Eva Robles: “La sonrisa transforma a las personas”

Por Sandra Cuenca

El escenario del Teatro Encantado de Madrid recibirá a una mujer que habla de sonrisas con la misma naturalidad con la que otros hablan de respirar. Pero Eva Robles no vende optimismo rápido ni fórmulas mágicas. Ella prefiere definirse como “entrenadora de sonrisas”, una mujer que ha convertido los golpes más duros de su vida en una forma de acompañar a otros.

La entrenadora de sonrisas presenta mañana, 28 de mayo, en el Teatro Encantado de Madrid su espectáculo “Son-ríe para estar bien”, una propuesta que mezcla neurociencia, emoción, humor y experiencias de vida. Detrás de su trabajo hay una historia personal marcada por aprendizajes profundos y una misión clara: ayudar a las personas a encontrar herramientas para vivir mejor. Hablamos con ella sobre felicidad, emociones y el poder de una sonrisa, convirtiendo la conversación en una experiencia curiosa. Puede pasar de citar estudios sobre el cerebro a emocionarse recordando a su padre. Puede reír mientras habla de desaprender miedos y, unos segundos después, detenerse porque una emoción le cruza la voz. Todo en ella parece responder a una idea: que vivir no consiste en evitar las emociones difíciles, sino en aprender a caminar con ellas.

Detrás del título de su espectáculo hay mucho más que un juego de palabras, «Son-ríe es la sonrisa como son del reír«, explica entre risas. «Pero detrás del título hay una propuesta muy clara: usar una herramienta tan potente como la sonrisa para cambiar nuestro estado emocional«. Eva insiste en que no habla desde el optimismo vacío ni desde las frases motivacionales fáciles. Su discurso se apoya constantemente en la neurociencia, «los médicos y científicos nos dicen que cuando sonríes, aunque sea una sonrisa forzada, el cerebro recibe una señal que le dice que todo está bien. Y ahí ocurre algo maravilloso«, apunta. Sin embargo, rápidamente hace una aclaración importante: «Yo no digo que haya que estar todo el día riéndose o fingiendo felicidad. También hay que dejar espacio a las lágrimas y a la tristeza. Lo importante es regular la intensidad de las emociones«, porque, como repite varias veces durante la conversación, el equilibrio lo cambia todo.

Detrás de toda esta investigación existe una historia profundamente personal. La muerte de su padre fue uno de los puntos de inflexión de su vida. «Mi padre falleció con un cáncer y se fue en 41 días. Yo le acompañé en ese proceso y ahí descubrí algo muy importante: vivir en el aquí y en el ahora«, nos cuenta. Recuerda especialmente una frase que él repetía constantemente: «Un día más. Un día más que estoy aquí«. Y también otra que acabaría marcando el camino que vendría después: «Él siempre decía que sonriendo lo consigues todo«.

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Aquel dolor se convirtió en preguntas y las preguntas en estudio. Eva comenzó a investigar, a formarse y a profundizar en la relación entre mente y cuerpo, pero la vida aún tenía otra gran lección preparada. Su hija Judith sufrió una hemorragia cerebral cuando tenía once años, «estuvimos 21 días ingresadas y tres de ellos en UCI. Y los médicos descubrieron algo increíble: le faltaba una arteria cerebral y su cerebro había desarrollado una circulación alternativa«. Todavía hoy parece sorprenderse al contarlo. «Aquello me voló la cabeza. Ahí entendí hasta qué punto el ser humano tiene una capacidad brutal para adaptarse«.

Quizá por eso cuando se le pide que defina el espectáculo en pocas palabras rompe las reglas y pide permiso para utilizar más. «Permíteme cinco: un viaje con los ocho sentidos«. Porque Eva no habla únicamente de los cinco sentidos tradicionales, «existe la interocepción, que es la comunicación de nuestros órganos con el cerebro; la propiocepción, relacionada con el movimiento del cuerpo; y la percepción social, que para mí es imprescindible porque el ser humano es social por naturaleza«. Y precisamente de eso trata también el espectáculo: de volver a sentir.

Cuando le preguntamos qué encontrará el público, la respuesta llega inesperadamente: «El público se encontrará a sí mismo«. No habla únicamente de diversión ni de emoción, «hay personas que conectan riéndose a carcajadas, otras llorando, otras cantando o simplemente respirando. Cada uno vive algo distinto«. Y añade algo que parece atravesar toda la filosofía de su trabajo: «La lágrima también limpia el alma«.

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Uno de los mensajes centrales de Eva es una frase que repite constantemente: “Sonríe para estar bien y no porque estés bien”. Una idea que a algunos puede sonar demasiado sencilla, ella sonríe y responde: «Lo que propongo es darle la vuelta al proceso. Si algo maravilloso sucede, sonreímos automáticamente. Pues vamos a utilizar la sonrisa también cuando llegue algo negativo«. Lo llama incluso una forma de «engañar al cerebro«.

La conversación avanza hacia una pregunta casi inevitable: si hemos olvidado sonreír de manera auténtica, la respuesta es inmediata: ««. Y después explica por qué: «Existe mucho ego, muchas expectativas y demasiadas veces construimos personajes para gustar a los demás«. Su conclusión es casi una invitación: «Hay que volver al ser humano. Hay que ser para estar bien«.

Habla también de pérdidas recientes y de cómo incluso quienes enseñan bienestar atraviesan dolor. «A mí también me pasan cosas difíciles. También se me mueren personas queridas«. Y la emoción aparece durante unos segundos. «Me emociono porque estoy pensando en el último amigo que se fue«, recuerda. Después llega otra de esas frases que parecen quedarse suspendidas: «Lloras, sueltas la emoción y vuelves a dibujar una sonrisa para conectarte con la vida«.

Eva en la puerta del Teatro Encantado

La felicidad, asegura, tampoco llega por arte de magia. «Sí se puede aprender a ser feliz. Más que aprenderla, hay que entrenarla«. Y entre risas añade: «Lo importante es desaprender todas esas cosas que cargamos durante años«. Hasta resumirlo en una frase que parece un titular en sí misma: «La felicidad se aprende desaprendiendo la infelicidad«.

Mañana, cuando las luces se apaguen en el Teatro Encantado y el público abandone la sala, Eva tiene muy claro qué quiere dejar en quienes se sienten frente a ella. «Quiero que se lleven una sonrisa de bienestar y esperanza«. Y añade: «Que descubran que estar bien no es tan difícil como nos han contado«.

Antes de despedirse comparte tres palabras que funcionan casi como una filosofía de vida: «Aceptar, perdonar y agradecer«. Y quizá después de escucharla una termina entendiendo algo: Eva Robles no habla realmente de sonrisas. Habla de vivir.

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