Héctor Anaya: «‘Vivir sin prometerme’ nace de la necesidad de nombrar aquello que durante mucho tiempo solo supe callar»

Redacción

El escritor valenciano irrumpe en la poesía con Vivir sin prometerme, un libro descarnado sobre bullying, violencia, memoria y la difícil tarea de aprender a habitarse.

Hay libros que conmueven, libros que entretienen y libros que dejan una herida abierta para que el lector se asome a ella sin artificios. Vivir sin prometerme (Olé Libros, 2026) pertenece a esa clase de poesía que no busca consolar ni embellecer el dolor, sino nombrarlo con honestidad, crudeza y una rara forma de belleza. Héctor Anaya (Valencia, 1994), periodista y escritor, debuta en la lírica con un libro de raíz autobiográfica y sensibilidad que recorre la arquitectura del trauma y pone en el centro cuestiones como el bullying, la violencia sexual, la vergüenza, la ansiedad y la difícil tarea de aprender a habitarse.

Vivir sin prometerme nace de una herida muy íntima, pero también de una voluntad de transformar esa herida en lenguaje. ¿En qué momento sentiste que este libro tenía que escribirse?

Este libro empezó a escribirse mucho antes de que yo fuera consciente de ello. Durante años hubo cosas que no supe decir de otra manera, o que directamente no pude decir. Se quedaron en el cuerpo, en la vergüenza, en ciertas formas de miedo, en la manera de relacionarme con los demás y conmigo mismo. Llegó un momento en que entendí que seguir callándolo también era una forma de dejar que aquello siguiera mandando. Entonces apareció la necesidad de nombrarlo. Todo empezó como un ejercicio terapéutico de liberación artística. He cultivado siempre la escritura, no la poesía, cierto, pero sentí que para abordar estas emociones, en los versos iba a encontrar el mejor refugio. Porque no era buscar justificarse ni analizarme, sino mirar de frente zonas incómodas de mi biografía y hacerlas lenguaje. Al final, este poemario nace de la necesidad de nombrar aquello que durante mucho tiempo solo supe callar.

En tus poemas aparecen el bullying, la violencia sexual, la vergüenza, la ansiedad o la soledad, pero también una forma de persistencia. ¿Querías escribir sobre el dolor o, sobre todo, sobre lo que viene después del dolor?

Más que escribir únicamente sobre el dolor, me interesaba escribir sobre su reverberación. Sobre lo que permanece después. Sobre cómo ciertas experiencias no terminan cuando acaban, sino que siguen filtrándose en el deseo, en la identidad, en la manera de habitar el cuerpo, en la forma de amar, de temer o de estar en el mundo. El trauma no es solo el hecho; sobre todo, es también todo lo que viene después. Por eso el libro no está planteado como una narración de la herida, sino como un recorrido por sus ecos. Me interesaba esa idea de persistencia porque me parece más honesta que la de superación. No siempre hay cierre, no siempre hay redención, no siempre hay una salida limpia. A veces lo que hay es aprender a seguir con eso, sin embellecerlo y sin convertirlo en una épica. El libro intenta estar ahí.

Cuando hablamos de bullying solemos mirar solo a quienes lo ejercen o lo padecen, pero menos a las estructuras que lo permiten. ¿Qué responsabilidad crees que tienen los centros educativos?

Tienen una responsabilidad enorme. El bullying no ocurre en el vacío ni es solo una cuestión de crueldad individual entre niños o adolescentes. Hay contextos que lo permiten, silencios que lo sostienen, miradas adultas que no llegan o que prefieren no ver. En mi caso, hubo profesores que lo frenaron de forma tajante, pero también, durante la primaria y la secundaria, hubo alguno que otro que miraba conscientemente a otro lado o, incluso, llegaba a aliarse de parte del agresor y bromear con él. Eso es lo que más recuerdo y aún hoy me enfurece a ratos. Quien se supone que debía defenderte, se alía de parte del agresor y no solo tolera la violencia, sino que la aplaude. Recuerdo varios profesores, entre ellos uno de Educación Física, que por ir de “coleguillas” participaban en las bromas y se reían de la mofa. Aunque admito que eso también me hizo más fuerte y me dio las habilidades para defenderme yo mismo y no tolerar el abuso, aunque tuviera que pelear con uñas y dientes.

Muchos poemas hablan de la dificultad de aceptarse, de habitar el propio cuerpo o de reconciliarse con la propia historia. ¿Escribir este libro te ha acercado de algún modo a esa aceptación?

Sí, aunque no de una manera simple ni definitiva. No creo que escribir cure, al menos no en mi caso. Pero sí creo que ayuda a ver con más claridad, y a veces esa claridad ya es una forma de alivio. Poner palabras donde durante mucho tiempo hubo confusión, asco, culpa o silencio me ha permitido relacionarme de otra manera con ciertas partes de mí mismo. También me ayuda a analizarme, a ir aprendiendo a hablar del tema e, incluso, a ratos, ya sentir que forma parte de otra vida, de otro yo, que aún me habita, pero que ya no es determinante. Soy muchas más cosas.

Aunque este es tu primer poemario, vienes del periodismo y también de la narrativa. ¿Qué te ha permitido la poesía que no te daban otros géneros?

La poesía me ha permitido trabajar desde un lugar más esencial y más expuesto. En narrativa o en periodismo siempre hay, de algún modo, una mediación: una estructura, una trama, una distancia, una información que organiza el material. La poesía, en cambio, me ha llevado a una concentración distinta, a una intensidad donde no podía esconderme tanto detrás del relato. También me ha permitido acercarme mejor a lo fragmentario, a lo corporal, a lo que no siempre puede explicarse de forma lineal. El trauma y el pensamiento no siempre atienden a una secuencia lógica de expresión. La poesía acepta mejor la grieta, el temblor, la imagen, la contradicción. Y para este libro, que necesitaba justamente moverse en esos territorios, era el lenguaje más honesto posible.

Una lucha aún necesaria

En un estas fechas de visibilidad LGTBIQ+, ¿Qué crees que puede aportar un poemario como este a esa conversación social?

Me gustaría pensar que puede sumar una conversación más compleja sobre lo queer, una conversación en la que también tengan lugar el trauma, la fragilidad y la persistencia. Porque visibilizar no es solo mostrarnos cuando estamos bien o cuando hemos llegado a alguna forma de plenitud; también es poder decir desde qué lugares hemos tenido que sobrevivir muchos. Muchas vidas LGTBIQ+ no se construyen solo desde el orgullo, que es importante para ganar en autoestima y confianza, sino también desde la herida y la dificultad de aceptarse a uno mismo. Y ahí es donde más hay que acompañar a todas esas personas que puedan tener una homofobia interiorizada.

Hay quienes piensan que reivindicar ya no hace falta porque la igualdad legal existe en muchos ámbitos. ¿Qué aspectos de la vida cotidiana demuestran que todavía queda mucho por conquistar?

Basta mirar la vida cotidiana para entender que la igualdad legal no agota la realidad. Sigue habiendo miedo en las aulas, en las familias, en los barrios, en el trabajo, en la forma en que muchas personas aprenden muy pronto a corregir su gesto, su voz, su deseo o su manera de estar en el mundo para no exponerse. Aunque España es un ejemplo de respeto y de país abierto, en comparación con muchos otros donde incluso conlleva penas de prisión o de muerte, sigue habiendo espacios de bullying, violencia, prejuicios y una enorme pedagogía del ocultamiento o, como mínimo, del disimulo en según qué ambientes, que muchas personas hemos aprendido casi sin darnos cuenta.

Eso tiene que ver también con uno mismo…

Exacto. Aunque la ley te ampare, hay una cuestión más íntima que también importa: la construcción de la identidad propia. Porque ganar derechos sociales no significa que desaparezcan automáticamente la culpa, la disociación, el rechazo o las secuelas que deja haber crecido sintiéndote raro o incorrecto. Por eso creo que seguir reivindicando no es un exceso ni una inercia: es una necesidad. Porque los derechos tienen que traducirse también en vidas habitables, en cuerpos seguros, en adolescencias menos solas, y ahí todavía queda muchísimo por hacer.

¿Qué lugar ocupa la literatura, y en concreto la poesía, en la construcción de memoria para las personas LGTBIQ+?

La memoria no se construye solo con fechas, leyes o hitos colectivos; también se construye con relatos, con imágenes, con referentes, con voces que dicen cómo se sintió vivir ciertas cosas desde dentro. Y en ese sentido la poesía tiene una potencia muy particular. Para muchas personas LGTBIQ+, escribir y leer ha sido también una forma de encontrarse en otros, de descubrir que lo propio no era una anomalía aislada, sino parte de una experiencia compartida. Por eso me interesa pensar la poesía no solo como expresión, sino también como archivo emocional y como espacio de memoria.

Tras la publicación de este poemario, ¿estás ya trabajando en nuevos proyectos?

Después de un libro tan íntimo y tan expuesto, me apetece adentrarme en otros terrenos literarios. Recientemente he ganado el premio Miquel Adlert Noguerol de Novela Corta del Ateneo Cultural de Paterna y, la verdad, es que la narrativa sigue siendo mi género predilecto. No me considero un poeta, ni mucho menos. Empecé a escribir como terapia y juego y acabó surgiendo eso. Por ahora, aunque seguiré cultivando la poesía, voy a centrarme también en la narrativa. Tengo ya varios proyectos entre manos que, ojalá, pronto vean la luz.

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