudo con una vida amorosa bastante desastrosa, y un joven mexicano que pretende abrirse camino en la “fábrica de sueños”. Todo ello salpicado por un trasfondo de fiestas llenas de drogas y sexo, rodajes bastante caóticos y excesos de todo tipo.

Se nota que el autor de “La La Land” ha echado el resto en esta su cuarta película larga, dispuesto a no dejarse nada en el tintero en su recorrido por el Hollywood más desmesurado y suburbial. Chazelle es plenamente consciente de lo excesivo de su película y se entrega a ello sin el menor recato, con la absoluta convicción de saber lo que quiere contar y, lo que es más rotundo, cómo debe hacerlo.

Supongo que resulta difícil, incluso imposible, disfrutar de una película como esta si no se entra en el juego que propone su autor, tan sinuoso como salvaje. Una experiencia que en este caso se antoja dilatada (estamos hablando de tres horas y pico de metraje, que pueden dar para mucho o para poco, según se mire).

En mi caso he de decir que esta desmedida propuesta me ha funcionado, provocándome la sensación de estar ante una obra muy megalómana, de acuerdo, pero repleta de hallazgos sumamente atractivos que la emparentan con algunos momentos del Sorrentino de la fascinante “La gran belleza”; la oscura “Barton Fink”, de los Coen, e incluso, en algunas secuencias de su último tramo, con el más intrincado y retorcido David Lynch.

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