Caradura, el nuevo bistró madrileño donde lo clásico vuelve a tener carácter

Redacción

Caradura abre en Madrid con una propuesta que recupera el espíritu del bistró clásico desde una mirada contemporánea: platos de siempre reinterpretados, estética cuidada y una forma de vivir la restauración más relajada y con personalidad propia.

El proyecto apuesta por un concepto “not so fine dining” de brunch y cenas donde conviven la elegancia del espacio, una cocina cuidada y una atmósfera sin rigidez. Un lugar pensado para quedarse.

El panorama gastronómico de Madrid continúa efervescente. Caradura Bistro es una de las últimas aperturas y llega con una propuesta que mezcla cocina clásica, ritmo contemporáneo y una estética muy cuidada. Detrás del proyecto está Tomás Prodel, fundador y propietario de Caradura. Para dar forma y recorrido a esa visión, Prodel ha incorporado al proyecto a Ralph Rebeyrol, un perfil sumamente creativo y social. Desde esa colaboración, el bistró toma forma como un espacio pensado para recuperar la esencia de los clásicos —la sobremesa larga, el ambiente vivo, el servicio cercano y los platos reconocibles— y traerla al Madrid de hoy. Caradura nace precisamente de esa sensación de que algo se había perdido. “Queríamos volver a crear un lugar donde las cosas pasen a su tiempo, donde el ritmo marque la experiencia y donde lo clásico no se recuerde, sino que se viva”, explican Prodel y Rebeyrol. En un momento en el que gran parte de la restauración parece diseñada para consumirse rápido —y fotografiarse aún más rápido— Caradura reivindica algo menos inmediato: lugares con carácter, donde alargar el tiempo y en el que todo ocurra de forma natural. Esa dualidad también se traslada al diseño del local y al servicio. La estética tiene un punto clásico y elegante, casi cinematográfico, mientras que el trato huye de cualquier formalidad excesiva. “La elegancia del local convive con el repasador –paño de cocina– al hombro”, resume Prodel.

La propuesta gastronómica se mueve bajo un concepto que resume muy bien el proyecto: not so fine dining. Cocina sencilla y reconocible ejecutada con técnica, pero sin pretensiones. Platos honestos, bien hechos y pensados para disfrutar sin demasiadas normas. La carta apuesta por reinterpretar clásicos desde la técnica y el detalle, manteniendo siempre una sensación de naturalidad. Todo está planteado para que la experiencia fluya: desde la cocina hasta el ritmo de la sala. Y precisamente el ritmo es una de las claves del proyecto. Caradura cambia a lo largo del día. A mediodía funciona como un bistró luminoso y relajado perfecto para tomar el brunch; por la noche, el ambiente gana intensidad y se transforma en un espacio más social y ligeramente provocador. Así, la propuesta gastronómica de Caradura se divide entre la Cara A y la Cara B, dos momentos distintos que acompañan el ritmo natural del local y transforman la experiencia a lo largo del día. La Cara A ofrece platos como los Pancakes con bacon y mantequilla; el Croque Madame gratinado; el Honey Butter Toast con mascarpone batido y salted caramel toffee; o el Bubba Shrimp Roll, con langostinos crujientes, emulsión de aguacate y mayo cítrica. Esta propuesta de brunch se puede acompañar con diferentes opciones de cafés, infusiones y zumo de naranja.

Por la noche aparece la Cara B con clásicos reinterpretados como el Fuet Tartar, con cebolletas, alcaparras, pepinillos, mostaza Dijon y yema curada; Matrimonio Parfait, una empanada de carne a cuchillo y una de jamón cocido y queso; Piel Verde, puerros confitados, holandesa y avellanas tostadas; o el French Dispach, con roast beef, cebolla caramelizada, pickles y queso emmental. En los postres encontramos nombres como los Panqueques de dulce de leche o el Mousse de chocolate con aceite de oliva y escamas de sal. Todo ello se sirve acompañado con una cuidada selección de vinos –protagonizada por la bodega argentina Rutini Wines– y cervezas.

Caradura está especialmente pensado para un público cosmopolita y creativo que valora la mezcla entre diseño, gastronomía y cultura. Gente que busca restaurantes con identidad, sensibles a la arquitectura, la música, la luz y los pequeños detalles, pero sin necesidad de convertir la experiencia en algo rígido o pretencioso. Ejemplo de ello son sus altavoces, unas de las piezas del espacio que más destacan, fabricados en Japón en la década de los 80 y traídos directamente desde Amsterdam. El espacio combina acero inoxidable y madera oscura en una propuesta sobria y muy cinematográfica, donde los materiales dialogan entre lo industrial y lo clásico. La iluminación, cálida y tenue, cae de forma precisa sobre las mesas generando una atmósfera íntima que cambia completamente cuando avanza la noche. Caradura se suma así con su concepto a la nueva generación de espacios que entienden la gastronomía como algo más amplio que la comida: una atmósfera, una manera de relacionarse y una nueva forma de vivir lo clásico.

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