viernes, marzo 1, 2024

El pérfido influjo de las sustancias

Por Hipólito Pecci

Siempre nos pasa, por lo menos a mi persona.

Me ha costado tener una cita con mi médico de “cabecera” por lo que, ya conseguida, no puedo dejar de acudir.

Una vez en la consulta, comienza el interrogatorio.

A la pregunta de “¿Usted fuma?” La respuesta es no.

A la cuestión de “¿toma alguna sustancia?” La respuesta vuelve a ser negativa.

Pero…¨”con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho…”, llega la inevitable interpelación:

¿Bebe habitualmente?”.

Y aquí es donde ya no puedo mentir, debo hacer de tripas corazón, como suele decirse y, así, no me queda más remedio que expresar el temido “Si”.

¿Cuánto bebe a la semana?”,

Bueno – contesto yo – alguna que otra cerveza.

¿Dos a la semana?” No.

¿Tres?

Pongo cara de tonto y mi réplica vuelve a ser negativa.

¿Cuatro?

Únicamente me atrevo a decir “¡uuummm!”.

Y es, en este momento, cuando el galeno pone cara de póquer y deja de investigar, para iniciar su argumento, y ofrecer su diagnóstico.

¡No debe tomar sal! ¡Si doctor!

¡Debe hacer ejercicio! ¡Si doctor!

¡Debe dejar de beber! ¡Si doctor!

La consulta ha terminado, y yo, como buen paciente me debería encaminar a mi casa, pero ¿lo hago? ¡No, señor!, dirijo mi pies hacia el bar de un amigo a tomar una cerveza.

¡Eso sí, con todo el dolor de mi corazón!

Y con sentimiento de culpa, doy el primer trago al sabroso tercio de cerveza, para, ya con el segundo, convencerme de algo bastante obvio para mí, ¡al fin y al cabo no tomo ninguna otra sustancia!

Y poco a poco, mientras me dejo acunar entre los brazos de Dioniso, o si preferimos, Baco, la gran deidad del vino, comienza a repetirse, como si de un eco se tratara, una pregunta en mi cabeza: ¿Cómo se ponían hasta arriba en la Antigüedad?

Pues para sorpresa de todos, desde muy antiguo, a los humanos nos ha gustado eso de “volar”, y ante la carencia de alas, no hemos hecho ascos a utilizar diferentes sustancias estimulantes, y no hablamos de Red Bull, precisamente.

Seguramente, ya, durante la Prehistoria, se emplearían diversos productos en el transcurso de diferentes rituales y prácticas, y quién sabe si se convertiría en un proceso normalizado durante milenios, tal como se documenta en algunos grupos actuales que aún se localizan, culturalmente, en esos períodos históricos.

De esta forma, los arqueólogos, arqueobotánicos y otros especialistas han descubierto la presencia de opiáceos en yacimientos con dataciones del IV m. a. C., aproximadamente, e, incluso, diferentes hallazgos han arrojado fechas aún más remotas.

Es así como en escritos sumerios ya se hace referencia a las adormideras, en China también se hablaría de estos narcóticos, como el opio, extraído del jugo solidificado de la planta de la amapola, la cual también se convertiría en “madre” de otros estupefacientes, como la morfina, base de la heroína, e incluso, no habría que dejar de lado el mundo egipcio.

A esta antigua y gran civilización debemos uno de los primeros papiro médicos conocidos hasta ahora en la Historia, el “Papiro Ebers”, llamado así en honor al egiptólogo alemán Georg Ebers, que lo adquirió en un mercado de antigüedades.

En este escrito, datado a mediados del II m. a. C. se hace alusión a diferentes tipos de fármacos, como la mandrágora, que, originaria de Palestina, se introdujo en el Valle del Nilo, allá por el siglo XVI/XV a. C., siendo usada, posiblemente, para conseguir un estado de exaltación, quizás un momento de misticismo o fervor religioso.

En el manual médico también se detalla un uso, un tanto peculiar, para la adormidera, que, mezclada con algún otro producto no muy apto para consumir, como podrían ser excrementos de moscas, facilitaba la tranquilidad y el reposo de los niños.

¡No es de extrañar!

Del mismo modo, en otros textos antiguos, diferentes investigadores han querido entrever el uso de “potenciadores de la mente”, de “cosas con misterio”, si se puede llamar así.

Si nos acercamos a La Biblia, se muestran algunos pasajes que, según estos especialistas, estarían hablando, a todas luces, del empleo de alguna sustancia, cuanto menos sospechosa, por ejemplo “Éxodo, 30, 22-23”, el cual dice:

…Habló más Dios a Moisés, diciendo: Tomarás especias finas: de mirra excelente seis kilos, y de canela aromática la mitad, ósea tres, de cálamo aromático tres…

O “Ezequiel 27, 19”:

…Asimismo Dan y el errante Javán vinieron a tus ferias, para negociar en tu mercado con hierro labrado, mirra destilada y caña aromática…

Bien, pues tras la descripción “cálamo aromático y caña aromática” estos eruditos han querido ver la existencia de “porritos de marihuana”.

Bueno, ¿quién sabe?…

Pero, si creemos que el festival de Woodstock, llevado a cabo entre el 15 y el 18 de agosto de 1969, fue la corte celestial de las drogas, no hay más que leer los escritos de autores griegos y romanos para ver que fue un patio de colegio.

Bueno, quizás esta afirmación es una exageración, pero en el mundo mediterráneo se aprecia claramente que se utilizaron en diferentes esferas de la vida, medicinales, rituales, y también su uso se emplearía como una forma de ocio, de esparcimiento.

Opio, cannabis, setas alucinógenas, belladona, se consumían en infusiones, como aceites, en polvo, etc.…

Desde la noche de los tiempos comienzo a oír una voz, al principio muy lejana, como Start Wars, muy remota, para, poco a poco, progresivamente, ir despejando esa neblina que enturbiaba mi mente, y por fin comprendo su significado:

¿Quieres otra cerveza?

¡Quien puede negarse a esta proposición!

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1 comentario en “El pérfido influjo de las sustancias”

  1. Interesante artículo en el que el autor, de manera amena, nos enlaza el pasado y el futuro de la relación humana con algunas sustancias medicinales, relajantes o no -a gusto del consumidor- y nos deja abierta una ventana a la reflexión sobre el futuro de esta relación.

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