Por Marta González
El pasado, 8 de abril, en el centro de Madrid, tuvo lugar una manifestación bastante diferente a lo habitual. Liderada por José Luis Cordeiro, la marcha recorrió desde la Plaza de Cibeles hasta la Puerta del Sol, pasando por el Congreso de los Diputados.
El mensaje podía sonar provocador – “muerte a la muerte” –, pero en realidad el trasfondo iba más allá. No se trataba tanto de desafiar la muerte como de poner el foco en algo mucho más real: la importancia de invertir en investigación médica para mejorar la calidad de vida.
En la manifestación participaron perfiles muy distintos, desde la bióloga peruana Fanny M. Cornejo, ganadora del premio mundial de conservación en 2023, hasta el biólogo Juan Llopis, junto con otros investigadores y divulgadores científicos.
Uno de los puntos clave que se comentaron tiene que ver con un cambio importante en cómo entendemos el envejecimiento. Durante años se ha visto como algo inevitable, pero la ciencia empieza a plantearlo como un proceso que se puede estudiar, ralentizar e incluso modificar.
En 2012, Shinya Yamanaka y John B. Gurdon demostraron que una célula adulta puede reprogramarse y volver a un estado más joven, similar al de una célula madre. Este descubrimiento no significa que hoy podamos rejuvenecer el cuerpo entero, pero sí abre la puerta a algo muy relevante: reparar tejidos y entender mejor cómo envejecemos.
Y aquí es donde está lo interesante. Este tipo de investigación no va solo de “parecer más joven”. Va de algo mucho más tangible. Por ejemplo, ya hay estudios que trabajan en recuperar la visión a través de procesos de rejuvenecimiento celular. Investigaciones publicadas en Science Translational Medicine muestran avances en modelos experimentales donde se consigue revertir parte del deterioro ocular asociado a la edad.
Esto cambia bastante la perspectiva. No hablamos de estética, sino de recuperar funciones que se pierden con el tiempo: ver mejor, moverse mejor o incluso prevenir enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o el Parkinson.
Sin embargo, también hay una realidad evidente. Este tipo de avances, en muchos casos, todavía están lejos del acceso general. Algunas terapias o protocolos relacionados con longevidad tienen costes muy elevados y requieren un seguimiento extremadamente personalizado. El caso del empresario Bryan Johnson es un ejemplo conocido de hasta dónde puede llegar este tipo de enfoque cuando hay grandes recursos detrás.
Aun así, la cuestión no es tanto lo que existe hoy, sino lo que podría llegar a ser accesible en el futuro si se sigue investigando. Muchas de las tecnologías médicas que hoy damos por normales empezaron siendo experimentales y exclusivas.
Por eso, más allá de lo llamativo del lema, la manifestación giraba en torno a una idea bastante sencilla: la investigación necesita apoyo. No para vivir eternamente, sino para vivir mejor durante más tiempo.
Porque si algo queda claro es que el envejecimiento no solo afecta a cuántos años vivimos, sino a cómo los vivimos.
Y este tipo de debates no se queda aquí. El próximo 1 de octubre, coincidiendo con el Día de la Longevidad, está prevista una nueva movilización en Madrid. Al final, más que una cuestión de ciencia ficción, quizá estemos ante una de las líneas de investigación más relevantes de las próximas décadas.